Y en buena hora, Peña Nieto retoma la política exterior mexicana

Humberto Musacchio

Como era previsible —la derecha suele ser muy previsible—, la muerte de Hugo Chávez sirvió de pretexto para nuevos desahogos de sus enemigos. Nuevamente se levantó el coro para expresar los desacuerdos con su manera de conducir a Venezuela, lo que es perfectamente lícito, y para denostarlo con terminajos tales como dictador, tirano y otros de ese talante, lo que ya no se ajusta a las buenas formas ni está avalado por la realidad.

Genio y figura, Chávez fue un personaje que en vida y al morir polarizó a la sociedad venezolana y continental. Lo que para unos era palabra orientadora ante las masas, para otros era simple demagogia; lo que sus enemigos tildaban de populismo, para sus partidarios era elemental justicia. En efecto, no era monedita de oro, pero su pueblo lo escogió como guía.

Una y otra vez ganó elecciones rigurosamente vigiladas por observadores internacionales, sin embargo, ni eso bastó para que los repetidores de mentiras insistieran en que Chávez no era un gobernante elegido democráticamente. Aun así, el pueblo venezolano no se conformó con elegirlo, sino que le refrendó su adhesión repetidas veces. Pero ya se sabe que la democracia es muy buena cuando es únicamente para los criados, amigos y validos del imperio, pero no para esos insolentes que vienen del arrabal y pretenden ser iguales que los de arriba.

Por supuesto no todos los venezolanos votaban por él. Desde el principio la vieja oligarquía, íntimamente ligada al imperio, lanzó contra él todo su repertorio de insultos, de chistes, de difamaciones, de racismo soez… La prensa tradicional, lejos ya del prestigio que alguna vez tuvieron algunos de sus medios, se dedicó a mentir de manera sistemática y a llamar incluso al golpe de Estado, en lo que tuvo un efímero éxito en 2002.

Pero el muerto se les fue vivo y en sus exequias se volcaron a la calle millones de venezolanos, eran los beneficiarios de la construcción de miles de escuelas y hospitales, los que por primera vez fueron tratados como seres humanos por su gobierno. Y a las ceremonias fúnebres asistió una treintena de mandatarios, entre otros Enrique Peña Nieto, quien de esa manera retomaba la tradicional política exterior, ésa que los gobiernos panistas pretendieron desechar como si fuera un trasto viejo y que en las buenas y en las malas ha sido el rostro de la dignidad mexicana y de su resistencia ante presiones y agresiones.

En mala hora se va un promotor de la unión latinoamericana. En buena hora un presidente mexicano levanta de nuevo las banderas más nobles de nuestra política internacional.