Alejandro Alvarado
El clima de inseguridad y violencia que actualmente se vive en México es abordado por Hilario Peña en su novela Chinola Kid. Se trazan paralelismos y semejanzas entre el Viejo Oeste y el terreno salvaje que se ha impuesto en nuestro país, se cuenta la historia del Tecolote, un poblado cuyo comisario Rodrigo Barajas —una especie de Chuck Norris y Wyatt Earp— logró con mano firme convertir el violento y corrupto poblado en el lugar más próspero y pacífico del país. La historia es un narcowestern, una alegoría de los valores que no deben perderse: la decencia, la valentía, la honradez y la honorabilidad, son de los que Rodrigo Barajas echó mano para imponerse al crimen organizado. Sobre este trabajo charlamos con el autor de Malasuerte en Tijuana y El infierno puede esperar, otra de sus novelas en la que predomina el humor negro.
—El Viejo Oeste tiene como uno de sus mayores símbolos al caballo, y hasta ello se traduce en tu novela Chinola Kid.
—El caballo del vaquero moderno en esta época sería una camioneta de ocho cilindros, arreglada, con suspensión levantada e impactante equipo de sonido. En la frontera hay personas a las que se les llama madrinas cuyo encargo es llevar estos carros hacia toda la República para las personas que quieren comprar carros chocolates (autos que carecen de legalidad en nuestro país, por la carencia de documentos y/o por la forma de haber entrado a territorio mexicano). Me decidí por un tipo bragado y valiente como personaje para realizar este tipo de trabajo, un vaquero moderno que tendrá que atravesar un territorio salvaje, quizá no poblado por apaches y comanches que pudieran arrancarle la cabellera pero sí por federales y militares, y uno que otro criminal. En el Tecolote, Rodrigo Barajas ve la oportunidad de poner en práctica todo lo que vio en las películas de vaqueros de John Wayne, de James Stewart, de Gary Cooper, y que según él le enseñaron mucho.
—El personaje es reaccionario, un poco fascistoide…
—Lo hice de esa manera porque me parece demasiado sencillo ganarme lectores con un personaje políticamente correcto, en sintonía con los nuevos tiempos, que se presenta a las marchas a favor de los homosexuales con una bandera de arcoiris. No porque yo defienda esas inclinaciones políticas significa que las vaya a usar para ganarme lectores. Eso es demasiado sencillo, me parece más reto presentar un personaje que por momentos es antipático y en otros momentos es carismático; además, de alguna manera, trata de vencer este cinismo que nos lleva a no creer y a no crear historias heroicas sobre las que está cimentada nuestra cultura occidental. Me refiero a La Odisea y a La Ilíada, con sus héroes Aquiles y Ulises, pasando por Amadís de Gaula, el Mio Cid y El Quijote, que son pilares de nuestra cultura occidental. Y si estos personajes han estado perdiéndose es porque no queremos creer ya en los héroes. Me esforcé por presentar un héroe sin fisuras. La misma humanidad del propio personaje demuestra después que tiene sus propios demonios, pero no quería yo imponerle defectos, sino que partí de sus virtudes. Básicamente, al llegar Rodrigo Barajas al Tecolote e imponer su mano dura para cambiar al pueblo de manera positiva, empecé a reflexionar sobre un tema que a mí me interesa mucho: ¿Hasta qué punto los gobernados estamos dispuestos a que nuestros gobernantes hagan cumplir la ley de manera inflexible y sean verdaderamente honestos y derechos?
—Al igual que con El Quijote, el conflicto y la tragedia de Chinola Kid comienzan a partir de su idealismo ¿Cuál es el mensaje de Chinola Kid?
—A partir de ese momento empiezan sus conflictos con los seres humanos. Chinola es un semidios y enfrenta problemas con los hombres terrenales. En mi novela hago preguntas que motiven a reflexionar, no doy respuestas. Esto suena a lugar común, a cliché, pero realmente no lo es. No lo es el estar exigiéndole a nuestros gobernantes que actúen con rectitud. Cuando hablo de la honorabilidad de Rodrigo Barajas no me refiero, de plano, a la valentía que lo lleva a enfrentarse a balazos con otra persona; me refiero a la valentía de ejercer su trabajo de manera honesta. Al escribir esta historia hago uso del género Western, y toco sus claves como un pianista o un violinista, quienes para poder interpretar tango necesitan moverse dentro de la escala musical. A mí no me gusta transcribir la realidad. Si quiero más realidad, más crudeza, más datos duros, voy a ir al periodismo, no a la literatura.

