Maestros disidentes

René Avilés Fabila

Estados Unidos sufre sin duda el constante amago del terrorismo internacional y de paso las locuras de sus ciudadanos, viejos y jóvenes, que de pronto deciden tirotear a la multitud, sólo por el placer de utilizar sus armas y probar su capacidad criminal. Allí tienen un grave problema ancestral: son tantos los agravios, las acciones de violencia, la brutalidad y la explotación norteamericana en los países pobres, que por todos lados les brotan personas que los detestan a tal grado de arriesgar sus vidas con tal de llevarse, dirían los mexicanos, a varios por delante.

Nosotros los mexicanos no tenemos ese problema extremo. Aquí los actos de violencia nacen de las organizaciones criminales que ahora, según informes del gobierno de Enrique Peña Nieto, van perdiendo. Sin embargo, los niños padecen una suerte de terrorismo extraño: son víctimas de los maestros. Por lo menos en tres estados —Michoacán, Guerrero y Oaxaca—, auténticos vándalos, rufianes de principio a fin, no sólo les niegan a los niños el derecho a educarse, garantizado por la Constitución, sino que pasan los días asaltando edificios públicos, invadiendo calles, bloqueando carreteras y desquiciando ciudades enteras.

Lo mismo pasa con falsos estudiantes universitarios que con cualquier pretexto se apoderan de todo lo que quieren, embozados, como si fueran guerrilleros o terroristas de petate y golpean a quienes pueden, imitan a los maestros y destruyen patrimonio de todos los mexicanos. Lo asombroso es que las autoridades nada hacen por impedirles sus desaguisados, a lo sumo les advierten con timidez que el gobierno no tolerará desmanes, que “caerán cabezas” y que la “justicia llegará hasta el final”. Frases huecas que nadie toma en serio. No pasa un día sin que estudiantes rijosos salgan a las calles a protestar por algo, por lo que sea, el chiste es dar rienda suelta a sus resentimientos.

Todo el mundo en la ciudad capital se pregunta: bien, están en su derecho de protestar, de bloquear calles, de cerrar avenidas básicas, de crear trastornos de gran magnitud sin ninguna razón seria, justificable. Pero ¿y nuestros derechos, de que no nos cierren el paso y nos permitan transitar? No vamos a cometer un robo o a matar a equis persona, vamos o regresamos de trabajar. ¿Quién nos defiende a nosotros, la mayoría ciudadana? Nadie. Las chistosas sociedades de derechos humanos terminan por justificar a los rufianes, a los maestros que golpean policías, a los estudiantes que se apoderan de escuelas.

El asunto es político. Nadie se atreve a poner en práctica la justicia, hacer que los maestros golpeadores y los estudiantes perezosos y vándalos cesen en sus destrozos. Eso quita votos. Le da a un gobierno o a un funcionario la idea de que es o son autoritarios. Entonces, ellos pueden hacer lo que les venga en gana, al fin, el que pierde es el país en su conjunto.

¿Hasta cuándo vamos a tener autoridades inútiles, incapaces de imponer el derecho y la justicia? Todo lo resuelven con el perdón. Y rogarles que ahora sí se porten bien, que no dañen más a simples ciudadanos. Que unos enseñen a los niños y los otros estudien. Realmente estamos perdidos y sin visos de salvación.

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