Entrevista a Imanol Caneyada/ Autor de Tardarás un rato en morir

Eve Gil

Vasco de nacimiento, sonorense por adopción, Imanol Caneyada (San Sebastián, 1968) no es, en lo absoluto un neófito, en el terreno de la literatura, pero resultará una asombrosa revelación para quien se asome a Tardarás un rato en morir (Suma de Letras, México, 2013), primera de sus novelas que se distribuye en todas las librerías de nuestro país.

Imanol Caneyada, cuyo trabajo se encuentra diseminado en diversas antologías y ha obtenido premios locales y nacionales, como el Efrén Hernández de cuento en 2011, se reconoce influenciado no solo por la literatura, también por el cine y este nuevo auge de series televisivas de contenido policiaco-fantástico.

La trama

Tardarás un rato en morir relata las peripecias de un gobernador mexicano prófugo de la justicia, pero también del crimen organizado, Martín Torrevieja, que se ha ocultado nada menos que en Montreal, Canadá, al lado del único amigo que no lo ha abandonado desde la infancia, su asistente José Juan Salvatierra, mejor conocido como El Cabezón.

Las desventuras de ambos se entrelazan con la historia de un joven detective de nombre Aitor Pelletier que enfrenta un caso para el que probablemente no esté preparado: la aparición de un asesino serial que ha entrenado a un perro para destrozar mujeres que tienen en común ser maduras, solitarias y consumadas lectoras.

“Quería acercarme a la naturaleza del poder a través del personaje del gobernador —señala Imanol—. Los gobernadores en general tienden a convertirse en caciques, en reyezuelos, con un poder total que no logra ser acotado por nadie. Me interesaba además el tema del exilio, y Canadá es un país que conozco bien, destino recurrente cuando se trata de exiliarse por su concepción política y social. Deseaba enfrentar a un personaje que había estado en la cumbre del poder en la absoluta desnudez de la soledad y del exilio en un país que le es completamente ajeno en todo sentido; en una sociedad donde es un individuo por completo anónimo para ilustrar su descomposición. A diferencia de Torrevieja, su asistente-amigo logra, de alguna manera, encontrar un sentido a su vida más allá de la cárcel de poder y ambición en la que se encontraba recluso.”

Prosigue el autor:

“Es una forma de desentrañar algunas dudas que se me presentaron cuando yo viví allá. Escribir una historia protagonizada por un canadiense, y enfrentarlo con una situación de violencia tan brutal, en una sociedad que se autodefine la más pacifista del mundo, sumamente ordenada, donde difícilmente estalla la violencia, y donde sin embargo subyace una violencia soterrada contra la mujer, pese a ser un país pionero en promover movimientos a favor de la liberación de la mujer, como el caso de «la marcha de las putas». Hasta la década de los ochenta, Canadá era tremendamente  machista y oculta una violencia contra la mujer muy perceptible, y en general una violencia en todos los aspectos.”

“Canadá se concibe a sí mismo como un país multicultural, y como política de Estado tiene la consigna de respetar cada una de las culturas que conviven en su seno, pero eso ha resultado contraproducente porque ha producido guetos. Difícilmente la comunidad griega en Quebec, por ejemplo, va a convivir con la francocanadiense, y así pueden pasar generaciones. Una historia como esta, y un personaje como el policía que es multiétnico, me permitían responderme aquellas inquietudes.”

Caciques

Nunca se especifica qué estado mexicano gobernaba Martín Torrevieja, pero los sonorenses reconoceremos de inmediato a un prototípico gobernador sonorense. Este es el Frankenstein de muchos, tiene el origen humilde de Beltrones, el atractivo físico de Bours y la muy comentada prepotencia del actual gobernador panista, Guillermo Padrés.

“No me baso en un gobernador específico —aclara Imanol—, pero tiene mucho de los que nos han tocado en turno en Sonora e incluso han sido señalados por sus presuntos vínculos con el narcotráfico. Me llama mucho la atención de la concesión del poder en Sonora, que es el músculo de la Revolución y nos podríamos remontar hasta Obregón o Calles que eran verdaderos caciques. Trato de que esa concepción del poder se refleje en el personaje, pero por otro lado tenemos una tradición de varios gobernadores o personajes políticos en fuga, que al terminar sus gestiones se ven obligados a exiliarse. Pienso en Villanueva, en Estrada Cajigal, en Salazar Mendiguchía o el que casualmente se exilia en Canadá, el líder minero Gómez Urrutia. Salinas, aunque no se va perseguido de México, se autoexilia, y a Calderón lo tienen en una urna de cristal en Harvard.”

En lo personal, comento a Imanol, no concibo personaje más despreciable que el inefable patiño de los hombres del poder; el que hace el trabajo sucio, el cómplice, pero en el caso de El Cabezón, este personaje va creciendo hasta atreverme a afirmar que el autor logra reivindicarlo:

“De alguna manera, El Cabezón —dice— somos todos, los que tenemos que lidiar y muchas veces justificar estas formas de ejercer el poder, pero muchas veces los personajes empiezan a crecer a pesar de uno. A este personaje lo concebí con cierta trascendencia porque él cuenta una parte de la historia; él nos desvela quién es realmente el gobernador y mantiene con él una relación amor-odio desde la infancia. Pero al mismo tiempo tiene una conciencia ética que le permite replantearse su vida durante el exilio. Se convierte en la otra cara de la moneda en cuanto a que el gobernador se aferra a ser lo que era, mientras que El Cabezón lo ve como una oportunidad de transformación.”

Por otro lado, está Aitor Pelletier, un joven policía enfrentado a un caso que lo rebasa en muchos sentidos y podría representar su ruina o su consolidación.

“Este personaje —dice Imanol— me permitía recrear a la sociedad canadiense y como mucho de sus ciudadanos es hijo del exilio. Cuando el asesino en serie comienza a convertirse en un verdadero problema, lo primero que se les ocurre es culpar de ello a los extranjeros, y eso es por la incomunicación con los guetos. Al ser policía e hijo de inmigrantes, Aitor puede andar por todas partes libremente y eso me permitía ingresar profundamente en la ciudad de Montreal. Llega a congeniar con El Cabezón porque se sienten solos y aislados.”