El papa Francisco se vería en problemas

René Avilés Fabila

No es fácil imaginar una Iglesia católica pobre y dedicada a los pobres, a eliminar la pobreza de sus fieles, mayoritariamente humildes y de escasos recursos. Si ésa es la voluntad del nuevo papa Francisco, se verá en graves dificultades.

En principio los católicos están acostumbrados a ver y sentir el poderío económico del Vaticano, su riqueza en obras de arte y dinero invertido en grandes empresas trasnacionales. Por siglos y siglos nos hemos topado, diría don Quijote, con una fortaleza material, repleta de joyas y dinero.

Estamos hablando de un pequeño Estado lleno de privilegios, respeto y miedo, amparado por un Dios todopoderoso. Lo convertirán en una especie de Tlaxcala o Amanalco. Desde luego que no. El dinero le fluye al Vaticano de miles de formas y de todos los puntos del orbe. Una Iglesia lujosa, de rituales ostentosos es más útil para impresionar a los siervos del Señor que un sitio donde habita un buen hombre descalzo, una especie de clon de Francisco de Asís, donde reina la modestia.

Así que podrán ser las buenas intenciones del nuevo papa, pero es realmente imposible creer en sus palabras iniciales. Son como una magnífica, espléndida, promesa que nunca se llevará a cabo. La corte celestial que maneja el pequeño Estado Vaticano no lo permitirá jamás ni tampoco los cardenales, obispos y arzobispos que siempre han vivido con elegante comodidad.

Pero supongamos que dado el triunfo de la salvaje economía de mercado prosigue en su demoledora tarea de crear ricos y producir pobres por millones en todo el planeta, ¿cómo el papa Francisco podría hacer que la Iglesia fuera pobre y sus fieles pudieran mejorar su situación económica?

¿Distribuyendo, como en México, canastas básicas, cobijas y agua potable embotellada o preferirían invertir su inmenso e impresionante capital que nunca aparece en Forbes, o quizás invirtiendo en muchas empresas sociales para beneficio de los más pobres? Lo ignoro. Es una idea como para que la resuelvan los grandes escritores de ciencia-ficción, como Verne, Bradbury o quizá George Orwell.

Cuando visité el Vaticano lo primero que me impresionó fue su desmesura, las riquezas que por todos lados veía. Claro, me refiero a las obras de arte, muchas de ellas de un valor incalculable. Un sacerdote me dijo que si eso me impresionaba, sólo dejara correr la imaginación por lo que está en sus entrañas. Asentí. Por ello me llama mucho la atención que el papa de origen argentino, descendiente de italianos, ofreciera a sus adeptos una Iglesia pobre para los pobres. Seguramente se trata de un acto poco reflexivo y con dosis demagógicas. La Iglesia no se refundará jamás para volver a sus orígenes.

Por otro lado, como tantos otros príncipes del catolicismo, Francisco llega en medio de más de una protesta. Muchos son sus paisanos que no olvidan que fue indulgente en exceso con la dictadura de Videla o que es un enemigo abierto de las bodas gay. Es decir, no es tan avanzado como los católicos suponen. Por lo pronto, creo que exageró un tanto. Pero es posible que yo, simple mortal, pueda ver el milagro de una Iglesia que castiga a los pederastas y expulsa a los tiranos y a los que se han enriquecido ilícitamente. Al menos a aquéllos que han violentado sus diez mandamientos.

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