Adriana Sandoval
Este escritor lleva ya una década de fama y ventas asombrosas en Estados Unidos y otros países, pero aquí ha pasado casi inadvertido. En la FIL de Guadalajara se escuchó más de él, por haber sido el primer recipiendario de la medalla “Carlos Fuentes”, recién instituida en uno de los ya numerosos homenajes que se le han tributado al recién fallecido escritor mexicano.
Me ocupo aquí de The Corrections, (2001) la tercera novela de Franzen, que abre con una pareja de adultos mayores, en la casa donde han vivido cerca de 50 años. Con sentido del humor e ironía, el narrador describe con minuciosidad balzaciana varios de los objetos de la casa, los otros ocupantes del mismo espacio, que dicen tanto de sus dueños como sus dueños mismos. Alfred tiene un sillón tipo reposet donde pasa la mayor parte del día, pues sufre de Parkinson, además de una fuerte depresión. Las focalizaciones a este personaje son muy eficientes en la descripción de sus luchas terribles por dominar, por ejemplo, el paso de la comida del tenedor a la boca. Su deterioro es creciente, y él lo sabe. La novela terminará con este mismo personaje, en la culminación de su desgaste, en una casa de retiro, con alternancias entre una focalización desde el personaje y el narrador omnisciente. Si al principio de la novela Alfred batalla con el proceso de comer, el resto del texto batallará con el otro extremo corporal: los desechos líquidos y sólidos. Terrible y eficiente fin, la “corrección” final: dejar de comer, poner fin al lamentable estado en el que se ha encontrado desde hace varios años. Uno de los personajes más impactantes y mejor construidos del texto.
Su esposa Enid sufre, tanto por la decadencia del marido, como por no poder gozar sus años de jubilación de la manera en que había imaginado. Sufre también, de manera intensa, porque ninguno de sus tres hijos (Gary, Chip, Denise) ha vivido como a ella le hubiera gustado, de acuerdo con los valores del centro oeste de los Estados Unidos, de la gente que ella considera decente. Es optimista por educación y naturaleza, o tal vez, mejor dicho, pueda decirse que intenta vivir en el mundo ideal que siempre ha deseado sin lograrlo.
Los tres hijos son un contraste vivo entre la educación que recibieron y la manera en que intentan vivir. Gary, en particular, el único de los tres descendientes de los Lambert que tiene hijos en el inicio de la novela, está muy consciente de estas diferencias. Igualmente, es el más “exitoso” de los tres hermanos en términos materiales, y también el más avaro. Como Enid, intenta vivir en un mundo ideal, sin conseguirlo. Su esposa es más madre que esposa, y tiende a hacer alianzas con dos de sus hijos, muchas veces en contra de él. Es casi alcohólico y depresivo, aunque no reconoce ninguno de estos dos detalles de su personalidad.
Un aspecto terrible de la novela es que ni Gary, ni sus hermanos, parecen tener una mejor vida, en el sentido de satisfacción, de plenitud, que la generación previa. Tampoco Alfred ni Enid parecen ser felices. Este malestar alude, es claro, a cierto fracaso en las vidas íntimas de los estadounidenses, tanto de la generación anterior, como de la que es económicamente activa y ya empezando a tener hijos.
Ya nada más la vida de la pareja original (Enid y Alfred), era material suficiente para una novela. Pero Franzen no se detiene ahí y explora, con igual detalle, con igual mirada irónica y terrible, las vidas de los tres hijos.
Todas las historias son impactantes, todos están insatisfechos, con distintos niveles de frustración, pero el narrador logra transmitir estos depresivos momentos con mucho sentido del humor lo cual no le quita lo terrible, si acaso, lo subraya. Hay que decir, sin embargo, que todos tratan, buscan –aunque no necesariamente encuentren.
El libro recibió el National Book Award en 2001 y ha sido un best-seller en Estados Unidos desde su aparición. Estuvo en proceso de ser una serie televisiva de HBO, con el mismo título. (También se ha hablado de alguna película.) Sin embargo, no ha llegado a concretarse porque el programa piloto, según la opinión del propio Franzen, era muy malo. Lástima.
La novela está traducida al español y publicada como Las correcciones (2002) en Salamandra.
Ya como a medio camino de la novela, tuve la sensación de que hay algunas partes de las queyo hubiera prescindido. Por ejemplo, la historia de la pareja cuya hija fue asesinada, que conoce Enid en un crucero – si bien se hace luego referencia al asunto, de pasada, en otra historia posterior. En otras ocasiones, igualmente, tuve la sensación de que me estaban dando más información de la que necesitaba. Es el caso de la familia de un inversionista en un restorán en el que Denise es chef. Muchas páginas tienen que pasar antes de que entendamos la relación con la novela, hay un recuento bastante pormenorizado -falta de imaginación e invención de historias es de algo de lo que no se puede acusar a Franzen- de la familia de la esposa. Tal vez sobra. O al menos a mí me sobró. De hecho, al iniciar con esta historia la segunda parte, pensé que el cambio de trama sería total.
El tono va de la sátira a la farsa (el crucero nórdico, la estancia de Chip en Lituania), y la tragedia.
Hace mucho que no leía una novela casi sin poder soltarla. Se agradece.

