Gerardo Yong

Durante siglos, Alemania y Francia se enfrentaron en diferentes guerras. Específicamente desde el conflicto franco-prusiano en 1870 hasta la Primera y Segunda guerras mundiales, que no sólo tuvo un escenario en sus territorios, sino que se extendió hacia otras fronteras más allá de las europeas.

La más catastrófica de estas conflagraciones terminó con una vasta destrucción en el corazón de Europa. Intensos bombardeos, incursiones militares, caos civil; un escenario dantesco prevaleció desde 1945 hasta la consecuente división de Alemania por parte de los ejércitos aliados que, con la toma de una derruida Berlín, decretaron el fin de la Segunda Guerra Mundial.

“El tratado del Eliseo es todavía más que la paz recuperada entre nuestros dos países, es también el marco de una cooperación constante y cada vez más estrechas entre nuestros gobiernos. Es el proyecto de una actividad activa y cotidiana de nuestros dos pueblos”, afirmó la embajadora de Francia en México, Elisabeth Beton Delègue, durante una ceremonia en conmemoración de este evento realizado en la Biblioteca México. “Desde 1963, nuestros dirigentes decidieron apostar por la juventud y la cultura. Desde ese año, la Oficina Francoalemana de la Juventud ha permitido que más de ocho millones de jóvenes que puedan participar en intercambios lingüísticos y culturales”.

Tuvieron que pasar dieciocho años más para que ambos países comprendieran la necesidad de afinar un nuevo proyecto, no sólo bilateral, sino regional. Un pacto que sirviera de plataforma para la estabilidad de Europa y su consolidación como una de las potencias político-económicas más grande del mundo que recibiría el nombre de Unión Europea. Ese sueño fue posible gracias a la iniciativa de dos grandes dirigentes: el presidente francés Charles de Gaulle y el canciller alemán Konrad Adenauer, quienes firmaron el Tratado del Eliseo el 22 de enero de 1963, en París, colocando así las bases de un futuro que redundaría en el proyecto integracionista más ambicioso del mundo contemporáneo.

“El Tratado fue posible gracias a dos estadistas que supieron ver más allá de las circunstancias dolorosas en las que nos encontrábamos en la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. Charles de Gaulle lo había afirmado en su discurso en Ludwigsburg en 1962, en donde se dirigió en alemán a la juventud germana: El porvenir de nuestros dos países, la base sobre la cual puede y debe construirse la unión de Europa, la ventaja más sólida de la libertad del mundo, es la estima, la confianza, la amistad mutuas del pueblo francés y el pueblo alemán”, señaló el embajador de Alemania en México, Edmund Duckwitz.

Este pacto ha posibilitado una nueva era en las relaciones franco-germanas como nunca antes en la historia moderna de estas dos naciones. Ha permitido la creación de organismos binacionales, institutos de investigación, así como universidades comunes. En el 2006, se elaboró un manual de historia franco alemana, con lo que se puso de manifiesto que es posible realizar una lectura común del pasado de ambos pueblos, incluso de aquellos pasajes más dolorosos.

En 1990, también se creó la cadena de televisión bilateral ARTE que, desde entonces, es considerada como el alma de la referencia cultural de ambas naciones.

En el ámbito de negocios, son recíprocamente los principales socios comerciales de la región y a lo largo de las últimas décadas se han constituido en el corazón económico y político de Europa.  Su acercamiento y cooperación bilateral han sido tan fuertes que incluso han llegado hasta planos altamente estratégicos al participar en crisis y conflictos internacionales como Bosnia en 1999 y Afganistán, en 2001.