El Pacto por México tiene vida breve

Jorge Carrillo Olea

Con el viento en popa el Pacto por México ha fijado ya una marca histórica. Algún día se sabrá quiénes fueron los talentosos que formularon el proyecto, cómo lo integraron con gran visión de futuro y quién y cómo lograron que PAN y PRD, actuando a la altura de sus responsabilidades, se unieran él. Los frutos pronto empezaron a emerger, es innecesario repetirlos, pero así mismo, como un coloso mitológico, el Pacto empezó a dar evidencias de fragilidades.

La mayor debilidad es su definición misma, por más que se niegue. Está en su propio ADN el ser de vida breve. No podría vivir a lo largo de los meses, de los periodos legislativos y, menos, a lo largo del sexenio de Enrique Peña. La muestra de su fragilidad es la Campaña Nacional contra el Hambre que está diseñada desde su primera concepción, por supuesto, como parte del proyecto electoral  priista del próximo julio.

Si fuera otra su índole se habrían reconocido varias cosas. Por lo menos que:

1. Es un problema nacional de salud, no de desarrollo social; por ende, su gestión correspondería encabezarla a la Secretaría de Salud y no a la totalmente politizada de Desarrollo Social, incluida Rosario Robles, el miembro más político del gabinete, por encima de todos.

2. Es limitada en su concepción y expresión. A México no lo acosa el hambre, lo acosan todas las distorsiones de una tradición nutricional vagabunda que sí, pasa por las insatisfacciones de lo mínimo, pero que igual acosa con sus muchas enfermedades asociadas.

3. No es integral, ya que ignora terribles distorsiones de mercado y distribución. En no pocas comunidades es más difícil comprar un plátano o chayotes que un Gansito o frituras.

4. No considera su plataforma básica: la producción de alimentos. No plantea nada en este sentido, una práctica más allá de la agricultura. No se contempla la producción familiar, sobre todo, en zonas rurales.

5. No incorpora elementos de salubridad, como es una atención más específica a enfermedades procedentes de las deformaciones nutricionales, como diabetes, anemia, colesterol, hipertensión, osteoporosis, etcétera.

El riesgo de peligrosidad para Peña, que pasó inadvertido, o lo peor, habiéndose detectado su explosividad política, se despreció, está destinado a ponerle cohetes bajo la mesa al Pacto por México vía la campaña. Los enemigos de la Campaña contra el Hambre y por ende contra el Pacto viven en casa. Son los viejos priistas, pero son también los neopriistas. Los que como el gobernador de Veracruz y su gabinete no acaban de azorar a la opinión pública por tantas sandeces como dicen y como hacen. Es la propia Rosario Robles que, aunque no haga nada, en su naturaleza política lleva una vulnerabilidad  permanente.

Son también bombas con las mechas encendidas muchos delegados de Sedesol que, sin más méritos que sus credenciales de taumaturgos priistas, han sido puestos en responsabilidades que en principio son administrativas y que no saben manejar. No hay dinero fresco para la campaña, los recursos vienen de recortes de otros proyectos, por eso son múltiples los encontronazos entre los 17 delegados que participan en cada estado, sus congéneres locales y el supuesto director de orquesta: el delegado de Sedesol. Estos delegados por supuesto que obedecen más a sus instintos que a principios, y esos instintos se sintetizan en: ¡Viva el agandalle, a eso nos mandaron!

De este modo está más que sugerido que el Pacto, con todas sus luces que son mil, y algunos de sus programas son de carácter efímero. El Pacto tiene pies de barro. Reconocer que la vida le es breve lo llevaría a ponerse a salvo de nuevos cataclismos como el veracruzano. No reconocerlo es adentrarse en ese obscuro túnel que un dicho popular precisa: Lo que mal empieza mal acaba.  En pro de los ricos frutos del Pacto habría que limitar las ambiciones sobre sus rendimientos.

hienca@prodigy.net.mx