Juan Antonio Rosado
El irracionalismo creador sigue invadiendo las posturas de muchos “escritores” o “artistas” en general. No bastó la crítica de Carpentier contra esos prestidigitadores que escriben de forma mecánica, dejando libres a las “musas” y haciéndonos creer que lo que proviene de la subjetividad o, al contrario, de la documentación histórica o seudohistórica, es arte. En realidad, cualquier puede narrar anécdotas. No es necesario el trabajo si se dejan libres las emociones. Sin embargo, ningún gran escritor, ni siquiera los románticos del siglo XIX, escribían bajo el imperio de la emoción. En este sentido, a menudo se ha malinterpretado el punto nueve del Decálogo de Horacio Quiroga.
La emoción es un estorbo para escribir, para organizar el pensamiento, las ideas, las sensaciones, las imágenes. Si alguien padece por sus emociones, mejor que busque ayuda profesional. La escritura, para adquirir eficacia e impacto, debe ser controlada. Es verdad que primero vienen la inspiración y las emociones. No se trata de escribir bien para decir boberías, o escribir sin tener nada que decir (como lo hacen muchos), pero luego debemos decirles “hasta luego” a las musas. Entonces entra la razón. Con malicia y maquiavelismo, el escritor (y cualquier artista) piensa en el efecto que desea producir en su lector o espectador, así como en lo que desea transmitir sin caer en lo meramente ornamental e inocuo. Si permanecemos en las emociones y en la inspiración, mejor vayamos con un sicólogo. No se trata de sacar los demonios, sino de generar más. Por ello, el escritor organiza sus emociones y no las plasma tal como las sintió. En su Decálogo, Augusto Monterroso afirma algo parecido a lo que había dicho Quiroga, pero con gran ironía: respeta los sentimientos de tus lectores, pues a menudo es lo más valioso que tienen; no como tú, que no los tienes, porque si los tuvieras, no te dedicarías a este oficio. El trabajo artístico consiste, en gran medida, en controlar las emociones con la razón, a fin de plasmar las emociones con intensidad y eficacia. Arte es artificio, engaño, como bien lo dijo Ovidio (y también Sor Juana). Le hacemos creer al lector que todo fue producto de las emociones puras, pero en realidad hubo un control racional de éstas. Primero, la inspiración, la motivación; luego, el trabajo, la razón. Alfonso Reyes decía que escribir es luchar con las palabras. Ganamos con la razón y no con las vísceras. Para plasmar las emociones, es necesario seleccionar los elementos, combinarlos y organizarlos de forma adecuada.

