O cambiamos o estallamos
Marco Antonio Aguilar Cortés
La mayoría de los mexicanos han programado su cerebro para ser acreedores. Nuestro gobierno en sus tres niveles, los funcionarios públicos y el más humilde de nuestros paisanos saben que alguien les debe, y exigen que les pague.
Con la reforma fiscal la administración del presidente Enrique Peña Nieto tiene como propósito, en el fondo, que los mexicanos paguemos los impuestos que le debemos. Su clara actitud de acreedor conduce al gobierno federal, desde hace años, a elevar el precio de las gasolinas con una constancia tan reiterativa como puntual.
El gobierno se siente acreedor, y toda la población debe tributarle cada día más aportaciones contributivas.
En Estados Unidos de América hay temporadas en que el precio energético sube, y en otras baja. En México nunca hemos visto que baje. Sólo sube, y sube, y sube.
También el pueblo tiene programado su cerebro para ser acreedor permanente. El gobierno le debe todo: servicios, salarios, oportunidades, educación, seguridad, cultura, salud, justicia y muchas otras cosillas.
Así, y con razón, los mexicanos estamos seguros de que se nos debe, y obramos tan erróneamente como el gobierno y sus autoridades, por esa unilateral actitud de acreedores imperturbables y estrictos.
Los líderes sindicales —viviendo bien por las cuotas de sus agremiados, por sus chantajes ante los patrones o ante el gobierno, por la venta de plazas y por algunos otros ingresos de oscuros orígenes— aseguran, bajo protesta de decir verdad, que todos les debemos, por sus acciones de sacrificio a favor de la patria.
Pero lo mismo acontece con los ricachones que han acumulado capital propio en demasía. Alejados de la humildad, ensoberbecidos en su riqueza, están seguros de que el pueblo les debe, pues son ellos los que están generando empleos y, por ende, riqueza. No falta, incluso, quien se considere merecedor de una estatua, o al menos de una placa de bronce, con su nombre en letras grandes dando a conocer sus “enormes méritos”.
No pocas autoridades, federales, estatales o municipales, del Ejecutivo, Legislativo o Judicial, están seguras de que el pueblo les debe, la nación les debe, y esperan el pago, o lo cobran por propia mano.
Y lo mismo acontece con los campesinos, los obreros, los intelectuales, los profesores aunque no trabajen, los migrantes, los jóvenes, las mujeres, los hombres, y hasta los del crimen organizado, todos sienten que alguien les debe.
Total, hemos hecho de México una enfermiza república de acreedores. A todos se nos debe, y no hay quien pague, pues sólo hay acreedores contumaces y exigentes.
No habiendo quien pague, sólo quien cobre, o cambiamos, o estallamos.
