Trampas del hambre

Marco Antonio Aguilar Cortés

Los conceptos de la palabra hambre son variados, y esto hace delicado el empleo del término. El hambre como una necesidad o deseo de comer la tenemos todos los humanos, y ¡mal haya quien la pretenda suprimir para siempre de nuestra naturaleza!, aunque sea a través de una cruzada por decreto.

Por sus cargas históricas, religiosas, económicas e ideológicas, las nueve cruzadas que se registran, en la vida del hombre, son más grotescas que atractivas, y tan dramáticas como cómicas.

Desde la iniciada en el año 1096 bajo el grito de “Dios lo quiere”, encabezada por Pedro el Ermitaño, hasta la promovida en 1271 por musulmanes en contra de los soldados italianos católicos que habían degollado a campesinos islámicos cerca de Jerusalén, carecen de prestigio.

Dado lo anterior, ¿a quién se le ocurre nominar Cruzada Nacional contra el Hambre, a lo que pudiese ser un buen proyecto?

No se olvide que, entre otros errores, los cruzados mintieron en su propósito. No fueron a rescatar el sagrado sepulcro de Jesús Cristo, de manos infieles, sino al intento aventurero de abrir nuevas rutas y mercados al comercio de la ambiciosa Europa de aquellos tiempos.

Como en muchos casos, lo religioso sirvió de alcahuete a los bajos instintos del fenómeno económico imperante.

Hoy, México no requiere de ninguna cruzada. Lo que necesitamos es rediseñar un nuevo y superior sistema alimentario mexicano, ya que las deficiencias del actual han generado, en las últimas tres décadas, “un millón 300 mil muertos infantiles, evitables”, según denuncia el doctor Abelardo Ávila Curiel, distinguido investigador del Instituto Nacional de la Nutrición, en la entrevista concedida a nuestro compañero Antonio Cerda Ardura.

Desde luego que el problema del hambre es grave; así lo ha reconocido el presidente Enrique Peña Nieto, y está a la vista de todos. Empero, si uno lee el decreto que se publicó al respecto en el Diario Oficial de la Federación el 21 de enero de 2013, emitido desde Las Margaritas, Chiapas, observa sólo generalidades, y esto confunde, motivando desconfianza.

Los cerca de 18 considerandos de ese decreto, sus 14 artículos más sus 4 transitorios, con los dos anexos, tienen por objeto establecer un sistema nacional parecido a los ya integrados burocráticamente para otros menesteres, con las mismas secretarías existentes en el Poder Ejecutivo federal, con los mismos presupuestos, y con las mismas explícitas e implícitas atribuciones que desde hace mucho tiempo tienen conferidas, por preceptos similares.

En el artículo primero del decreto en cita se dispone que: “La Cruzada contra el Hambre es una estrategia…”, o sea, un conjunto de acciones coordinadas para conseguir un fin preciso. Y esto, precisamente, es lo que falta, señalar las acciones concretas, indicar la forma específica de coordinación y marcar las metas claras.

Se externa en el decreto que dicha cruzada “está orientada a la población… constituida por las personas que viven en condiciones de pobreza multidimensional extrema…”, sin clarificar en qué consiste lo multidimensional, y cómo se mide aquí lo extrema; y, sobre todo, qué debe entenderse por hambre para ese efecto, ya que enreda más las cosas el expresar que las personas afectas son las que “presentan carencia de acceso a la alimentación”.

Tanto recoveco lingüístico da más hambre o puede ahuyentarla.