Ricardo Muñoz Munguía
Se trata de la carne, de la pasión del amor, del encuentro prohibido…, de la Casa Chica. Se trata de poner a la luz a varias personalidades de la historia de México, principalmente pertenecientes al siglo pasado, que se vieron involucrados con el “amor prohibido”. Varias historias de los ambientes de la política, de la farándula, de los toros, del arte son expuestas. Es así que encontramos entre varios misterios a la actriz Miroslava Stern a la que adjudica su suicidio por el torero Luis Miguel Dominguín, así como a Lupe Vélez, la que triunfó en Hollywood, o a Miguel Alemán que son de los que mejor atrapan el término de “Casa Chica”, por igual aparece Frida Kahlo que muestra su carácter tanto para una mirada infantil como para los ojos adultos a los que les revela el porqué de su presencia en el barco: “vine a encontrarme con mi amante”; también nos habla de Emilio “El Indio” Fernández y de su amor inacabado por inconseguible con Olivia de Haviland, por quien nombró así la calle donde edificó su casa-fortaleza; no puedo dejar de mencionar a Nahui Ollin que padeció un matrimonio donde la homosexualidad de su marido, Manuel Rodríguez Lozano, la hizo padecer todo el revés del amor. Así, entre otros personajes, la escritora e investigadora nos propone la mejor butaca hacia el escenario que, en voz baja, se trata de la Casa Chica. Mónica Lavín (Ciudad de México, 1955) ahonda en estas relaciones montada en varias investigaciones para que, así, con los pelos en la mano, rocíe de luz sus escenarios que habrán de mostrar lo que sucede no sólo en la Casa Chica, ¡o Casas Chicas!, donde el hervor de los encantos aparentemente quedan ahogados, sino también en la Casa Grande, la oficial, la que se dice que cuenta con todos los derechos y que tiene el privilegio de la “frente alta” y la “mejor opinión” de la sociedad. El volumen La Casa Chica es muy posible que poco tenga identificación, o mejor dicho conocimiento, con muchísimos jóvenes, para quienes desde el término “Casa Chica” es ajeno. Y no sólo eso, pues los personajes que ocupan a Lavín también han encontrado poca atención, sobre todo, insisto, con los jóvenes. Sin embargo, La Casa Chica, tanto por su temática como por la figura narrativa de Mónica Lavín, es un libro que aprehende no sólo para el que le es cercano o familiar —sin ninguna alusión, por supuesto, a nadie— los asuntos que ahí se tratan, sino para todo lector pues estas piezas históricas en que el amor y la pasión se dan con el atractivo de la embriaguez del sabor de lo prohibido, del encanto del placer…, y, también debemos decirlo, de los efectos secundarios que le dan tinte al dolor o que por igual son tentados por la cicuta de lo amargo no votan por la indiferencia. Sin duda, un libro que invita a entrar en varios episodios que nos hacen abrir la mirada, porque hemos tenido la historia de fachada que nos refieren las personalidades citadas y porque el acento narrativo de la autora es un complemento que le da vida, que lo hace vívido, y que, por ende, nos mantiene atentos, tanto, como para compartir esta lectura para, quizá, ahondar aún más en estos temas con otros lectores.
Mónica Lavín, La Casa Chica. Planeta, México, 2012; 216 pp.
