Patricia Gutiérrez-Otero
A Juan Sicilia, quien ya vive
Este 19 de abril Javier Sicilia anunció que en enero de 2014 saldrá el poemario Rastros, dedicado a Juan, su hijo. Con ello, se retirará del trabajo literario. Estas declaraciones fueron hechas durante el cierre del Encuentro Internacional de Poesía Mística, en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.
La palabra ya no le alcanza para expresarse después de vivir lo que él llama “lo infernal”. La tragedia de la muerte de su hijo y, seguramente, el encuentro con tantas otras tragedias e infiernos a lo largo de las caravanas que realizó a través de México y Estados Unidos con el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, lo llevan al silencio literario. Quizás otros poetas han escrito a pesar de sufrir la inmensa noche del sinsentido —pensamos en Achmatova, León Felipe, Celan, entre muchos—, sin embargo, Sicilia acepta que para él esto es imposible: “Para mí en lo personal y frente a esta tragedia y este tocar a tal grado lo inefable, no me alcanza el lenguaje para expresarme”. Un nuevo término, “lo inefable”. Trataré aquí de esbozar cómo intento comprender la relación que en el poeta se hace entre la tragedia, el encuentro de lo infernal, el tocar lo inefable y el límite de su palabra poética.
La tragedia en el sentido más estricto se relaciona con aquello que está escrito y que no puede evitarse aunque se haga un esfuerzo por lograrlo. Sicilia ha referido que antes de salir para Filipinas, viaje que le causaba desasosiego, le dejó a su hijo una novela terminada y un poemario inconcluso, como si con este acto quisiera retenerlo, como si algo le dijera que uno de los dos desaparecería de la tierra. Me arriesgo a interpretar que con este gesto agónico, el padre, sin saberlo, quería dar su vida por la del hijo y para ello le encargaba sus últimos trabajos, así, Juan debería no morir. Pero, el conjuro falló. La tragedia se cumplió. ¿Dónde estaba el Dios de amor que permitió que el mal que se anidó en unos seres humanos destruyera al hijo que con gran amor y dedicación Sicilia había sabido sacar adelante? ¿El destino negaba la libertad de Dios y de los hombres o por el contrario afirmaba el triunfo de la libertad de la que el maligno se apoderó a través de la degradación de los criminales? Imagino que si la fe de Javier salió fortalecida a través de esta experiencia es porque optó por creer en el Dios que desde su niñez conoció: aquel Padre que se ató de manos al aceptar la terrible libertad humana, hecho que se ve en la crucifixión de Jesús de Nazareth. Aquí pudo haber surgido en el poeta el sentir de haber tocado lo inefable, lo que ya no puede decirse en las torpes palabras e imágenes humanas: Sicilia pisó el terreno en el que Moisés debía descalzarse, en donde el bien sufre el embate del mal sin destruirlo completamente, y donde el misterio se revela. Ese bien que funda al ser humano y en el que mal se enquista. Eso es lo que ya no puede decirse porque apenas se percibe como ligera brisa que atraviesa las llamas.
El silencio que nace de la cruz puede quizá, siento y pienso, volverse la palabra más fecunda. Esperemos que de ese silencio en el que ahora entra Javier Sicilia surja, renovada, la palabra pronunciada y escrita.
Además, opinamos que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés y el lugar de todos los indígenas, evitar las mineras a cielo abierto, respetar el sitio sagrado de los huicholes, activarnos como sociedad civil…

