Elección papal resuelta

Marco Antonio Aguilar Cortés

El martes 12 de marzo del 2013 se inició el cónclave para decidir quién sería el nuevo papa. Al día siguiente, la chimenea vaticana expulsó humo blanco, con la presencia de una paloma del mismo tono.

Exclusivamente 115 cardenales fueron los electores, quienes reunidos en la Capilla Sixtina vivieron el proceso que los condujo, por la vía rápida de moda en estos tiempos, a elegir al sucesor de Benedicto XVI.

No fue Dios quien designó al cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio, o Francisco I, como su representante sobre la Tierra. Fueron únicamente poco más de un centenar de príncipes de esa Iglesia los votantes.

El Vaticano supone que cuenta con mil doscientos millones de creyentes. Nadie puede corroborar o asegurar a ciencia cierta cuántos fieles de esa religión hay en el planeta; empero, suponiendo que fuera ésa la cantidad de católicos, nunca tan pocos han decidido lo que les puede interesar a tantos.

Claramente la llamada democracia no opera en El Vaticano. Una microscópica aristocracia, en ejercicio vertical, vuelve a imponer al pontífice en oscuro juego de intereses.

Lo imaginable de ese fenómeno humano era que el acuerdo de dos tercios de los ahí reunidos, a puertas cerradas y en tradicional secrecía, tenía que ser rápido, por eso las invitaciones a jefes de Estado para el día jueves 14 de marzo.

Lo impredecible era el asegurar el nombre del elegido, aunque el margen de probabilidades para unos resultaba mayor que para otros.

Eso sí, se observaba con certidumbre que la influencia de Joseph Ratzinger y sus allegados se haría sentir.

Pero los intereses encontrados y tantas contradicciones agudizadas los obligaban a consensuar con velocidad riesgosa.

Al final, se decidieron por un pontífice con fuerza y carisma, americano italiano, para suplir las deficiencias del idus Benedicto. Ratzinger confesó al mundo su falta de fuerza; y todo el mundo lo había ya juzgado como antipático, y demasiado europeo alemán.

Francisco I tiene talento, y seguramente conformará a su derredor a un equipo inteligente para resolver los problemas graves por los que atraviesan: corrupción económica, desmoronamiento moral, pederastia, revisión de los conceptos de celibato y castidad, pérdida de fe, revalorar el papel de la mujer en el catolicismo, y reconsiderar su visión sobre la bioética.

A la curia romana pegó fuerte el llamado vatileaks, desnudando la conducta indecorosa de muchos de sus miembros.

Al cardenal Theodore Edgar McCarrik, arzobispo emérito de Washington, le preguntaron si “se designaría a un papa con un pasado impecable”. Con buen humor contestó: “Todos hemos cometido errores”.

En eso del ingenio conceptual el cardenal nigeriano John Olorunfemi Onaiyekan no quedó atrás, ante el cuestionamiento de quién iba a decidir, contestó: “Dios ya ha decidido quién debe ser el nuevo papa. Ahora nos toca a nosotros descubrirlo”, y ya lo han descubierto.

Los favoritos de Dios fueron: el cardenal Ángelo Scola, italiano, arzobispo de Milán, y el cardenal Pedro Odilio Scherer, arzobispo de São Paulo.

Ellos, como Francisco I, no son impecables. Dios se fijó, primero, en Scola y Scherer y, después, para no perder puso sus ojos en Bergoglio. Aun así, Dios corre riesgo.

Según nota oficial, el presidente Enrique Peña Nieto estará en Roma al pendiente de tan significado corolario.