Eduardo Lomas
Yo ya me voy a morir a los desiertos/ Me voy dirigido (del ejido, en otras
versiones) a esa estrella marinera/ Sólo en pensar que ando lejos de mi tierra/ Nomás que me acuerdo/ Me dan ganas de llorar.
Canción cardenche tradicional / Sapioriz, Durango
El gusto por la realización de cine documental llegó a la vida de Everardo González de manera “accidental” en un momento en que él quería ser reportero gráfico. Su incursión comenzó, después de una etapa como cineasta de ficción, con un pequeño ejercicio en video de siete minutos que al paso del tiempo se convirtió en La Canción del pulque (2003).
Después vinieron Los ladrones viejos (2007), El cielo abierto (2011) y Cuates de Australia, el más reciente de sus trabajos y por el cual obtuvo, entre otros, el Premio al Mejor Documental Mexicano en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara 2012.
La historia que en esta ocasión comparte se desarrolla en un ejido situado en el municipio de Cuatro Ciénegas en el estado de Coahuila, localidad que padece una intensa sequía que obliga a todos sus pobladores a realizar un éxodo temporal hacia destinos no revelados (la cámara se queda, no los sigue), llevando consigo sus mínimas pertenencias, pero también la intensión, aunque sin certeza alguna, de volver a esa tierra estéril y hostil en cuanto un acto divino, sustentado en su inquebrantable fe, traiga la lluvia que abastezca nuevamente estanques y pozas que han de compartir con los animales de la región.
Si bien en el ejercicio documental cabe la postura ideológica del realizador o la denuncia social, en éste no se percibe tal. Al menos no como propósito primordial de Everardo González, para quien hacer un documental “consiste en usar los elementos que existen en la realidad para contar, desde un punto de vista personal, algo sobre esa misma realidad… permitiéndome incluir lo que me atraiga también a partir de mi propia subjetividad”. Y eso hace.
Enuncia, mas no denuncia, lo difícil que es el día a día de poco más de un centenar de personas (casi todos ellos con algún parentesco) que viven en habitaciones con piso de tierra, paredes de adobe, techo de lámina… Simplemente retrata la vida cotidiana con una cámara que no es un intruso, pero que llevó tiempo confiar en ella. Tan sólo recoge testimonios de una comunidad (hombres, mujeres, ancianos, niños) que lo mismo habla de apariciones imaginarias que de oportunidades perdidas por quedarse en una tierra que apenas da para sobrevivir, para resistir, pero de la que no se desprenden y en la cual viven con apego a sus recuerdos, pues ahí tienen sus raíces, ahí nacieron, se criaron, se casaron, “ahí todo. Y no hay más”, como dice uno de los habitantes de ese ejido.
En suma, un mosaico de voces perdidas en tierras semidesérticas, agrestes, que evidencian las penurias pero sin caer en la autocompasión. Voces que de otra manera no llegarían a nuestros oídos.
Un elemento de remate que acentúa el trabajo visual de este documental son los cantos cardenches (el blues mexicano, como el mismo director los llama). La inserción de este género de música popular construido particularmente con letras lastimeras refuerza las emociones producidas por esas imágenes y esos testimonios que son la columna vertebral de una historia que no se diluye tan fácil de la memoria.
Cuates de Australia. Dirección: Everardo González, México, 2011.

