Problema de política barata

René Avilés Fabila

Desde hace algún tiempo y más por inspiración seudoizquierdista, los sindicatos, los estudiantes holgazanes y cualquier grupo inconforme con alguna disposición oficial, o simplemente para provocar algún tipo de reacción del gobierno, federal o capitalino, salen a las calles y se apoderan de ellas, toman edificios, apedrean oficinas, interrumpen el tránsito de avenidas y carreteras y provocan el enfrentamiento con las autoridades buscando mártires para sus ridículas causas. Para defender su violento proceder, esgrimen tener la razón, estar apoyados en la Constitución, ser respaldados por el pueblo y contar con leyes y organismos que protegen sus derechos.

Pero cada vez que los estudiantes y maestros toman por la fuerza una escuela o se apoderan de una carretera, las personas que padecen las consecuencias tratan de recordarles a los rijosos que ellos también tienen derecho. Por ejemplo, el de libre tránsito, y llevan allí detenidos horas y horas por personas encapuchadas y armados de tubos y palos.

El Distrito Federal es la principal víctima. Cada vez que en Guerrero o en Oaxaca hay un lío (que es frecuente, por cierto), los inconformes deciden adueñarse de autobuses y venir a la capital del país a protestar de modo ruidoso. Impiden que los vehículos circulen, que la gente llegue a tiempo a su trabajo y que incluso gente muera por no poder llegar al hospital a tiempo. Dejan a su paso una ciudad sucia, contaminada, con sus habitantes nerviosos. No hay regla que valga. Tampoco las autoridades, hasta ahora, habían hecho gran cosa por impedir que los inconformes actúen violentamente.

El mejor ejemplo han sido los estados citados. Allí los maestros, por ejemplo, optan por no aprender más, por querer ser herederos de las plazas que sus familiares ocuparon, por no aprender inglés, por no manejar computación… Esto es, por ser cada vez más agresivos e ignorantes. Hemos llegado a casos extremos.

Por fortuna, se vislumbra una lucecita al final del horrible túnel: ya aquéllos que tomen edificios o bloqueen carreteras serán castigados. Si los maestros quieren seguir su demencial lucha para no trabajar o para cobrar sin ir a las escuelas, recibirán la sanción correspondiente. Lo han dicho ya las autoridades y esperemos que lo cumplan.

No se trata de estimular el autoritarismo. Lo que se busca es que las protestas sean razonables, que dejen de estropearles la vida a los habitantes del Distrito Federal o de Oaxaca. Ellos, los protestantes, merecen respeto, no importa la sandez que pidan, pero nosotros, los que hacemos las cosas de otra manera, sin recurrir a la brutalidad y a los golpes, queremos vivir en paz.

En el Distrito Federal no hay calle que no tenga dueño: ambulantes de todo tipo, pedigüeños que exigen y nadie puede moverlos; hay que respetar sus derechos a destruir y estorbar el tránsito. ¿Y nosotros?

Francamente, ya harta. Andrés Manuel López Obrador y su fanaticada se adueñaron del Paseo de la Reforma, causaron graves problemas al Distrito Federal y nada pasó. Se fueron cuando les dio la gana y lo mismo ocurre cada vez que algún sindicato inconforme se apodera del sufrido Zócalo.

No hay poder que los quite de allí. No deja de ser curioso que unos puedan hacer lo que les viene en gana y que el Estado sea incapaz de ponerlos en orden. Así las cosas, es obvio que el problema no es de respeto a la ley, sino de política barata que busca votos.

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