Juan Antonio Rosado

Hasta hoy, se ha publicado una enorme cantidad de libros y manuales de redacción, algunos sólo en torno a algún aspecto de la expresión escrita, pero no se le había dado especial enfoque y énfasis a las opiniones y análisis —desde el ensayo— de algunos productores de escritos sobre la escritura misma. Esta idea motivó el libro compilado por Claudia Albarrán: Cómo escriben los que escriben. La cocina del escritor. Pese a su título, no se trata de recetas que puedan llevar al lector automáticamente a la correcta escritura, sino de reflexiones sobre las herramientas principales que acompañan la labor del escritor. El libro pretende destruir dos mitos: la creencia de que sólo puede escribir quien nació con un talento o don especial, y la creencia de que no hace falta desarrollar o perfeccionar la escritura sólo porque se adquirió con la alfabetización.
Dividido en tres tiempos, los trece ensayos de esta cocina del escritor dan cuenta del proceso de escritura desde distintas ópticas y disciplinas. Todos, de algún modo, desde la autobiografía, desde la experiencia propia de sus autores. El único texto creativo es el de Julián Meza: un cuento que asocia la escritura a la gastronomía. Los demás son ensayos que abordan el problema desde varias perspectivas.
Armando Pereira se refiere a algunos mitos sobre la escritura. Uno de ellos es que el autor intenta “exorcizar” sus fantasmas. A partir de una postura borgiana, Pereira desmiente este mito: son los personajes quienes crean al autor. La noche como instante para escribir y la “angustia” frente a la página en blanco son otros mitos-lugares comunes, como lo es el temor a las influencias, propio de la adolescencia. El autor concluye externando lo preocupante de esas búsquedas de “lo autobiográfico” en las narraciones que no son históricas, práctica absurda de seudocríticos que fuerzan su lectura para hallar allí al autor.  Carlos Zozaya escribe sobre el artículo de investigación y el de divulgación. Daniel Cassany deslinda la literatura de creación de la literatura técnica, y se refiere a esta última. Carlos Bosch ahonda en la escritura del matemático. Marta Lamas, desde una óptima feminista, se asume como transmisora de ideas. Claudia Albarrán, en “Escritura e identidad”, parte de la frase “somos lo que escribimos” (y agrega: también lo que leemos). Tal vez su consejo más fructífero sea “leer con ojos de escritor y escribir con ojos de lector”. Alejandro Hernández escribe sobre la inevitabilidad de escribir. Isaac Katz lo hace desde el punto de vista del economista. Nora Pasternac, a partir de diversas citas de escritores sobre la escritura, teje un camino para hallar algunos senderos de este fenómeno. Jorge Cerdio reflexiona sobre el lenguaje oscuro de los filósofos del derecho. Una de sus conclusiones es: “no hay una idea tan compleja que no pueda ser expresada con palabras llanas y simples, y mucho mejor si se adjunta un ejemplo”. Olga Pellicer trata de los informes, artículos y columnas. Por último, Denise Dresser reflexiona en torno al oficio de escribir sobre política. En toda democracia, el crítico debe desplegar honestidad y ser un “censor implacable del poder porque esa es la única manera de democratizar su ejercicio”. El crítico debe hacer prevalecer las aspiraciones de verdad y justicia en un sistema político (el mexicano) que se burla de ellas. Por ello, la condición del crítico es solitaria.

Claudia Albarrán (compilación y prólogo),
Cómo escriben los que escriben.
 La cocina del escritor. Fondo de Cultura Económica/ itam, México, 2011; 112 pp.