Mary Carmen Sánchez Ambriz
Explorar el papel que desempeña la mujer se ha convertido en una constante de las investigaciones sociológicas e históricas realizadas por Sara Sefchovich, quien desde hace más de tres décadas es investigadora de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. En su libro ¿Son mejores las mujeres? recopila textos sobre el feminismo, tema que es visto desde distintos ángulos (opresión, igualdad, equidad, diversidad, sexualidad, homosexualidad, derechos humanos, violencia, aborto, condón, empoderamiento, participación, voto, democracias, políticas públicas, trabajo doméstico, doble jornada, doble moral, mujer objeto, trata, machismo, misoginia y la escritura de las mujeres). Según Marta Lamas hay tres dimensiones en las reflexiones de Sefchovich: primero expone de manera inteligente y provocadora su visión particular del feminismo, luego elabora una crítica sutil pero demoledora a quienes piensan que las mujeres tienen una esencia distinta a la de los hombres y la tercera la define como un acto de solidaridad con debate feminista. El feminismo está en la mesa de discusión y la autora muestra varias maneras en que ha sido abordado. Para Sefchovich, “el feminismo ha pasado por momentos en que dominaba el enojo contra los hombres y la relación entre ‘hermanas’ en un sentido existencialista. Pero después de eso, lo importante ha sido y sigue siendo su preocupación por la igualdad y la cuestión de la identidad”. —Usted dice que en el feminismo no existe la verdad única, siempre hay que volver a cuestionarlo todo, y cita a Gianni Vattimo cuando menciona que: “Hay una constante oscilación y erosión de los principios”. ¿En México hemos entendido el feminismo? —Quiero aclarar que se trata de mi manera de entender la concepción del feminismo. Desde la pregunta que hago en el libro: ¿Son mejores las mujeres que los hombres? no estarían de acuerdo varios grupos feministas porque para ellas sí son mejores. Y, por consiguiente, la referencia que hago de Vattimo, un pensador italiano tan importante, no la considerarían. La palabra feminismo, cuando llegó, en los años setenta, fue un concepto muy de vanguardia. La gente que la escuchó no pensó que se trataba de un término que valía la pena. En general, se asustaron mucho de escucharla; incluso hay mujeres —defensoras de las causas de las mujeres— que les molesta el término, lo ven cargado de una serie de connotaciones con las que no están de acuerdo. Yo reivindico el término justamente por lo que dice Vattimo y por lo que reflexiona Isaiah Berlin —a quien cito en la introducción del libro—, como una manera de ver y de entender el mundo, de hacerse preguntas sobre el pasado y proyectos a futuro. Y no sólo desde una perspectiva discursiva o teórica, sino como una práctica, como una realidad que efectivamente ha cambiado al mundo en los últimos sesenta años. Más allá de si la gente entiende el concepto de feminismo o no, creo que se han modificado formas de pensar. Por ejemplo, el hecho de que ahora la gente más conservadora hable de los niños y las niñas; aunque sea en el discurso a las mujeres ya se les reconoce su derecho, no importa que sea meramente discurso, ya se irá convirtiendo —como ha ocurrido— en realidad. En eso tenía mucha razón Carlos Monsiváis, cuando dijo que el feminismo cultural y mentalmente ha permeado a la sociedad. Mi libro de algún modo quiere recuperar esa revolución cultural que, llamémosle feminismo o no, ha significado el movimiento por las mujeres. —¿De qué manera ha contribuido el feminismo a cambiar el mundo? —Después de cuarenta años me sigue admirando lo importante que es el feminismo y la manera en que revolucionó planteamientos en las ciencias sociales y en las humanidades. Lo que la teoría feminista le movió el piso a todas las ciencias sociales es algo que no estoy segura que los académicos capten, sobre todo la profundidad que ese cambió representó. Cualquier tema relacionado con las ciencias sociales, después del feminismo, aprendimos a abordarlo de otro modo: por el tipo de preguntas que se hicieron, por la manera de voltear a ver sectores de la sociedad que estaban olvidados y silenciados. El feminismo trajo consigo un planteamiento nuevo de ver a la sociedad. Cuarenta años después sigo insistiendo en que hay que reivindicar el término. —¿En qué etapa se encuentra el feminismo que se practica en México? —No sé si el feminismo se sigue practicando en México. Yo no participo en los grupos militantes del feminismo, no voy a ese tipo de reuniones, estoy dedicada a otros trabajos. Lo que he visto es que jóvenes feministas agreden a las feministas mayores por considerar que son anticuadas y que su lucha ya no sirve. Por ejemplo, en México se ha buscado que se legisle para defender la violencia doméstica, que existan ministerios públicos especialmente designados para atender a las mujeres. Y eso se deriva porque en nuestro país hay mucha violencia contra las mujeres. Otro asunto pendiente consiste en apoyar a todas esas madres de los caídos en esta guerra que estamos viviendo, son mujeres que siguen teniendo derechos como madres. Claro, sólo puedo hablar de mi manera de ver las cosas, y no de la forma en que se ve el feminismo en México. Las mujeres y la política —¿Considera que en la política que se ejerce en el país se da espacio para la igualdad de las mujeres? —Hay mujeres en la política como representantes en los partidos políticos, presidencias municipales, presidentas de organismos gubernamentales, que tienen una agenda de género en la cual se preocupan por temas relacionados con la mujer. Sin embargo, hay otras mujeres que no la tienen, que están en la política como un hombre podría estarlo y que luchan por sus intereses personales o de partido. El hecho de estar en un cuerpo de mujer no te hace luchar por los intereses de las mujeres. —El voto femenino se establece en 1953 con Adolfo Ruiz Cortines, aunque ya había algunos intentos por darlo. ¿Eso tiene que ver que la democracia esté en pañales? —No creo que el voto sea ejemplo de la democracia, no tiene nada que ver. La democracia es una forma de funcionar de una sociedad que aquí no existe. Aquí sectores ilustrados y clasemedia quieren convertirnos en una sociedad democrática, lo han querido desde el siglo XIX. La democracia no puede estar marcada por un voto que se da en medio de la desconfianza tan brutal que tenemos, por eso se creó el IFE y los tribunales, para ver si el voto se hizo con fraude. Entre la maternidad y la vida laboral —¿Qué tanto ha beneficiado y perjudicado la doble jornada (laboral y doméstica) que ejercen las mujeres? —En mi libro lo digo muchas veces: ¡Maldita la hora! Porque ahora tenemos en nuestra vida mucho más trabajo que el que las mujeres desempeñaban antes. Hablemos también de una triple jornada que incluye hogar, trabajo y el pertenecer a un grupo de alguna militancia o sentarse a escribir poemas. A veces yo digo: a qué horas se nos ocurrió. En este libro añado algunos casos de los años ochenta, en donde yo decía qué ganamos con esto: decía que había que reconocer que la que quiere quedarse en su casa y dedicarse al hogar, no dejaba de ser feminista por hacerlo. Para mí no existe una sola manera de entender a las mujeres. —Otra de las tareas pendientes de la lucha de las mujeres es reivindicar la maternidad. —En México la vida cotidiana está centrada en el trabajo de la madre, de la esposa, que son las que se ocupan del hogar, de cuidar a los hijos, de alimentarlos. ¿De dónde sale una sociedad si no es de un lugar donde se nutre tanto mental como físicamente, donde se descansa, donde se conforman las maneras de ser, donde se apoya? Por eso le otorgo centralidad al papel de la madre y de la esposa en esta sociedad, creo que para que exista una sociedad como la que somos, para que haya una sociedad con delincuencia organizada, es porque atrás hay una madre y una esposa que están de acuerdo. Esa idea de que las mujeres son siempre las más buenas y que sólo les interesa lo amable, lo tierno, es cierto, pero esa misma ternura es la que despliega una madre a un delincuente, a un policía; todos ellos tienen el apoyo de su hogar, tanto los que están en la delincuencia como los que están en las fuerzas armadas. De otra manera no sería tan imposible combatirlos; de ahí la centralidad de la maternidad y la esposidad en la sociedad mexicana.
