Eve Gil
…La mariposa sabe que si dos dedos le aprisionan las alas, les harán perder
el polvillo mágico que le permite volar…
Antonio Tabucchi
No. Marilyn Monroe no resultó ser, han querido vendérnosla en el cincuenta aniversario de su muerte, una poeta genial. En franca exageración, Stanley Buchthal y Bernard Comment, editores del libro Marilyn Monroe, fragmentos, poemas, notas personales, cartas (Seix Barral, traducción de Ramón Buenaventura), la comparan con Sylvia Plath. Sí era, por supuesto, una interesante poeta en ciernes, y ése solo hecho basta para legitimar una afirmación en el sentido de que estamos ante una de las más asombrosas salidas de closet, desde que el muy viril Rock Hudson —con quien, por cierto, Marilyn nunca logró compartir créditos en un filme— apareció ante una multitud de reporteros para llevar a efecto el más colosal acto de hombría: reconocerse gay… ¡en Hollywood! (la república de los sepulcros blanqueados), pues en aquel momento (1983) se asociaba a las prácticas homosexuales con el Sida, síndrome que empezaba a consumir al otrora galán. Si se hubiera enfermado un algo más tarde, cuando se descubrió que no se trataba de un mal exclusivo de homosexuales, Hudson se habría llevado su secreto a la tumba. Pero volvamos a Marilyn: todas esas fotos estilo pin-up- en realidad cualquier foto en que apareciera Marilyn se convertía, por arte de magia, en un pin-up- porque fue su estilo el que inspiró esta peculiar y hoy nuevamente en boga corriente artística-donde se la ve absorta en esa gran Biblia de las letras británicas que es el Ulysses de Joyce, o en cualquier otra obra menos tiránica, no son, como se ha creído todo este tiempo, un esfuerzo de la bellísima actriz por convencer al mundo, y muy especialmente a su entonces esposo, el dramaturgo Arthur Miller, de que en el fondo era una mujer culta. Supongamos que Marilyn no fue “culta” en toda la extensión del término… pero es un hecho que era una mujer que se estaba esforzando por ser mejor, y también una lectora honesta que poseía una biblioteca nada despreciable, ni en cantidad ni en calidad, que incluía, entre muchos otros, a Flaubert, a Camus, a Beckett y a Kerouac. Por si fuera poco, mientras otras súper estrellas de su época se reventaban en fiestas, Marilyn tomaba cursos nocturnos de literatura y filosofía en la Universidad de Los Ángeles. Podría decirse, incluso, que mientras los directores de sus primeros filmes insistieron en explotarla como una rubia descerebrada —aunque soy de la idea de que se necesita una gran inteligencia para explotar la lujuria masculina y cubrirse de diamantes sin denigrarse o prostituirse, como era la constante de sus personajes “bobos”— Marilyn tenía una pesadilla recurrente que habría hecho las delicias de Freud: Se veía a sí misma como una especie de muñeca atrapada en una sala de operaciones. Quien tenía el escalpelo en mano para abrirla era nada menos que Lee Strasberg, su maestro de actuación y el hombre más próximo a cubrir la imagen paterna tan echada en falta por ella: lo que brotaba de esa muñeca rubia era aserrín. Y Marilyn hubiera preferido ver sangre. Esa inquietud por cultivarse, sin embargo, se remonta a su más tierna juventud, o al menos eso se deduce cuando en su diario de juventud —ya desde entonces Marilyn dejaba libretas casi en blanco, empleando solo las primeras diez o veinte hojas— señala que la razón por la que se enamoró del que fuera su primer esposo, con quien contrajo matrimonio a los dieciséis años, fue porque éste le había hecho creer que era culto: “(…) al principio nunca habría estado con él si no hubiera sido por su afición a la música clásica su intelecto que fingía ser más de lo que era” (Nota: se transcribe el párrafo tal cual ella lo escribió, sin puntuación, algo que habrá de evolucionar en los siguientes textos). Marilyn Monroe, fragmentos, poemas, notas personales, cartas, no solo es un hermoso libro de arte, compuesto lo mismo con las fotos más clásicas del sex symbol que con otras inéditas y asombrosas… mucho menos se trata de una mera reivindicación de la “rubia tonta”. Empecemos por el detallito de que contiene un delicioso prólogo a cargo de Antonio Tabucchi, donde se refiere a Marilyn como una niña atormentada, como una mariposa que ansiaba volar muy alto… y lo consiguió. Ni el prólogo ni los demás textos que componen el libro aluden a teorías sensacionalistas en torno a su suicidio… tampoco se regodean en los abusos sexuales que sufrió de pequeña y lo que muchos suponen una vida plena de excesos de toda laya. De propia mano de Marilyn, que tenía una letra fea, o cuando menos apresurada, conoceremos algunos detalles que alteran por completo lo que creíamos saber sobre ella. Marilyn, en efecto, sufrió un abuso sexual de niña… ella misma describe a su agresor, lo llama por su nombre (“Bud”, y a veces escribe “Bad”, lo cual podría atribuirse a un problema de dislexia, pero también a una asociación de ideas) y nos deja entrever esas exhaustivas sesiones de psicoanálisis en que ha luchado por exorcizar a ese demonio. Cierto: Marilyn no exhibe una gran inteligencia emocional… pero incluso en ese aspecto se esforzó en hacer siempre lo correcto, particularmente durante su matrimonio con Arthur Miller. Con todo y ser considerada la mujer más bella y sensual del mundo, Marilyn no puede evitar sentirse intelectualmente inferior a Arthur, quien, según lo deja entrever, llega a sentirse avergonzado de ella. Curiosamente, la relación de Marilyn con diversos intelectuales y artistas era excelente. Este libro rescata imágenes en que Marilyn es prácticamente la única actriz en medio de una reunión de grandes escritoras. En las fotografías se le ve compartiendo risas con Carson McCullers, Karen Blixen y, muy especialmente, con Edith Sitwell. Este libro surgió tras un hallazgo de Anna Strasberg, hija del mejor amigo y mentor de Marilyn, el legendario maestro de actuación Lee Strasberg, de una serie de documentos que la propia actriz legó a este. Strasberg fue acaso —junto con Marlon Brando, que se asoció con la rubia para montar una compañía productora— el único que no se rió de la ambición de Marilyn de interpretar algún día a Lady Macbeth, era lógico que él hubiera atesorado este material que nos brinda una imagen nítida del más grande sex symbol de todos los tiempos… el rostro más reconocido del mundo junto con la Gioconda: Socorro, socorro. Socorro. Siento que la vida se me acerca cuando lo único que quiero es morir.
