César Arístides

Considerado en nuestros días un poeta popular de niveles medianos; un cantor prescindible, incluso para muchos críticos. El poeta asturiano Ramón de Campoamor fue presencia y gloria de su tiempo, alabado e imitado, celebrado por el gozo, dolor y sincero regocijo que transmitió. Sus poemas son estampas claras y resueltas con sencillez, reflejo de una vida común que se asoma a la tragedia y a la fiesta, al regocijo popular y a las secuelas de la muerte, sin complejidades ni pretensiones, pero tampoco desdeñó los momentos clave en la vida de los hombres. “El gaitero de Gijón” es la bella estampa de un músico de provincia que debe cumplir con su trabajo a pesar de que su madre ha muerto y él acaba de enterrarla. Con el dolor en su punto más alto, el hombre debe entretener a la concurrencia de un festejo, alegrar a bailadores y hacer del festejo una ocasión memorable, pues aun con todo el sufrimiento debe llevar el pan a su familia: “¡No vio una madre más bella/ la nación del sol poniente!…/ ¡Pero ya una losa, de ella/ le separa eternamente!/ ¡Gime y toca! ¡Horror sublime!/ Mas, cuando entre dientes gime,/ no bala como un cordero,/ pues ruge como un león/ el gaitero/ el gaitero de Gijón”. La amargura lo invade mientras toca, su madre ha muerto y, con el suceso, su vida ha sido destrozada, el contraste entre la alegría del entorno y su pena se acentúa cuando una joven le pide mayor pasión y entusiasmo a sus interpretaciones; fuera prevalece el baile y la dicha, el galanteo alegre donde se brinda y se goza, pero en su corazón la madre muerta pesa tanto y alivia tan poco: “La niña más bailadora,/ —¡A prisa! —le dice— ¡a prisa!/ Y el gaitero sopla y llora,/ poniendo cara de risa./ Y al mirar que de esta suerte/ llora a un tiempo y los divierte,/ silban, como Zoilo a Homero,/ algunos sin compasión/ al gaitero/ al gaitero de Gijón!”. Imposible no acordarse del poema popular “Reír llorando” en el que el comediante Garrik hace las delicias de sus asistentes mientras una pena dura y profunda colma sus días, alegra a las multitudes mientras su alma es un quebradero de ilusiones, un pozo profundo donde no llega luz alguna. En circunstancias semejantes nuestro pobre gaitero arranca de la tragedia alegres notas y transforma su luto en algarabía, ¿quién se compadece de él, en esos momentos? ¿Quién le ofrece palabras de consuelo en pleno bullicio? ¿Quién comprende la muerte de su madre, la cortadura de ese lazo esencial? Nadie. Por eso el poeta reflexiona en la estrofa final sobre la desdicha del músico y se solidariza con su duelo: “Decid, lectoras, conmigo;/ ¡cuánto gaitero hay así!/ Preguntáis ¿por quién lo digo?/ Por vos lo digo, y por mí./ ¿No veis que al hacer, lectoras,/ doloras y más doloras,/ mientras yo de pena muero,/ vos las recitáis al son/ del gaitero,/ del gaitero de Gijón?…”. Ramón de Campoamor nos ha dejado una viñeta donde sus doloras (reflexiones sobre la vida, sus misterios y honduras) y la ternura son lo mismo, donde la confrontación entre tragedia y júbilo derivan en meditación sobre lo efímero de la existencia y la necesidad de avanzar a pesar de la desgracia, de la caída, de la muerte de nuestra madre.