Néstor López Aldeco

Hace algunos años un reducido número de estudiantes de los colegios de Letras de la Facultad de Filosofía de la UNAM, participábamos en un seminario de investigación dirigido por el Doctor Sergio Fernández Cárdenas. Los trabajos de investigación estaban dirigidos a desentrañar un sinnúmero de cuestionamientos relacionados con la vida y obra de autores contemporáneos latinoamericanos. Se trataba de analizar la obra a través de la biografía o la biografía a través de la obra. Cada investigación, era elegida de forma libre por cada uno de los alumnos, entre los que destacaban, Carmen y Magdalena Galindo, Eugenia Revueltas, Gonzalo Celorio, Raquel Serur, Tere Weisman y Juan Coronado. Los trabajos abarcaban diversos géneros, poesía, narrativa o ensayo, se analizaban después de ser leídos. La lectura daba lugar a discusiones apasionadas, muchas veces, las más, reprobatorias. El lector era el propio autor de la investigación, lo hacía sentado en el pódium, frente del grupo. Dadas tales circunstancias, el cuidado para elegir la obra o el autor a analizar era meticuloso, ya que, el ponente podía convertirse en víctima de las rudas críticas de sus compañeros y ser llevado a un suicidio intelectual.

Ante tales posibles adversidades elegí investigar la vida y obra de Xavier Villaurrutia (1903-1950)  “Poeta de la anticipación por la pérdida, cuya obra personalísima constituye un canto interior, como con sordina, que mana de lo profundo de temores telúricos, inconscientes,  acallados por la sociedad”, anota Raúl Olvera Mijares.

Pocos años antes de iniciar mis estudios de letras y teatro en la facultad y de las propuestas de investigación de Sergio Fernández Cárdenas, gracias a Enrique Álvarez Félix, cayeron en mis manos las obras completas de Xavier Villaurrutia, publicadas por el Fondo de Cultura. Quedé impresionado de tal manera, que se convirtió, especialmente su poesía, en una lectura constante y central durante mi vida de estudiante. Y como de una cosa se va a la otra, la lectura de la obra me llevó a hurgar en la vida de Xavier Villaurrutia.

Inicié la búsqueda pensando de qué manera podía concertar entrevistas con aquellos que lo habían tratado personalmente y que, de algún modo, yo había tenido la fortuna de conocer y de llevar amistad. Don Salvador Novo, a quien dedicó Villaurrutia “Nocturno Mar”, poema de modulaciones marinas, contornos modernistas y metros parnasianos ; Carlos Pellicer, que acunaba en sus vivencias, el amor por las flores, el paisaje, las profundidades de la atmósfera de José María Velasco y el agreste ramaje de la selva tropical; Clementina Otero, dama del “Teatro de Ulises”, musa de los Contemporáneos (Xavier le dedicó la inquietante obra de teatro ¿En quién piensas? y Gilberto Owen un libro de poemas de amor); Héctor Gómez, magnifico actor, testigo y participante del mejor teatro de la mitad del siglo XX; Isabela Corona, eminente actriz del teatro mexicano, compañera amorosa del Delfín del extraordinario grupo fundador, en el año de 1928, de la Revista Contemporáneos, Julio Bracho, artista de muchos saberes y trincheras.

Al único que no conocía de las personalidades mencionadas era a Don Julio Bracho y con él inicié y terminé mi investigación; sació todas las interrogantes alrededor de mi personaje, Villaurrutia. No recuerdo de que manera conseguí su teléfono e hice cita para entrevistarlo. Él personalmente me abrió la puerta de su departamento, que estaba en la calle contigua al desaparecido Cine Chapultepec, de inmediato me impactó su personalidad, era un hombre poseedor de una gran distinción y refinamiento, sin ser ampuloso, sino todo lo contrario era dueño de una gran sencillez. Cálido, entusiasta, generoso ante el hecho de hacer conversación sobre “su gran amigo”, como cita Diana su hija en Voces de lo efímero, (publicación de la UNAM), con un joven estudiante de la facultad en que él había estudiado.

Me dije le di al clavo. Él era el indicado para hacer el trabajo encomendado por Sergio Fernández. De esa conversación con Don Julio nació una gran simpatía, sobre todo interés por su obra. Busqué la forma de encontrar la memoria de su trabajo en el teatro. Su participación en el cine es de forma más amplia reconocido. La documentación sobre sus puestas en escena se destruyó, en un, desafortunado, incendio, alguna vez comentó Diana.

Resulta muy interesante de qué manera Bracho está vinculado con el Teatro de Ulises. Me contó que frecuentaba los ensayos y reuniones en que siempre estaban presentes Novo y Villaurrutia. Su contacto con ellos fue la raíz para la formación de lo que hoy llamamos “Teatro Orientación”. De alguna manera fue la continuación de lo que proponía el Teatro de Ulises que se inicia a fines de 1927. La pequeña sala del Teatro de Orientación, la patrocinaba la Secretaría de Educación Pública. El grupo “Escolares del Teatro”, dirigido por Julio Bracho inició en 1931 sus actividades, refiere Antonio Magaña Esquivel. De esa época recordaba Braco su primera puesta en escena: Jinetes en el mar, de John M. Synge.

El Teatro de Orientación comentaba le fue arrebatado por el poeta y diplomático José Gorostiza para dárselo a su hermano Celestino que era llamado, con burla y coraje, por Xavier Villaurrutia y Bracho, Gorostino Celestiza.

El joven director Julio Bracho estrenó en el “Teatro de Orientación”: Proteo, de Francisco Monterde; Juárez y Maximiliano, de Franz Werfel; Antígona, de Jean Cocteau, traducida por él mismo, y La más fuerte, de Strindberg.

Su vocación por el teatro despertó desde que era niño y como cita Diana Bracho, Jesús su hermano y él “hacían teatro en su casa de Tacubaya, desde luego dirigido por él Su vocación largamente anunciada se definió finalmente como estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad y por su contacto con los integrantes del grupo Ulises en el que destacó como actriz su primera compañera Isabela Corona “el alma” de toda su trayectoria teatral y a quien llamaba “la gran trágica mexicana”; desde luego no estaba equivocado; Isabela fue junto con la señora María Tereza Montoya y María Douglas, las más prominentes actrices trágicas del siglo XX, en México.

Afirma Fabienne Bradu, en relación a “Ulises”: “Todos estaban de acuerdo, había que formar un nuevo público teatral en México, dar a conocer obras que las empresas comerciales no se atrevían a montar, sacudir las telarañas del viejo teatro a la española que infestaba los escenarios de la ciudad”, Cocteau decía por su lado “Hay que echar una bomba, hay que tener un escándalo, hace falta una de esas tormentas que refrescan el aire. Se ahoga uno, ya no se respira”.

De tal toma de conciencia en relación con lo que sucedía al teatro, Antonieta Rivas Mercado, rica y generosa mecenas, actriz, promotora de las artes, implicada con la fundación de “Ulises”, lanza al grupo a una primera presentación ante un público no acostumbrado, a los dramas de los escritores europeos y norteamericanos, en el Teatro Fábregas, en mayo de 1928. Resultó un fracaso, no obstante las posteriores afirmaciones nostálgicas de Don Salvador Novo. Después del fracaso y de su breve existencia, seis meses a lo sumo, los miembros participantes se limitaron a dar funciones íntimas o privadas ante un público de invitados-amigos e intelectuales-en la sala de la calle de Mesones. ¿Qué era lo que los motivaba? Se supone que el simple placer de hacer teatro, de renovación de las formas caducas, a la española, hasta ese momento cultivadas para dar gusto al público fácil de divertir.

El Teatro Ulises debe su nombre a la revista Ulises, nombre que recuerda  a José Vasconcelos. “Ésta es ya el héroe; el otro hemos querido que sea el barco. El héroe sin el barco no podría surcar “proceloso” mar. El barco sin el héroe se perdería seguramente o, cuando menos, su viaje sería innecesario. Vamos en busca del mar; un mar tranquilo, favorable, sin tormentas ni tempestades”, enarbolaba Salvador Novo en mayo de 1928. Dolido por la derrota frente al público, Novo también declara para poner “punto final” a la polémica, en El Universal Ilustrado del 14 de junio del mismo año: “…confesé que me avergonzaba dejar de ser escritor, oficio que me enorgullece…Todos nosotros hemos renunciado a la pequeña vanidad de nuestros nombres literarios para vestir por una noche, la máscara un tanto grotesca del actor, del que finge por dinero…”

Se deben mencionar, para  la memoria, los nombres de sus integrantes: Antonieta Rivas Mercado, Xavier Villaurrutia-(con lo que tiene de cruz su nombre), Gilberto Owen, Salvador Novo, Celestino Gorostiza, los pintores Manuel Rodríguez Lozano, Julio Castellanos, Roberto Montenegro, Adolfo Best Maugard, y los talentos de: la misma Antonieta, Clementina Otero, Lupe Medina de Ortega, Isabela Corona y otros más que se prestaron con buena voluntad y entusiasmo a los experimentos nocturnos. Los miembros de el Teatro de Ulises no era gente de teatro. Hubiera sido difícil, por no decir imposible, “la sacudida de telarañas” por parte del viciado teatro comercial. Un caso parecido fue “Poesía en voz alta”, encabezada por Juan José Arreóla, en los años sesentas. Nada sería mejor ahora, que una sacudida de “tarántula” del teatro institucional.

La lección de el Teatro de Ulises se afinca en la práctica, en su manera de concebir las puestas en escena: renovar, actualizar los estilos de dirección, de actuación y montaje, tomar el repertorio contemporáneo; traducirlo, analizarlo de forma meticulosa desde cada uno de sus ángulos.

“Nuestra forma de trabajo es sencillísima. Todo lo hemos hecho nosotros mismos. Cierto es que nos hemos improvisado actores, escenógrafos y directores de escena, pero de la siguiente manera: escogiendo cuidadosamente los papeles, estudiando la escenificación con esmero…No dejamos nada al azar… Hemos tachado al primer actor y a la primera actriz. Todos son esenciales desde el telonero hasta los protagonistas”, declara Antonieta Rivas Mercado.

El Teatro de Ulises deja la simiente de lo que sería el gran teatro del siglo XX.

En 1936, bajo el cobijo del rector Luis Chico Goerne, con el gran cargamento de experiencia que le había dejado en su acercamiento al llamado grupo de los Contemporáneos, rl Teatro de Ulises”, así como, la fundación del Teatro de Orientación”, regresa Julio Bracho a “su alma mater” para crear El Teatro de la Universidad. De inmediato fue apoyado por hombres de cultura, como: Salvador Azuela, en ese momento, Jefe del Departamento de Acción Social de la Universidad, Alejandro Gómez Arias y Manuel Moreno Sánchez. Se unieron a él un enorme grupo de actores jóvenes, intelectuales y artistas plásticos con los cuales creó el gran proyecto, el Teatro Universitario para realizar puestas en escena en el Palacio de Bellas Artes.

Con la herencia de las propuestas escénicas del “Ulises”, Bracho agrupó a jóvenes que posteriormente formarían las sobresalientes filas del intelecto, del periodismo, del teatro y el cine. Su plan consistía en representar obras que formaran un “Ciclo Clásico” con obras de Eurípides, Sófocles y Aristófanes y un segundo grupo de obras que formaran un “Ciclo de Teatro Preclásico Español”, en que incluía  La tragicomedia de Calisto y Melibea, es decir “La Celestina”, y las obras de Lope de Rueda. El grupo de actrices estaba formado por: Isabela Corona, Margarita Michelena, Elena Garro y su hermana Devaki, Esperanza Velázquez, Carmen Paz, Carmen Madrigal, Chouchette Tourrés, Victoria Alonso y Galán. Entre los actores estaban: Rodolfo Landa  (nombre artístico de Rodolfo Echeverría), Carlos Riquelme, Tomás Perrín, Carlos López Moctezuma, Agustín Saavedra, Rafael Islas, Francisco García Luna, Enrique Romero, Neri Órnelas, Miguel Montemayor, J. Manuel Salcedo. Por su lado: Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, y los artistas plásticos: Agustín Lazo, Julio Castellanos, Gabriel Fernández Ledesma, Carlos González, Jesús Guerrero Galván, Roberto Montenegro, Julio Prieto, Antonio Ruiz y el muy joven, ya poeta, Octavio Paz.

Lo que sobresale es el interés de Bracho por crear la plataforma de lo que debe ser el Teatro Nacional. Expresamente declara, en el programa de mano, que a la letra dice: En primer lugar: “derramar su acción hacia lo externo, el pueblo mexicano, que es de donde recibe constante vitalidad y fuerza” En segundo lugar : “llevar a la atención del espectador mexicano formas grandiosas del teatro clásico, contribuyendo así a afinar la cultura teatral con la visión directa” –entre paréntesis diría no a una agrupación, de burócratas, que no revisan el repertorio nacional e internacional, como debería de hacer la llamada Compañía Nacional de Teatro- En tercer lugar: “…la visión directa, de los espectadores, ofrece campo y posibilidades a elementos creadores, jóvenes valiosos, para que experimenten, estudien, se desenvuelvan” Por último: El teatro “… vierte el producto de sus meditaciones y tareas sobre la masa del pueblo mexicano que, en forma de público, lo recibe y aprovecha”

Finaliza la nota al programa: “Procede así la Universidad en todas sus actividades; lo mismo cuando estudia en el laboratorio realidades nuestras para ofrecer soluciones que reformen y beneficien, como cuando organiza: Orquesta, Coros y Exposiciones de Artes Plásticas, que contribuyan al mejoramiento de la cultura estética de las mayorías”

Concluyo, por mi parte:

Que las propuestas de Don Julio Bracho definen, de forma precisa, una visión universal, sobre todo social, de lo que deben asumir los organismos creados para apoyar las actividades artísticas, en este caso, el teatro.

Revisar las finalidades de la Compañía Nacional de Teatro, con obras teatrales que se relacionen con la vida de nuestro pueblo y se vuelquen sobre él; lo sensibilicen; lo eduquen; le den una cultura estética.

En El Teatro Universitario fundado por Don Julio Bracho, están de forma muy clara, los conceptos que reunieron, sembraron, los integrantes del Teatro de Ulises

9 de abril de 2013