Dispar guadaña presidencial
Jorge Carrillo Olea
No todos los días muere un presidente de causa natural. A los que les han dado chicharrón ni se les cuenta. Son innumerables como John F. Kennedy de Estados Unidos, Salvador Allende de Chile, Anastasio Somoza García de Nicaragua, Jacobo Arbenz de Guatemala y Rafael Leónidas Trujillo de Dominicana y más. Pero los que en nuestra América han muerto de muerte natural en un siglo, dejando un profundo estado de quebranto en sus pueblos, han sido sólo tres: Franklin D. Roosevelt, Juan Domingo Perón y Hugo Chávez.
La muerte de Roosevelt no solamente desoló a su pueblo y consternó al mundo sino que determinó la historia universal. Muerto dos semanas antes del suicidio de Hitler, a seis de la Conferencia de Potsdam en la que se repartió el mundo entre los aliados y la URSS, y a sólo cuatro meses del lanzamiento de la primera bomba atómica de la historia en Hiroshima, su deceso por un cáncer cerebral que se veía avanzar fijó el futuro del mundo.
Le sucedió en su cargo Harry S. Truman, su vicepresidente, con quien, en una increíble megalomanía, tuvo sólo escasísimo trato, al grado de ocultarle los avances de las negociaciones con Winston Churchill sobre cómo enfrentar a Stalin en la posguerra, principalmente para la repartición del mundo. Sabiéndose tan enfermo y cómo la muerte lo sitiaba, Roosevelt también ocultó a Truman la existencia de la bomba atómica, el Proyecto Manhattan.
Juan Domingo Perón murió dando con ello un cierre de telón al sainete en que vivió. Ya se había dado el preludio con Evita, y le seguiría en el drama de la Argentina la presidencia de su esposa y vicepresidenta Isabelita, María Estela Martínez de Perón. Después vinieron las décadas de la dictadura más sangrienta que aún palpita en los tribunales.
Perón ya había sido presidente en 1946, luego otra vez en 1952. Entonces fue depuesto y desterrado a Panamá donde conoció a la vedete que convertiría en presidenta. Luego se estacionó en España. Quiso regresar a Argentina, lo atraparon y devolvieron desde Uruguay. Volvió a Argentina en 1973 y ancianísimo se coronó presidente por tercera vez y ahí murió.
De este doloroso melodrama de tantos años de duración, quizá deba destacarse que con tantas convulsiones internas no tuvo efectos en la política mundial. Sí es cierto que Perón fue amigo del nazismo y del franquismo, que los apoyó tanto como pudo con exportaciones de granos y carne y posteriormente en la posguerra con tolerancia a la presencia en su país de prófugos de esos regímenes, pero los efectos se limitaron ahí.
Del señor Chávez, como narrativa nada quedaría por agregar después del rumboso proceso de muerte y sus consecutivos. Lo que es interesante, a semejanza de Perón, es que si en lo interno deja un país en ruina económica y política, a diferencia del argentino, con su dinámica internacional, no sólo latinoamericana, se hizo un espacio en la historia.
Con una personalidad indescriptible y el enorme filón de petróleo a su disposición, hizo lo que quiso en amplios espacios de la vida internacional americana. Su muerte afectará políticamente a organizaciones multilaterales regionales donde su influyente palabra era oída con más que atención, como Unasur, Mercosur, Cepal, o la Cumbre Iberoamericana. Su muerte afectará los balances políticos de la región y las economías de países como Cuba, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y numerosos pequeños países anglófonos y francófonos en el Caribe de los que era un importante donante vía precios simbólicos a sus transacciones petroleras.
Así de dispar ha sido la guadaña presidencial en nuestra América. México registró un último presidente muerto de forma natural con Juárez en 1872, es por eso quizá que lo remoto de esos tiempos nos haga poco sensibles a esa dramática experiencia.
Repasamos aquí a tres personajes sin comparación. Tres estrellas de un firmamento de pirotecnia que aun bajo distintos juicios, irremediablemente ocuparon el interés internacional. Se elevaron, resplandecieron y se extinguieron. Se les recordará mientras el mundo sigua su eterno peregrinar fabricando esperanzas con más eficiencia que realidades. Pero el mundo es ancho y ajeno. ¡Vámonos tras él!
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