Tender puentes indispensables
Alonso Ruiz Belmont
El nombramiento del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio como sucesor de Benedicto XVI ha interesado a los medios por la trascendencia histórica que reviste la llegada del primer pontífice jesuita en la historia del papado. Muchos interpretan la elección de un papa no europeo en más de un milenio, como un reconocimiento explícito entre la jerarquía eclesiástica a la importancia que ha cobrado América Latina en las últimas décadas como la reserva de fieles más grande y valiosa para la Iglesia católica.
El papa Francisco inicia su pontificado en medio de una difícil coyuntura política para su Iglesia. En primer término, el avance natural de la secularización y el laicismo a ambos lados del Atlántico han propiciado una pérdida notable en la influencia social que la religión católica había venido teniendo históricamente. Sin embargo, no cabe duda de que las violentas intrigas y luchas de poder entre las facciones que acosaron el papado de Benedicto XVI, vinculadas a la corrupción reinante en la banca vaticana y, sobre todo, la indignación mundial generada por los incontables escándalos de pederastia (en varios casos ocultos por décadas) que han involucrado a prominentes sacerdotes han sido un factor determinante para que el Vaticano haya perdido gran parte de su credibilidad ante millones de creyentes, proyectando una imagen de descomposición moral que no ha sido posible revertir ante buena parte de la opinión pública. Es en este sentido que debe leerse la renuncia del ahora papa emérito Benedicto como pontífice y su cautela para resguardar y entregar directamente a su sucesor los documentos secretos derivados de la investigación por el escándalo Vatileaks.
La controversia envuelve también el pasado de Bergoglio, a quien se le acusa de haber mantenido vínculos de complicidad con la dictadura militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983. Sin embargo, habría que decir también que sus numerosas críticas al populismo del matrimonio Kirchner siendo cardenal lo convirtieron en un hombre sumamente incómodo para el poder político en su país. En todo caso, sus verdaderas relaciones con los militares golpistas no dejan de ser una oscura interrogante.
Si bien el nuevo pontífice no puede considerarse cercano a posiciones teológicas de corte progresista, tampoco gozó de buenas relaciones con los sectores ultraconservadores del clero, con los cuales tuvo varios enfrentamientos. El papado de Francisco no se caracterizará por cambios revolucionarios (no reivindicará el derecho al aborto, ni el sacerdocio femenino, ni el fin del celibato), pero podría ser un punto de transición para la limpieza moral de su Iglesia, que comenzó tímidamente Benedicto XVI ante los escándalos de corrupción financiera y abusos sexuales. Su aparente disposición al diálogo será necesaria para tender puentes de entendimiento indispensables en este momento con las demás religiones y, sobre todo, con el mundo secular.
