¿Quién es el valiente que empezará la tarea?

Humberto Musacchio

Después de siete años en una prisión mexicana, la señora Florence Cassez se benefició de un fallo de la Corte, fue enviada a Francia y recibida allá como heroína, con la primera dama esperándola a las puertas del Elíseo para conducirla hasta el salón donde François Hollande, el presidente francés, la recibió con grandes sonrisas.

Sólo faltó que le colgaran alguna condecoración por su ejemplar y civilizatorio comportamiento en tierra de indios, pese a que abundan los testimonios de que la señora participó en hechos delictivos y su estancia en la cárcel fue más que merecida. La Corte, por cierto, no la declaró culpable, pero tampoco inocente. Sencillamente, por hechos que la privaron del debido proceso, la amparó y de esa manera la puso en libertad.

En torno al asunto hay asuntos pendientes. Uno de ellos tiene qué ver con la forma celebratoria en que Florence fue oficialmente recibida en París. A nadie escapa que en la liberación de la francesa algo tuvo que ver el Ejecutivo mexicano, su contacto con el mandatario galo y su interés en ampliar el comercio y atraer inversiones. Si contáramos con un canciller conocedor de las formas diplomáticas, lo esperable es que se hubiera concertado por lo menos cierta discreción con la contraparte, lo que no se hizo y el resultado es altamente lesivo para la imagen de México.

Al salir de chirona la señora Cassez, sería lógico que sus cómplices se beneficiaran del fallo, pues están en el mismo caso, pero ninguno de ellos es francés ni tiene a su favor la presión del Elíseo ni la conveniencia mercantil del trato entre naciones. Igualmente, si la francesa fue liberada porque se le privó del debido proceso, lo menos que cabría esperar es que la Corte, como máxima autoridad judicial del país, ordenara una revisión de los miles de casos de personas encarceladas sin pruebas, en abierta violación de las garantías individuales y de todo derecho.

Igualmente, cabría esperar una actuación judicial menos indecente en el caso de los generales presos, contra los cuales ya ni siquiera hay acusación de la Procuraduría General de la República, pero siguen en la cárcel. En fin, que cabría esperar muchas cosas, por ejemplo, que la justicia —cualquier cosa que eso signifique— llamara a cuentas a Genaro García Luna y a su jefe. Pero eso requiere de una enorme voluntad política, de disposición para afrontar los riesgos y poner al corruptísimo aparato judicial a actuar conforme a derecho. ¿Quién es el valiente que empezará la tarea?