Ricardo Muñoz Munguía

En el año 2005 sostuvimos una charla con el poeta y traductor Rubén Bonifaz Nuño, principalmente sobre la sección titulada “Calacas”, que entonces pertenecía a sus poemas más recientes y que se incluía en la nueva antología Amiga a la que amo (Editorial Colibrí, 2004). El autor de El manto y la corona y De otro modo lo mismo, entre otros títulos notables de nuestra poesía contemporánea, ante la pregunta de que en la mencionada sección se advertía una especie de diálogo con la muerte, en palabras suyas con “La Flaca”, mencionaba con una voz aún clara y fluida: “Así es… así es. (Toma el cigarro, se recarga en su silla y deja escapar el humo lentamente de su boca y de pronto vuelve a la misma posición para continuar.) A la horrible edad de más de ochenta años, cuando uno está sintiendo que todo se ha perdido física e intelectualmente, la muerte es una compañía constante y de ninguna manera agradable, entonces se puede hablar con la muerte, pero puede uno decir lo que piensa de ella, que la muerte no es ninguna cosa solemne ni elegante, ni algo por el estilo, sino que es una entidad dañina pero de muchas formas ridículas; por eso me parecen muy buenos los apodos que los mexicanos le damos a la muerte: la Dientona, la Flaca, la Calaca; es decir, nombres que no indican respeto sino más bien lo contrario. Eso es lo que se merece la muerte porque lo está matando a uno continuamente: la muerte no llega en un solo instante, llega a través de mucho tiempo, fraccionada, consumiéndolo a uno. Por ejemplo, a mí la muerte me quitó la vista, me quitó el sentido del oído, me quitó la fuerza de las piernas y así me va quitando cada día algo más. Insisto en que la muerte no es cosa de un instante sino de un proceso muy largo que empieza posiblemente la primera vez que uno llora, al nacer”. Y del nacer a la vejez se atraviesa por un puente largo, una secuencia que le pedí a Bonifaz Nuño que nos la dibujara: “Desde luego dibujaría la lenta pérdida de las facultades de la juventud a la madurez… es una cosa dolorosa, y hay que enfrentar ese dolor pero no con tristeza, pues la tristeza acaba con todo; sino expresarlo y enfrentarlo con cólera, con enojo porque el enojo indica acción y uno no debe dejar de actuar en toda la vida, inclusive en el miserable estado en el que me encuentro ahora estoy tratando de actuar. En este momento, la verdad, con usted, estoy actuando”. La vida, ¿qué le ha dejado?, le pregunto, y clava su mirada en mi rostro como si pudiera vencer las tinieblas que hay en ella: “La satisfacción de haber podido —correspondiendo a la Universidad (UNAM)— servir a todo aquél que me ha necesitado y me ha llamado. A cuantos he podido, les he abierto las puertas del camino que querían seguir y a nadie le he cerrado nunca una puerta. Ese valor es el que le concedo a mi vida: no estorbé nunca a nadie y atendí a todo el que me pidió que lo ayudara”. En efecto, su amistad —un ejemplo es la que sostuvo con Ricardo Garibay, la que duró toda la vida, desde que tenían veinte años, aunque se dejaron de frecuentar apenas habían rebasado los sesenta— generosidad y disposición ante los demás siempre estuvo presente, así como su labor que nunca abandonó. Descanse en paz don Rubén Bonifaz Nuño.