Desde la óptica de Françoise Perus, catedrática universitaria

Roberto García Bonilla

Su nombre evoca una obra identificada con el habla lacónica y áspera de sus personajes; con la pérdida, la orfandad, la búsqueda, la concentrada interioridad anímica, la violencia social y psicológica que acompaña a la condición humana. Más que signo del ser, la muerte es una circunstancia sempiterna del estar en el mundo ya sea un valle de los pesares o sencillamente la inocultable compañia de la vida como trayecto terrenal y la existencia regida por los oráculos de la memoria.

Es uno de los clásicos de la literatura hispanoemricana y su célebre novela es un cenit en la literatura mundial del siglo XX que se ha traducido a más de cincuenta idiomas. Sólo en México hacia 1980 —a un cuarto de siglo de su publicación— sus dos libros habían alcanzado más de un millón de copias en su editorial original (Fondo de Cultura Económica).

Nuestro escritor, nacido en un pueblo del Bajío, ha sido figura central en nuestra literatura del siglo XX y es un icono de la cultura nacional.

El Llano en llamas y Pedro Páramo han ocupado sin descanso a la crítica ensayística, periodística y académica de diversas latitudes del mundo, sobre todo, a partir de los años sesenta.

Los libros monográficos en torno a la obra de Juan Rulfo (1917-1986) no dejan de publicarse desde 1965 en que apareció El arte de Juan Rulfo. Historias de vivos y difuntos (México, INBA) de Hugo Rodríguez Alcalá. Y desde hace una década se han publicado seis biografías (la muerte impidió que Arturo Azuela escribiera la suya) que han intentado dar cuenta de uno de nuestros escritores más insólitos; investido de enigmas y condecoraciones; claroscuros, azares y leyendas que se le han tejido, en ocasiones, con su participación. Una personalidad inasible, anímicamente indómita, contrastante con una vida laboral sumida en las exigencias y dádivas de la burocracia.

El destino le arraigó una infancia aciaga, austera en medio de algunos dones procurados en familia; la lectura fue su mayor salvación y fortuna. A los quince años, luego de abandonar el orfanatorio en Guadalajara, el joven Rulfo inicia, en silencio con cautela, su proyecto escritural.

A mediados de 1945 se públicó su primer texto, “La vida no es muy sería en sus cosas” y ocho años más tarde apareció El Llano en llamas. Pedro Páramo representó la consagración de un escritor que impasible arrastró la fama a partir de ese momento, no sin el desasosiego que le provocó la ausencia de una nueva obra que refrendara las anteriores.

La conciencia de esa novela suprema inhibió la entrega de más textos a la imprenta —con excepción de El gallo de oro (Era, 1980)—, cuya estatura ha sido valorada por críticos como Milagros Ezquerro y José Carlos González Boixo. Rulfo no dejó de escribir; una muestra es La cordillera, legendaria novela de la cual existe una reseña y tiene una entrada en un diccionario, aunque nunca llegó a la imprenta.

La crítica académica sobre la obra de Rulfo es prolífica, desigual y polémica. Hace cerca de veinte años, Gerald Martin precisó que estaba por agotarse un ciclo de posibilidades críticas de la obra del autor de “Luvina”. Su predicción se cumplió aunque pasaron algunos años más para el inicio de una nueva etapa, en la cual Juan Rulfo, el arte de narrar, de la investigadora de la UNAM, Françoise Perus es un ejemplo excepcional, concebido con una gran perspectiva temporal y larga elaboración. El resultado es un modelo para la nueva crítica académica rulfiana en la que se funden el análisis desde la ficción misma y la reflexión sobre las “múltiples implicaciones del acto de narrar”.

Los textos contenidos se dividen en siete apartados, una introducción y una conclusión (“Apertura”) que en sí mismas son dos ensayos síntéticos del resto de los capítulos. Queda fuera la terminología teórica y crítica: los ensayos —que analizan seis cuentos de El Llano en llamas, y de Pedro Páramo tópicos como la imaginación, la ensoñación y la oralidad— poseen una concentrada imbricación textual.

Coexiste la rara labor de la investigación analítica que abre caminos y perspectivas; Perus está lejos de estigmatizar con punzón maniqueo y disfraz metodológico —frecuente entre nuestros críticos, académicos o no, que también llegan a dictaminar con la indiferencia del silencio.

Hay un propósito de síntesis de la historiografía rulfiana, asentado en la minucia, la confrontación; los disentimientos con otros autores tienen claras  argumentaciones y son narrados con respeto y ponderación hacia los textos revisados.

La académica observa la teoría que ha estado sustentado la crítica y al mismo tiempo interpreta distintos tópicos en la obra del escritor jalisciense. Cada análisis de los textos es autónomo.

La obra de Juan Rulfo, que como fotógrafo dejó un legado de más de seis mil negativos, tiene en esta nueva investigación de Françoise Perus una mirada en la que teoría, crítica, interpretación e historia se revelan en contrapunto para ver el texto literario, “no como un objeto reificado, sino como una obra artística viva, cuya lectura requiere de una disposición primordial al diálogo con la alteridad del texto.

 

robertogarciabonilla@gmail.com

 

 

Françoise Perus, Juan Rulfo, el arte de narrar, México, Dirección de Literatura UNAM-Editorial RM, (Introducción de José Pascual Buxo), 2012.