Patricia Gutiérrez-Otero y Javier Sicilia

En el 33 aniversario de la muerte de Óscar Romero, obispo y mártir.

Romero fue obispo del Salvador de 1977 a 1989 durante los años de la dictadura militar disfrazada de democracia. Al inicio de su sacerdocio tuvo trato pastoral con el pueblo, pero no estaba consciente de la situación que ellos vivían. Inserto en una oligarquía conformada por los poderes fácticos del ejército (apoyado por Estados Unidos), la iniciativa privada y la mayoría de los obispos salvadoreños, no parecía estar preparado para entender a la gente “de abajo”. Sin embargo, también fue amigo de sacerdotes que realizaban sus acciones pastorales a partir de la teología de la liberación y que fueron asesinados, como Rutilio Grande, o de jesuitas que seguían la misma línea. En poco tiempo, y por el contacto con la realidad, adquirió conciencia de las causas del empobrecimiento de los campesinos y de su situación de marginación e indefensión. Su toma de conciencia y su compromiso con el pueblo sufriente lo llevaron a la muerte. La causa de su beatificación está abierta desde 1994.
Mucho se ha hablado en estos días de la elección del argentino Jorge Mario Bergoglio como obispo de Roma y como Papa del mundo católico bajo el nombre de Francisco quien con la elección de éste eligió la causa del pobre de Asís que hizo de la pobreza su esposa, y de la naturaleza, su familia. Sus detractores, principalmente el periodista Horacio Verbitsky —quién también ha sido sujeto de duda— lo acusaron de que estuvo aliado, como provincial de los jesuitas argentinos, con el gobierno de Videla y de que entregó a dos jesuitas comprometidos con la teología de la liberación: Orlando Yorio, ya fallecido, y Francisco Jalics, enclaustrado en una orden monástica dedicada a la oración y quien no desea hablar de este asunto.
La situación no es fácil de esclarecer porque en contra de estos y otros acusadores de Bergoglio, dos poderosas voces argentinas se levantan: Adolfo Pérez Esquivel y Julio Stressera. Pérez Esquivel es Premio Nobel de la Paz de 1980, promotor de la no-violencia y fundador de Servicios por la Paz con Justicia y Dignidad (SERPAJ). Este hombre dijo: “No considero que Jorge Bergoglio haya sido cómplice de la dictadura, pero creo que le faltó coraje para acompañar nuestra lucha por los derechos humanos en los momentos más difíciles”. ¿Se trato de un exceso de prudencia? ¿De una actitud táctica por parte del provincial quien, según algunas fuentes, liberó a los dos jesuitas a través de contactos privados? Por otra parte, el fiscal Julio Strassera, quien jugó un papel importante en los juicios en las juntas militares considera que es “una canallada” intentar unir el nombre de Bergoglio con la dictadura, pues nunca se le mencionó en esos juicios.
Romero inició su arzobispado sin un compromiso profundo con el pueblo salvadoreño, terminó asesinado; no sabemos cómo Bergoglio llevará a cabo su papel de obispo de Roma y papa de la Iglesia ni cómo terminará. No sabemos si tiene cuentas que ya saldó con su pasado —por acción u omisión. Encontramos a un hombre: primer jesuita que ocupa el lugar de Pedro, primer latinoamericano (aunque de origen italiano) en acceder al papado, y a un hombre que con sus primeros gestos y la elección de su nombre dan lugar a la esperanza de cambios en la Institución y, por medio de ella, en el mundo. Quizás es un obispo con una posición de moral sexual y familiar muy conservadora, pero con una firme posición de apertura al sufrimiento de los empobrecidos y una actitud de gran austeridad personal e institucional. Por algo hay que comenzar, pero ¿se atreverá Francisco a canonizar a Óscar Romero?