Federico Alvarez Arregui
Roberto García Bonilla
“Tengo ochenta y seis años. Me imagino a mí mismo esperando tranquilo la muerte. Es una imagen que me satisface, que acaricio a mi gusto: me veo más o menos lúcido, sereno, sin grandes dolores; se que todavía me quedan algunos minutos, acaso algunas horas. Estoy en casa, en mi cama, tal vez sentado en un sillón. Pero es como un fusilamiento. Miro fijamente la boca de los fusiles.”
Es sobrecogedor penetrar en los intersticios de estas líneas: es el fardo vital que significa la consciencia de la muerte. Le resuenan y nos las comparte Federico Álvarez Arregui en Una vida. Infancia y juventud; son la anticipación ante lo que nadie puede contar —porque nadie resucita—; un testimonio cuya prosa le confiere el estatus literario, despojado de rasgos ficcionales.
Niñez
Federico Álvarez es uno de los intelectuales más apreciados y respetados de las humanidades en México. Nació en San Sebastián, España, el 19 de febrero de 1927, hijo de Francisco Fermín Álvarez, inspector de seguros de coches, y de María Luisa Arregui. Vivió una infancia con la dicha protectora familiar, rodeado del mar. La severidad de la vida escolar, con todos sus inconvenientes, será fundamental para el profesor, crítico literario y editor en que se convertiría.
A los nueve años sobrevino el desgarramiento que mancharía su ser y le despertaría la consciencia social: la Guerra Civil que estalló el 18 de julio de 1936. El niño Federico abandonaría para siempre sus clases de piano que le daba su padre. Vinieron años endurecidos que anunciaban reductos no deseados porque “eso es el exilio, no tener alternativa.”
Y cuando las hostilidades en España terminaron y los republicanos emigraban, el 1 de septiembre de 1939, los alemanes invaden Polonia y días después Inglaterra declara la guerra a Alemania. Nueve meses después el ejército alemán llegaba a París y se seguía a la frontera de España. La República había desaparecido. Miles de franceses huyeron a San Sebastián.
El 9 de agosto de 1940, Federico y su hermana Tere partían de Santurce (Vizcaya, Bilbao). En ese barco, el Magallanes, la vida empezó a cambiar. En La Habana esperaba a los niños, el padre, la madre y el hermano menor, Eugenio. En el Instituto Hispano-Cubano de Cultura, entre sus compañeros, encontró a Roberto Fernández Retamar.
Poco después inició su vida como militante en la Juventud Socialista Unificada en el exilio, donde se encontró con José Puertolas y José Juanes. Luego ingresó al Partido Comunista Cubano.
Juventud
El acontecimiento más importante de su juventud fue el descubrimiento del Instituto Hispano-Cubano de Cultura. Ahí escuchó la oratoria de los intelectuales cubanos que “dicen las cosas más hondas con claridad con intención y belleza”. Martí es un modelo. El joven Federico, educado en la infancia en el método Decroly y luego por los marianistas, se formaba y se sensibilizaba en todos los ámbitos. La militancia lo hizo gran lector de filosofía política y le dio templanza como orador. Organizaba actividades en la Juventud Socialista Unificada, practica ajedrez y alpinismo; también daba clases en los círculos de estudios.
Un día, un amigo lo llevó a una sala a ver La Jungla de Wilfredo Lam; su hermana era alumna del grupo de ballet de Alicia Alonso. Los miércoles escuchaba a la filarmónica nacional que interpretaba a Heifetz, Menuhin, Rubinstein o Casadesus. A los 18 años inició la carrera de ingeniería; anhelaba volver a España y formar parte de su reconstrucción. La elección después le pareció un “despropósito” producto de la “impetuosa politización de la época”.
“La política se metía en terrenos que no eran los suyos”. Su vocación estaba en las letras; su vida en las artes y las humanidades, aunque todavía al llegar a México estuvo en la Facultad de Ingeniería —donde hizo una revista efímera, Columnas, con José Vivar Valderrama— antes de ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras donde ya tenía amigos a quienes visitaba en el legendario edificio de Mascarones.
La vida política en Cuba no era tan consistente a mediados de los cuarenta; Federico Álvarez recuerda la presencia del estudiante de derecho Fidel Castro Ruz (1926), “la fogosidad patriótica en persona: la pura seducción de las grandes ideas desnudas”, quien se consideró un revolucionario radical desde 1950.
El azar irrumpió: en 1946, el padre de Federico recibió una carta de Max Aub: su esposa y sus tres hijas llegarían a La Habana; la familia Álvarez los recibió. El autor de Una vida… quedó arrobado por la belleza de Elena, quien tenía quince años de edad; de inmediato su imagen en él quedó como un recuerdo “detenido en el alma”. Siete años más tarde se casaron.
México
La fortuna sobrevino: su padre ganó un premio de la lotería y decidió ir de vacaciones con esposa a México. Vuelven jubilosos; habían encontrado a muchos compañeros de la guerra. Don Francisco tenía ofrecimiento de trabajo y de integrarse legalmente al país.
En julio de 1947, el estudiante de ingeniería, “lleno de insatisfacciones y dudas”, tomó el primer avión de su vida que lo traería a México. Conocería a muchos exiliados españoles y fortalecería su antifranquismo hasta el final.
Cuando llegó a la Facultad de Filosofía y Letras ya tenía muchos amigos ahí y una formación literaria autodidacta. Ahí se graduó en estudios latinoamericanos y muchos años después se doctoró en filosofía con una tesis sobre eclecticismo, marxismo y trasmodernidad.
Desde los años cincuenta colaboró en diversas publicaciones: en Diorama de la Cultura de Rodríguez Toro, y en los suplementos de Fernando Benítez; entre 1963 y 1965 tuvo la columna “Los libros al día” en La Cultura en México de Siempre!, que dirigía José Pages Llergo, acompañado por José Emilio Pacheco (1963) y Huberto Batis (1964) con alguna colaboración de Alí Chumacero.
Regresó a Cuba (1965-1971) para disimular su actividad política en México. Fue profesor en la Universidad de La Habana, editor del Instituto Cubano del Libro y colaborador de Casa de las Américas. En 1971 viajó a su país natal. En Madrid fue editor en Santillana y en 1974 por instancias de Francisco Javier Alejo —hijo de anarquistas españoles— llegó a la dirección del Fondo de Cultura en España, donde llegó a publicar ochenta títulos anuales.
Regresó a México en 1981 y desde entonces imparte clases en la Facultad Filosofía y Letras en la UNAM; su labor docente ha marcado a varias generaciones de alumnos y profesores. Dirigió La Revista de Bellas Artes, México en el Arte y Literatura Mexicana.
Por su aliento y seguimiento cronológico, aceptando la enorme subjetividad de la literatura del Yo, Una vida. Infancia y juventud (1927-1947) oscila entre las memorias y la autobiografía.
Evocación espontánea, reconstrucción de la memoria y artificio literario —invención artística— se funden con el testimonio de un Yo histórico que se asume deudor de sus circunstancias más que de una posteridad sin mancha o aspiraciones sin plétoras.
Federico Álvarez, mexicano por adopción, es un memorialista perspicaz, cuya impecable prosa y veracidad testimoial significarán Una vida… como uno de los acontecimientos literarios en México sobre todo en los géneros autobiográficos, cuya frecuentación entre nosotros se signa por la tibieza y el reparo.
Federico Álvarez, Una vida. Infancia y juventud, México, Conaculta (Memorias Mexicanas), 2013.
