Patricia Gutiérrez-Otero

Ustedes olvidan lo más serio de la Ley:
la justicia, la misericordia
y la fidelidad.
Mat. 23, 23

La reflexión sobre las leyes que rigen la convivencia social es algo que nos compete a todos, no sólo a los juristas, porque las leyes nos afectan en cuanto ciudadanos y seres humanos. Por ello, me atrevo a plasmar aquí unas notas en relación con este tema.
En las democracias actuales las leyes son elaboradas y aceptadas por el poder legislativo que, en principio, es elegido por los miembros de la sociedad que están en posibilidad de votar, de esta manera delegamos a los diputados y senadores el poder de legislar. Ellos, investidos de nuestro poder, son los responsables de aceptar o no una ley o de hacerle modificaciones a una ya existente.
En principio, en las democracias que funcionan correctamente existe un mayor grado de credibilidad en que las decisiones que toman las cámaras son realmente representativas de la voluntad popular. En el caso de México, sin embargo, esta credibilidad es mucho menor porque incluye a candidatos plurinominales, porque el ejercicio electoral se lleva a cabo de manera viciada y porque el mismo funcionamiento de las asambleas deja mucho que desear, en particular por el gran ausentismo de sus miembros. De ahí que pueda surgir la pregunta de a quién sirve tal o cual ley, quién se ve beneficiado.
Aunque las leyes son indispensables en las sociedades, sin embargo como lo dijo acertadamente el rabino Jesús cuando los fariseos le acusaban de romper las leyes: “La ley está hecha para el hombre y no el hombre para la ley”. Palabras que cualquier lector de la Biblia conoce bien. Es decir, que las leyes deben modificarse si no están cumpliendo el cometido para el que fueron hechas o si los legisladores al elaborarlas o aprobarlas no respetaron el mandato de sus electores pues prefirieron apoyar poderes fácticos que tienen intereses particulares. La ley no es un yugo, es un apoyo para convivir juntos y obtener el mayor beneficio para las mayorías.
La ley, entonces, no puede aplicarse a rajatabla de manera igual en todas las circunstancias pues las situaciones particulares exigen aplicar el principio de la casuística, de otra manera se puede caer en una gran injusticia, según señala el principio jurídico romano Sumum ius, summa iniuria: “la máxima aplicación de la justicia, puede ser la máxima injusticia”.
Por otra parte, y para terminar esta reflexión, existen también leyes injustas. No porque una ley exista eso la hace ser una buena ley, en ese sentido el pueblo, en quien reside el poder real, puede luchar para que ésta se cambie. Muchas veces se hace a través de manifestaciones, en otras ocasiones se deja de obedecer esa ley, camino ligado al camino de la no-violencia profesado por el gran amoroso de la verdad, el Mahatma Gandhi: “Cuando la ley es injusta, lo correcto es desobedecerla”. Para ello se requiere algo básico, un gobierno respetuoso de los ciudadanos y unos ciudadanos organizados capaces de unirse para lograr un objetivo.
Además, exigimos que se cumplan los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, que se limiten las mineras a cielo abierto, que se esclarezcan las muertas de Juárez, que se respeten los acuerdos sobre las Víctimas, ¡que seamos ciudadanos y que nuestra palabra pese!