César Arenas Moreno

 El poeta es como un ropavejero desprestigiado, dijo Rubén Bonifaz Nuño (Córdoba, Veracruz, 1923 – Ciudad de México, 2013), que se paseó por las calles de la Ciudad de México y pepenó los harapos: cosas que ya todos creíamos inservibles y estorbosas, y las devolvió convertidas en algo que sirve y arropa en los momentos de más indigencia. Las palabras más escondidas que todos tenemos, y que pocas veces acertamos a sacar, se nos quedan inútiles. Pero si encontramos un poema de Rubén Bonifaz Nuño nos damos cuenta que esas palabras, en nosotros estériles, con él han tomado la vida y el valor de decir lo que a nosotros nos fue negado por nuestra pobreza de ánimo. Leemos sus versos y ya son nuestros; entonces podemos vestir esos harapos y sentirnos un poco menos indigentes.

La labor poética de Bonifaz, desde La muerte del Ángel, su primer poema publicado en 1945, a los veintidós años, hasta su Viejo en su prisión de viejos huesos dado a conocer en 2011 a sus ochenta y ocho años, ha mantenido el hilo conductor del ansia de resurrección. Renovación de las cosas y el establecimiento de un orden mínimo, esa es la divisa de la obra poética de Rubén Bonifaz Nuño: la de resucitar en la carne.

A los ojos de Rubén Bonifaz Nuño, fueron varias las actitudes humanas en que los poetas basan el destino de la poesía. De acuerdo al orden de las necesidades que el hombre siente a lo largo de su existencia, necesidades que Bonifaz nos ha iluminado: la necesidad del desahogo de la cotidianidad, la con-pasión por la miseria del prójimo, la necesidad de perdurar por medio de la belleza del arte, la fraternidad y la feminidad.

 

 

Trascendencia de lo social

Bonifaz Nuño nunca escribió, o por lo menos publicó, poesía social como tal. Él fue siempre más a fondo; llegó a las semillas de la pobreza y la miseria cotidiana, real y sin ambages: “Hablé de la miseria y la injusticia pero de una manera más próxima y más simple: un aguacero cayendo sobre gente sin ropa o sin paraguas, por ejemplo, podía ilustrar mejor esa situación que el denuesto contra un tiranuelo centroamericano”.[i] Hechos y situaciones que por concretos reflejan lo colectivo de la injusticia social y descubren la heroicidad de los actos cotidianos del hombre. Las huelgas de los ferrocarrileros, los médicos y los maestros en los años cincuentas y sesentas, mostraron a Bonifaz el coraje de ser joven y estar vivo; poemas de Los demonios y los días y Fuego de pobres fueron escritos <<en una época en que los jóvenes peleaban furiosamente con armas inútiles por sus ideales, pero creían en eso>>.[ii]

Un recurso de supervivencia se descubre en la existencia de los demás, en esa multitud que quizá quiera establecer la fraternidad con nosotros y dar un sentido a nuestros actos en apariencia desahuciados. El artista tiene otro anhelo: el de no desaparecer del todo. Algo quedará a los hombres y mujeres venideras de su arte que les mostrará que algo de verdad cultivó en su corazón, lo reveló y quedó para alumbrar, como refugio, salida o descanso.

La feminidad

Que el hombre tiene necesidad de la mujer, es lo que dice Bonifaz en sus poemas a la feminidad. En ella habitan, juntos, los misterios de la vida y de la muerte. Todas las imágenes generadoras son femeninas: amor, belleza y fecundación, son adjetivos de la feminidad. La mujer es el símbolo de la creación, no sólo artística, sino universal, y acceder a la mujer amada y sus misterios es querer estar en armonía con el universo, y una manera de hacerlo es mediante la palabra: la poesía.

El poeta ha utilizado la palabra con un ansia de estabilidad, como instrumento para hacer accesible bienes que de otra manera no lo serían. La mujer es el más preciado bien, y el poeta toda su vida se empeñó en alcanzar a la mujer arquetípica. Y como él mismo piensa: su mejor herramienta, y también la más inútil, fue la poesía.

El amigo de toda su vida: Fausto Vega lo dice:

Las mujeres fueron para el poeta: el rescate del mundo, el sistema ordenador, la consagración de toda hazaña y de toda aventura. Sentirlas dar el ser constantemente, perpetuamente, y ser la llave y la fuente que se llaman sin sentirlo, sin señas. Simplemente porque lo otro, más otro, reúne lo que debe ser semejante, porque el que se queda sin ser mirado será reconocido. Rubén […] es el poeta del amor, y este juicio es definitivo y de absoluta certeza; en efecto la poesía de Bonifaz plantea una metafísica del amor, todo lo contrario a la sabiduría, a los principios lógicos, al análisis de las proposiciones.

No ser el amado es ya ser, y ser en grado superlativo. Y amar, cuanto más empobrezca, dota de más ser, porque es más completa, más vívida la realidad humana. Del amor desmesurado a la mujer, surge el amor a los otros: a los no amados, a los también indigentes, a los que debajo de sus trajes de gala sólo soportan su originaria pobreza en la adversidad de la derrota, en el desangramiento de la frente. Ser hombre es resistir esta inclemencia, paladearla hasta la alegría, soportarla como el sacrificio purificante.[iii]

 

 

La poesía como herramienta de descanso y autoconocimiento

En un mundo donde la ciencia pretende erigirse como único dueño de la verdad absoluta, de repente nos miramos acorralados al darnos cuenta de que esa ciencia –con toda su exactitud– no nos explica nuestro propio devenir. Qué alternativas nos van quedando para comprender la implacable cotidianidad que nos ahoga e incomunica si ya casi no creemos en nada. La religión, la política y la patria se nos van volviendo intangibles y falseadas; dónde encontrar un refugio que no sea sólo una evasión de vacío entretenimiento, sino que permita mirarnos a nosotros mismos, de repente, como si encontráramos un viejo amigo, y nos sentáramos a platicar con él.

En las grandes ciudades, ésta parece ser la situación de muchos seres humanos. Pero si alguno de ellos, un sólo individuo de toda esa masa abúlica es dueño de la expresión más depurada; si ese hombre es poeta, encontrará la libertad que la sociedad le niega. Para él la poesía será una realidad alterna, una herramienta de autoconocimiento, un mundo que le permitirá mirarse a sí mismo y a los demás al desahogar sus carencias y sus debilidades. En este caso el artista no es un egoísta que crea para aislarse, al contrario: construye una realidad alterna para comprenderse y comprender a los demás.

gracias a la perfección de la alquimia humana que Rubén Bonifaz Nuño alcanzó, muchos hombres y mujeres que lo conocieron –en su juventud la mayoría (Carlos Montemayor, René Avilés Fabila, Vicente Quirarte, Sandro Cohen, Marco Antonio Campos, Bernardo Ruiz, Amparo Gaos, Beatriz de la Fuente, Paloma Guardia, Silvia Tomasa Rivera, Josefina Estrada, Claudia Hernández de Valle Arizpe)- descubrieron los caminos que los haría verdaderos hombres y mujeres dignos de México.

Ninguno, ni los mencionados ni nosotros tuvimos el privilegio de estudiar con él en un salón de clase. Eso no fue necesario: él ha sido nuestro maestro y enriqueció nuestra juventud al guiarla mostrándonos el esfuerzo de vivir agotando todos los sentidos y algo más: quizá eso que se llama alma; eso que nos llena de necesidades.

Hasta ahora a nuestro poeta se le apaciguó el corazón, igual que a su Catulo, por fin coronó su vida con la muerte. Una vez que alcanzó la sabiduría y ejerció, todo el tiempo, su buen oficio de maestro para entregarla a los jóvenes:

Toda juventud es sufrimiento. Asomado al mundo con la plenitud voraz de sus propias herramientas sensuales, el joven, como si hiciera uso de una prerrogativa indudable, pretende apoderarse de él, mediante un esfuerzo inútil de antemano, y fracasa. Y el mundo se le aparece como un muro de poderes hostiles, y hasta el milagroso placer de un instante, por su brevedad misma, se le vuelve dolor: dolor sin esperanzas. Y de nuevo, con acrecentada rabia, se tiende hacia lo que considera, acaso sin saberlo, el objeto último de la vida; y el placer, si no se le entrega, lo lleva a sufrir otra vez; y otra vez lo lleva a sufrir, si se le entrega. Y así siempre, hasta que la misericordia del tiempo lo apacigua con la resignación, con la sabiduría o con la muerte.[iv]

 César Arenas Moreno, La Magdalena Atlícpac, febrero de 2013.



[i] CAMPOS, Marco Antonio, “Resumen y balance. Rubén Bonifaz Nuño entrevistado por M.A.C.”, en Vuelta, núm. 104. México, julio, 1985, p. 32.

[ii] Dicho por RBN en entrevista televisiva.

[iii] Dicho por Fausto Vega en mesa redonda, realizada el 21 de abril de 1996, en el palacio de Bellas Artes, con motivo del Homenaje Nacional al poeta, titulada Presencia de Rubén Bonifaz Nuño.

[iv] Rubén Bonifaz Nuño, en la introducción a los Cármenes de Catulo, UNAM, 1969.