Desde pequeñas molestias hasta problemas más serios

René Anaya

Como cada año, desde 1996, el primer domingo de abril se inicia el horario de verano, que consiste en adelantar el reloj una hora para vivir con un ritmo diferente al astronómico, hasta el último domingo de octubre. Asimismo, como todos los años, surgen defensores y detractores de esta medida, que fuerza nuestro reloj biológico a un cambio de sus ciclos.

Ese cambio artificial del ritmo de actividades se ha debido, según sus defensores, a que representa un enorme ahorro de energía que repercute en la economía de los países que lo llevan a cabo, por lo que consideran indispensable su aplicación, aunque no se pone en práctica en todos los países del mundo.

 

El horario de verano

En realidad, la idea de ajustar los relojes en primavera y verano se atribuye al empresario inglés William Willet, quien 1905 mientras realizaba un paseo matinal a caballo antes del desayuno, pensó que ése era el mejor momento de los días de verano por lo que los ingleses no deberían estar dormidos, sino que debería obligárseles a levantarse más temprano.

Dos años después, Willet publicó el folleto El derroche de luz solar, en el que afirmaba que el cambio de horario representaría un ahorro de 2.5 millones de libras en gastos de alumbrado. Aunque su principal motivación era su afición al golf, consideraba que si las actividades se iniciaban más temprano tendría más horas de luz para practicar su deporte al atardecer.

Lo cierto es que su proposición no obtuvo el eco que esperaba, sino hasta que comenzó la Primera Guerra Mundial, cuando se planteó que el ajuste de relojes ahorraría carbón. Alemania fue el primer país en hacer ese cambio, después lo siguieron el Reino Unido y Estados Unidos; al final de la contienda bélica se abandonó el ajuste de los relojes. No fue sino hasta 1973, con la crisis del petróleo, que varios países modificaron sus horarios para aprovechar mejor la luz solar, lo que supondría un ahorro de energía.

Actualmente, de los 193 países miembros de Naciones Unidas solamente 86 tienen el horario de verano: los tres de Norteamérica, los de Europa Occidental, ninguno de Asia, algunos de América del Sur y Namibia en África.

En nuestro país, el horario de verano se aplicó por primera vez en 1942 en la península de Baja California, en Sinaloa y Nayarit; años más tarde se decretó su empleo en algunos estados, pero siempre de manera transitoria. En 1996 se instituyó en todo el país, con excepción de Sonora, estado que lo aplicó en 1997, pero que al año siguiente lo canceló porque consideró que causaba graves daños a la salud.

En las demás entidades se ha cumplido con el horario de verano, a pesar de que hay datos contradictorios sobre los beneficios del cambio de horario. Se considera que se ahorra energía, disminuye la delincuencia, hay más ventas en verano, aumenta el turismo y se logra mayor productividad de las personas; sin embargo, los datos estadísticos no son concluyentes al respecto.

 

La hora perdida

Lo cierto es que sí hay efectos en la salud de las personas, que pueden variar desde pequeñas molestias en los primeros días del cambio de horario hasta problemas más serios que pueden durar hasta el regreso al horario natural.

En Sonora, un grupo de expertos consideró que los niños de clase media baja, que por lo general no desayunan, sufren de hipoglicemia (baja de azúcar), dolor de cabeza, náuseas, mareos, problemas de atención, somnolencia, cansancio y desánimo. En las mujeres embarazadas se planteó que era posible que la falta de sueño de la futura madre afectara al niño en gestación, aunque no se tenían datos al respecto. Además, se consideró que la mayor exposición al índice de luz ultravioleta de más de 11, como en Sonora que llega a 16, podría causar cáncer de piel.

En el Distrito Federal, M. Álvarez realizó un estudio en 43 estudiantes de licenciatura y de maestría en Psicología, de los cuales 48.7% percibió como problemas por cambio de horario: gripes, somnolencia, trastornos alimenticios y digestivos, desorganización de su ritmo biológico, dolor de cabeza, nerviosismo y falta de descanso reparador, como se consigna en el trabajo El cambio de horario y la salud, de Rolando Collado-Ardón, Raúl Aguilar, Juan Luis Álvarez-Gayou, Carlos Campillo Serrano, Pablo Kuri, Alfonso Martín del Campo, Rodolfo Nava, Irma Pérez, Pablo Valdés, Ángel Vera, publicado en la Revista de la Facultad de Medicina de la UNAM, septiembre-octubre de 2001.

En investigaciones realizadas en otros países se tienen resultados semejantes, dependiendo de la edad (mayores de 50 años tienen más problemas para adaptarse, al igual que niños) y del estado de salud previo. Pero como se refiere en el trabajo comentado: “El impacto positivo que el cambio de horario, como cualquier otro estímulo, puede causar en la salud depende de la respuesta, individual y colectiva”.

En general, la mayoría de la población se adapta en pocos días, pero no se puede negar que sí hay repercusiones en la salud.

reneanaya2000@gmail.com