Muy pocas cosas son súbitas

Jorge Carrillo Olea

Es una regla implícita: “a toda capillita le llega su fiestecita”. No hay gobierno que no escape de una crisis, sea ésta política o que tenga desenlaces políticos. Hoy en España, Rajoy sufre y él se tambalea por supuestas corrupciones; Ángel Aguirre, por la brutal inseguridad de Guerrero y la impaciencia social.

Es imposible hacer un catálogo de crisis y por ende los presuntos cánones para el manejo de ellas. Sólo se tienen guías y procedimientos genéricos para ciertas causas, que deberían ayudar a prevenirlas; lograr el mejor desempeño durante la gestión de ellas; y ya presentes, anticipar sus efectos y liquidar los daños de la manera más eficiente posible. La mejor receta, como todo lo mejor, que es sólo utópica, sería tener una estructura de gobierno sólida, adiestrada, respetable que fuera apta para prevenir, en su caso gestionar y reducir los efectos nocivos de ellas.

Las crisis a las que nos referiremos aquí, son aquéllas que encuentran sus orígenes en fenómenos vinculados con la actitud de la sociedad al reaccionar frente a ciertas insatisfacciones pero que sus coletazos son siempre, inevitablemente, políticos, desde que vivimos en un mundo público. Disponer de una cultura de manejo de crisis permitiría:

A. Identificar los elementos necesarios para establecer y hacer funcionar un sistema o protocolo de gestión de crisis, que de nombre rimbombante es una serie de reglas simples.

B. Integrarlos en unas reglas muy específicas. Nada debe quedar a la iniciativa de nadie, salvo casos extremos.

C. Operar el sistema o protocolo con altos grados de automatismo, como ante un sismo: qué debe hacer cada quién y qué no debe, sin que eso se refiera a la falta de espontaneidad.

D. Una crisis con ecos políticos demanda de una buena comunicación social hacia afuera y hacia adentro tanto como de hechos concretos.

Consecuentemente con esos principios, valdría pensar: La CNTE, las policías comunales, el crimen común y el vinculado al narco nos acosan, ¿llegarán, de potenciarse, a constituir una crisis? El pueblo de bien a bien no sabe qué demandan los llamados maestros, sólo saben que sus hijos son los más pobres del país, pobres por su enclave socioeconómico, pobres por las miserias de educación que reciben. De las policías se advierten su derecho a la inconformidad, pero la ilegalidad de sus acciones y de la ola criminal ya no se quiere saber sino una respuesta, ¿hasta cuándo nos someterá?

Lo que aún no surge es el diseño de un horizonte de cosas a plazo medio con una visión de profundidad estratégica. El gobernador de Guerrero, de manera bárbara intenta oficializar lo que pasa en su tierra sin ver, porque no puede, las consecuencias. El de Oaxaca, estupenda persona, está como los anteriores, totalmente rebasado por la sección XXII.

Qué pasará con este coctel, cómo se desarrollará, con qué potencialidad, cuándo, en qué lugares y con qué efectos. Cómo develará que el actual gobierno federal, a pesar de sus innegables éxitos, le apuesta mucho a las formas y cómo algunas tuercas dan muestras ya de estar flojas. No hay respuesta. Y no es que el gobierno deba develar todas sus reflexiones,  conclusiones y propósitos, no. Lo que sí pasa es que en la vida pública todo es anticipable, todo se anuncia, todo envía telegramas, muy pocas cosas son súbitas.

No es que la materia debiera esperar a ser clarificada en el Plan Nacional de Desarrollo, a presentarse antes de que se cumplan seis meses de la toma de posesión. Sabemos que esos planes y más en materia de orden público son razonablemente convincentes y razonablemente ambiguos para taparle el ojo a cualquier macho, así que eso no será un lenitivo.

Entonces, ¿cómo sabremos si una amenaza de crisis ha sido percibida y está en la agenda? ¿Cómo saber qué se piensa con anticipación respecto de ella? Un misterio más de Semana Santa.

hienca@prodigy.net.mx