Carlos Guevara Meza

La renuncia de un Papa, algo no visto en 598 años para ser exactos, sin duda reviste la mayor importancia periodística e histórica. Por lo mismo, con toda seguridad se especulará sobre las causas durante mucho, mucho tiempo.

Benedicto XVI, elegido por el cónclave cardenalicio de 2005 a los 78 años de edad, fue probablemente una solución de compromiso. De los colaboradores más cercanos a Juan Pablo II, el cardenal alemán auguraba continuidad en una serie de políticas que habían hecho del Papa polaco uno de los más populares de la historia. Prefecto desde 1981 de la Congregación para la Doctrina de la Fe (el antiguo Santo Oficio), había mostrado con creces su firmeza cuando se trataba de enfrentar problemas delicados. Junto con Juan Pablo II, estaba situado en el ala conservadora de la Iglesia, con triunfos importantes ante los diversos reformismos en su seno (por ejemplo, la Teología de la Liberación y las comunidades eclesiales de base en Latinoamérica), tanto como contra los conservadurismos extremos (como el de monseñor Marcel Lefebvre). Por otro lado, era un teólogo muy respetado y, sobre todo, contaba con una edad avanzada y una salud menos que perfecta, lo que presuponía un papado corto (en comparación con los casi 27 años de Juan Pablo) y por tanto de transición, dando oportunidad a los reacomodos y alianzas para una nueva hegemonía en el Vaticano y en la Iglesia. Aún es pronto para saber si esta nueva hegemonía ya está formada y la renuncia llega justo a tiempo, o no, y de qué tipo es o será esta nueva época.

El Papa alemán, sin el carisma, la energía, la juventud y el amor por la política de su antecesor, dio sin embargo varias sorpresas. Buscó explícitamente situarse más al centro de lo que estaba cuando fue elegido. No tanto como para agradar al ala izquierda del catolicismo (tanto de los modernizadores como de los de compromiso social), pero sí lo suficiente para desagradar a los conservadores y, aparentemente, a la Curia romana. Suavizó posiciones de la Iglesia ante asuntos como la sexualidad, endureció la política contra escándalos mayúsculos como la pederastia, buscó el acercamiento con otras religiones, intentó poner orden y visibilidad en las finanzas de la Iglesia. Debe haber pensado que la transparencia era el mejor antídoto para una crisis en la que el catolicismo, pese a la popularidad de Juan Pablo II, no ganaba e incluso perdía adeptos a manos llenas, no sólo ante el laicismo de la modernidad y el descomprometimiento posmoderno, sino también ante las otras versiones del cristianismo e incluso otras religiones. No era el único diagnóstico posible. El crecimiento de las iglesias reformadas (lo que los católicos llaman “protestantes”) podía interpretarse también como la expresión de la necesidad de una Iglesia más comunitaria, más cerrada, más estricta, más conservadora. Lo cierto es que Benedicto XVI buscó el centro, buscó cambios y encontró muchas resistencias.

Enfrentar el encubrimiento sistemático de los casos de curas pederastas practicado por su antecesor con el apoyo decidido de la jerarquía eclesiástica, sin duda fue un gran acto de valor, pues supuso confrontarse con personajes muy poderosos, como el mexicano Marcial Maciel, pero también a cardenales y obispos norteamericanos que durante décadas brindaron protección a sacerdotes abusadores con la idea de evitar escándalos que de todas formas estallaron. Pero eran también los personajes que más apoyos económicos y políticos lograban para la Iglesia. Así, las órdenes del Papa no siempre se cumplían tan rápido como él hubiera querido.

Su intención de transparentar las finanzas de la Iglesia también enfrentó resistencias. Algunos analistas suponen que las denuncias que llevaron en 2010 a la destitución de Ettore Gotti Tedeschi, presidente del Banco Vaticano, tuvieron que ver con las pugnas internas de la Curia en contra de un hombre que había sido nombrado por el Papa específicamente para limpiar un banco afectado por escándalos terribles (no sólo el del Banco Ambrosiano en 1981, sino también el llamado “Manos Limpias” de 1993 en el que se le involucraba en lavado de dinero para la mafia italiana).

Finalmente, el escándalo Vatileaks, en el que su mayordomo personal, un informático y quién sabe cuántas personas más cuyos nombres no fueron revelados, robaron y filtraron documentos privados de Benedicto XVI que mostraban terribles intrigas a su alrededor, incluyendo un posible intento de asesinato. Todo ello sin duda es para agotar a un hombre de 85 años de edad que ya pensaba en su jubilación cuando fue elegido obispo de Roma.

Las reacciones internacionales oficiales son de apoyo y comprensión para el hombre que adujo su avanzada edad y su poca salud y fuerza para soportar el terrible peso que supone la silla de San Pedro, como causa de su renuncia. La opinión pública especula si su salida es el signo de su derrota ante la politiquería de la Curia romana, o quizá una victoria al irse cuando ha logrado controlarla y tiene la confianza de que la Sede quedará en buenas manos. Y falta ver quién será el nuevo Papa y hacia dónde dirigirá a la Iglesia.