De victimarios a víctimas
René Avilés Fabila
Con las nuevas tecnologías, ignoro qué pasa con los niños y los adolescentes, cómo ocupan su tiempo libre. Antes uno jugaba policías y ladrones. El mismísimo Jorge Luis Borges declaró alguna vez que le hubiera gustado practicar más tal diversión, en la que la mayoría queríamos el papel de policías. La lucha entre el bien y el mal representada en un juego que la literatura y la cinematografía estimulaban, era un buen juego, bien visto por la sociedad. Los valores estaban claros. No era fácil que un niño aceptara ser maleante, rufián, asesino o villano. La justicia tenía su lado positivo.
Además, para qué ser malvado si siempre resultaba muerto o atrapado por los policías. Eso era fácil de probar en los innumerables filmes norteamericanos.
Sí, los tiempos han provocado multitud de cambios de todo orden, incluso axiológicos. Ahora es preferible ser el malo de la historia: suele ganar, y si pierde, aparece una comisión, o muchas, de los derechos humanos y entonces el policía (como en general el uniformado) resulta inalterablemente el perverso, al menos así lo vemos con frecuencia en México. Es decir, o los malos son buenos o los policías se han convertido, como los militares, en seres malignos que aprovechan su poder para maltratar y asesinar a los pobres narcotraficantes, o, como de pronto sucede, los malos despiertan simpatías, como Bonnie y Clyde, por ejemplo.
A escala internacional, los Estados Unidos son los mayores campeones de la democracia, la libertad y el respeto a los derechos humanos, afirman republicanos y demócratas, pero en la base naval de Guantánamo torturan brutalmente y asesinan a todos aquellos que a su juicio parecen terroristas. Al modo de la mítica Revolución Mexicana, primero disparan y luego averiguan.
Lo digo porque los valores se han invertido. Fuimos muchos los que vimos a jóvenes destruir vitrinas de comercios, pintarrajear monumentos y edificios, arrojar cocteles molotov a los policías y luego, los detenidos por esos actos, salieron de la cárcel a causa de una modificación legal de parte de políticos y, para colmo, el pasado domingo nos anunciaron que los policías serían investigados a petición de las autoridades capitalinas y desde luego de las infaltables comisiones de derechos humanos.
No dudo que la policía mexicana esté constituida por pésimos elementos, malos ciudadanos que buscan la forma de sacarle provecho a una placa o a una pistola. Pero en las escenas que pasaron una y otra vez, los policías no parecían estar, fieles a sus costumbres, extorsionando ciudadanos ingenuos; les ordenaron frenar la ola de violencia desatada por muy severos críticos del sistema, y eso trataron de hacer. Hay que considerar que no son entrenados por el FBI sino que apenas leen y escriben.
No obstante, ahora, mientras que un puñado de jóvenes vándalos se divierten preparando otra escena del mismo tipo para festejar su libertad y el hecho de haber doblegado a las autoridades, los policías temen por sus empleos, por sus pensiones y hasta por la posibilidad de llegar a la cárcel.
Por eso, ya los niños no quieren jugar más a policías y ladrones. Los papeles están invertidos. La nuestra es una sociedad extraña, mal diseñada y peor manejada por políticos que sólo aspiran a mantener los cargos y a prosperar en ellos. Los detenidos, nos informan ahora los medios, padecieron fuerza excesiva, detenciones arbitrarias y actos de tortura. Todos resultaron inocentes y de victimarios pasaron a víctimas.
Está visto que las leyes, en México, son fáciles de torcer, modificar o cambiar, con tal de mantener contenta a la clase política.
Ahora vivo preocupado: ¿si me asaltan, me defiendo, y si me defiendo y el asaltante resulta detenido, él saldrá de la cárcel y yo ocuparé su sitio?
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