David Enríquez

¿Y habremos de sufrir, entonces,

sólo porque un día lloraremos?

Giran los amantes libertados

con la noche en torno. Entre guirnaldas

de un instante, amigos, mientras dura

lo que tuvimos, alegrémonos.

El ala del tigre, 1969

 

 

El último día de enero murió Rubén Bonifaz Nuño, una de las más grandes voces poéticas que ha tenido México. Recuerdo las palabras de Huberto Batis con respecto a él en Lo que cuadernos del viento nos dejó, algo como “Bonifaz Nuño y Octavio Paz van a ser los poetas leídos en todas las primarias en el futuro, y los más populares”. Ni Rubén Bonifaz Nuño, ni Octavio Paz, ni, a veces pienso, la poesía misma, tuvieron esa suerte. Pero sin duda fue Rubén Bonifaz Nuño el menos favorecido por la fama. Una polémica o el desarrollo de su obra podrían explicarlo.

Los primeros libros de Rubén Bonifaz Nuño tuvieron una muy buena acogida: Agustín Yáñez premió en el festival de poesía en 1945, los juegos florales, de Aguascalientes, su serie de sonetos La muerte de un ángel, influida por los ángeles rilkeanos y la poesía latina. Luego publicó Imágenes (1953), donde se deja ver la actitud hacia la amada y algunos temas que volverían a la obra de Bonifaz, aunque a los ojos de Yáñez, es un texto que no “cuaja” del todo.

Su primer fruto maduro es quizás Los demonios y los días (1956), donde se  concreta un sentimiento hondo de abandono y desprecio a la banalidad de las nuevas costumbres del México “moderno”, prometido por el priismo a finales de los años 60′. Vale la pena detenerse en este texto, aparece a mitad de los años cincuenta, casi como respuesta a Los hombres del alba de Efraín Huerta, éste de 1944; ambos incorporan la ciudad, la más terrible, a la obra lírica, en un balance entre lo contemplativo y lo social. Una postura parecida a la de Octavio Paz con su Piedra de sol de 1957 impregna Los demonios y los días, anterior por sólo un año. Tanto Paz como Huerta y Bonifaz Nuño se alejaron de la generación poética anterior, “Los Contemporáneos”, al permear de contenido social sus obras. Ellos, a diferencia de Villaurrutia o Gorostiza no padecían el contagio pesimista de la primera guerra mundial; creían en el cambio y la revolución a través de la lucha y la militancia.

Rubén Bonifaz Nuño recuerda de sus días de infancia, cuando en el Cardenismo llevó una educación nacionalista y socialista, y sabía de memoria la letra de La internacional. Eran tiempos de optimismo para muchos. Llegado Los demonios y los días, se manifiesta ya gran parte de la poética de Bonifaz Nuño.

Entonces, iniciaba su carrera como uno de los más importantes estudiosos de autores clásicos en México; también conoció y pensó las culturas prehispánicas como parte de su origen como ser en este tiempo, y fue abandonado por muchas mujeres, como él mismo dice.

La poesía que hace Bonifaz es un puente para llegar a este autor, los poemas nos acercan al hombre que está sintiendo algo y como respuesta escribe poemas. En este sentido, su creación a veces mucho más un medio que una finalidad; es la mano que tiende para trascender su soledad.

Bonifaz reflexiona sobre la finalidad de sus poemas en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua: dice que el poeta azteca, en su sociedad, “quiere escapar de la muerte, pretende salvarse de la disolución impuesta por el sacrificio y la batalla, y el medio que para lograrlo propone, en verdad el único que se le ofrece, es la relación humana construida sobre bienes poseídos en común.”[i]

Y sobre los poetas latinos, que éstos escribían por tres asuntos: para trascender la muerte a través de la fama, para denunciar a la sociedad en que viven y, por último, dice: “[la poesía es] Una herramienta para edificar un recinto de agradable descanso entre el doloroso horror de los trabajos del mundo”[ii], y cita a Ovidio: “Con los cantos busco los olvidos de las cosas miserables.”[iii]. Así, Bonifaz comparte de los poetas latinos la tradición formal, el soneto, la silva, por ejemplo; también, busca en su poesía un refugio del dolor en el mundo. No podría explicar mejor que Bonifaz cómo se logra, a través de la poesía, ese olvido de las cosas miserables, dice:

Desarmado él mismo [el poeta latino] en su índole perecedera, reclama su dignidad de ser en libertad, y resiste la incesante embestida del tiempo que implacable lo acerca a su fin, y para eso se vale de lo que no puede serle arrebatado: el momento en que está viviendo, el ejercicio de sus propias interiores potencias. Afirma el mundo que lo rodea, y procura la relación con un semejante que al tenderse hacia él en búsqueda convergente, se convierta en su prójimo, primero, y después en su igual, y en última consumación en él mismo, por puro amor de amistad, de manera que una sola alma pueda ser poseída por ambos. De esta unión nacerá la esperanza: una comunidad ordenada, pacífica y justa; una eternidad conquistada por el quehacer llevado al cabo durante el breve tiempo que dura la vida; una soledad que al ser compartida, deja esencialmente de serlo. Y el hombre se hace fuerte y se afinca, y no hay lugar para la muerte.[iv]

La poesía puede crear lazos entre las personas; estos lazos lo afincan como ser para los demás y ahí encuentra la trascendencia y la compañía. Bonifaz reafirma la idea a lo largo de su obra, como en este poema:

Desde la tristeza que se desploma,

desde mi dolor que me cansa,

desde mi oficina, desde mi cuarto revuelto,

desde mis cobijas de hombre solo,

desde este papel, tiendo la mano.[v]

Vale entender y leer a Rubén Bonifaz Nuño, en tanto que vale la pena comprender mejor una poesía que nos afinque y que cumpla con su destino como poema; es poesía de esperanza y lucha de una modernidad llena de ficciones, de opresión. Para terminar con el símil, es la misma denuncia de Paz que comentaba:

las máscaras podridas

que dividen al hombre de los hombres,

al hombre de sí mismo,

se derrumban

por un instante inmenso y vislumbramos

nuestra unidad perdida, el desamparo

que es ser hombres, la gloria que es ser hombres

y compartir el pan, el sol, la muerte,

el olvidado asombro de estar vivos;[vi]

Rubén Bonifaz Nuño andaba el mismo camino que el premio Nobel, quizás más alejado del surrealismo pero con su misma intención revolucionaria. Acaso no llegó al mismo pedestal que Paz porque no lo quiso, o porque luego de esos años, su poesía se tornó un tanto hermética, como en su Siete de espadas, que él explica años después como un libro con inicios de poemas, ninguno terminado, y que se mostraba como un ejercicio literario distante de las cantinas donde lo recitaban, o de los recuerdos de su padre telegrafista, de sus hermanos en la casa al Sur de la ciudad de México, los senderos del Pedregal.

Sin embargo, Octavio Paz envió una carta efusiva a Rubén Bonifaz Nuño donde lo felicitaba por Siete de espadas. Bonifaz tuvo a bien, y por consejo de uno de sus amigos, publicar fragmentos de esta carta para hacerse promoción, respaldado en el prestigio de Paz. Cuando Paz supo de ello, le marcó “muy enojado”, contaría Bonifaz después, por haber publicado sin su permiso aquellas líneas. Y no tuvieron la relación de antes.

Es imposible calcular qué tanto influyó en la recepción de la obra de Rubén Bonifaz Nuño su alejamiento del entonces tótem cultural. Sí sabemos, en cambio, que los años restantes, Rubén Bonifaz Nuño erigió la más importante obra de traducción de autores clásicos, como traductor de Ovidio, Catulo, Propercio, Virgilio, Homero… y en la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana que llevó al cabo con su alumno y profesor mío de Latín, Bulmaro Reyes Coria. La colección de clásicos es de una enorme calidad y de bajo precio.

Cuando tuve ocasión de conocer a Rubén Bonifaz Nuño, él ya estaba muy cansado, lamentablemente no podía ver (“veía hacia dentro”, le comenté a una amiga) y escuchaba muy poco. Es como lo pudimos conocer los estudiantes de mi generación. Eso era algo muy triste, porque a Bonifaz Nuño lo leíamos mucho. Yo conozco de memoria varios de sus sonetos de amor, y los textos de Los demonios y los días nos siguen hinchando el pecho porque es la misma cuidad en que crecimos, quizás peor, y la misma soledad. Además en su obra es sumamente abierto; después de tanto leerlo, sentía como si ya hubiera ido varias veces a una cantina con él y platicáramos de todo, como amigos de años. La realidad fue distinta, lo visité en su cumpleaños y sólo pude decirle que lo admiraba. No estuvo ahí mucho tiempo. Pero no quisiera que prevalezca esta visión del hombre. Ya lo dice en su último libro, Calacas, “Que en habiendo viejas y dinero,/ pinche Pelona, me das risa”[vii]

Hasta su último día tuvo la compañía femenina, y su trabajo como académico, académico humanista, como deben ser los académicos, en la UNAM. No hay lugar para la muerte de una persona así, ya lo dice:

¿Y hemos de llorar porque las cosas

están así sobre la tierra?

Hay una mujer, quedan amigos

Y el desprecio, Flaca, a lo que dueles.

No sé si habré de morir todo;

No todo he muerto […]



[i]Rubén Bonifaz Nuño ,Destino de lcanto: Discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua; respuesta de Agustín Yáñez, México, UNAM, Academia Mexicana de laL engua,2010, p. 31.

[ii] Ibid.p.33.

[iii] Ovidio, Tristes, IV,i ,apud Rubén Bonifaz Nuño, Destino  del  canto… op  cit .p.40.

[iv] Rubén Bonifaz Nuño, op .cit .pp.41-42.

[v] Rubén Bonifaz Nuño, “Los demonios y los días ,42”,en De otro modo lo mismo ,México, Fondo de cultura económica, 1979 ,p.159.

[vi]Piedra  de  sol.

[vii] Vv. 12-13, “III”, Calacas.