La justicia no es materia de transacción

Jorge Carrillo Olea

La extraña palabra negociar se deriva del náhuatl perder, claudicar. Es así un mexicanismo. En el diccionario de la lengua, su antónimo debería ser resistir, persistir, prevalecer, pero no. El antónimo es: el interés público no importa. No hay registro de que se haya negociado con la autoridad de manera diferente a tener ésta contra la pared. No se negocia para atender demandas y evitar problemas, se negocia para ver cómo resolverlos, como salir del aprieto y conceder sin perder la cara del todo.

Así ha sido desde tiempos inmemoriales. Recordar el Movimiento del 68, en el que los negociadores fueron Jorge de la Vega Domínguez y Andrés Caso. Se negocian órdenes de aprehensión, pasando por encima de la supuesta majestad del ministerio público y del juez. Teóricamente el primero la solicitó bajo la suposición de que estaba ante un delito y el otro la expidió teóricamente convencido de que la suposición era fundada. La verdad es que a los dos se les había ordenado tramitarlas y ahora se les indica retirarlas. Así es nuestra ley; y nuestra política, su administradora.

Así es, de modo que a nadie sorprende que un día se amenace bravuconamente a maestros con descontar tiempos no laborados y con despidos por reiteradas ausencias y al otro se dé el reculón. La misma autoridad desempeña los dos papeles y, ¡el colmo!, cuando da al valeroso primer paso, ya sabe que en seguida vendrá el claudicante segundo. Más claro: me pronuncio retador, pero ya sé que me rajaré. Por manoseado que sea hay que repetirlo: André Bretón, el padre del surrealismo fue mexicano.

Así las cosas con la Coorinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación (CNTE), la que actuando con métodos inaceptables, reprobables en extremo, obscurece los derechos que posiblemente le asistan en algún tema. El gobierno se decidió por hacer valer la ley, ejecutó un desalojo de la autopista bloqueada y por el momento todo ha quedado en gruñidos de ambas partes. Pero las cosas no pararán ahí, hay ya mucha leña en la hoguera de Oaxaca y en la de Guerrero y pronto otros estados, Michoacán el primero, se habrán de incorporar a la algarada. Las defensas o policías comunitarias ya velan sus armas. Ya se han anunciado marchas y pactos entre ellos.

La CNTE tiene larga carrera en estas lides, se la sabe bien. Siempre actuando al margen de la ley, acaba por conseguir gota tras gota, al menos parte de sus demandas. Acepta lo poco o mucho ganado y empieza a planear la siguiente embestida. Sabe que así es y los gobiernos, e incluso la opinión pública o publicada (Castañeda dixit), tenemos la certeza de que una vez más, con mayores o menores costos sociales, la guerra terminará en una rendición gubernamental en que las partes se ostentarán como ganadores.

La historia nos lo ha enseñado: ¡La ley no se negocia!, proclama una vez más el gobierno. ¡Nos vemos a la salida!, murmurarán sordamente los maestros. ¡La ley no se negocia! No, tal vez en Suecia no, pero en México, sí. A ello estamos acostumbrados. Así han terminado sus conflictos de todo orden los gobiernos de PRI y así aprendieron a hacerlo los del PAN y PRD.

Las once mujeres de San Salvador Atenco que fueron violadas por policías durante los conflictos registrados los días 3 y 4 de mayo de 2006 se negaron a aceptar una solución convenida con el gobierno para resolver el caso que las afecta. La mediación propuesta (negociación de un derecho) que dignamente no fue aceptada. ¿Entonces?

Acabamos de ver a la subsecretaria de Gobernación Lía Limón, ofrecer una rama de olivo a los demandantes por la tragedia de Atenco. Ofreció una disculpa a nombre del gobierno, que no justicia formal, por los abusos cometidos en 2006 por excesos de la fuerza pública del hoy presidente Enrique Peña Nieto. Intentó negociar la impunidad de los criminales. Sería bueno entonces saber en qué casos sí y en cuáles no la justicia no es materia de transacción.

hienca@prodigy,net.mx