Maestros sembradores de la anarquía

Marco Antonio Aguilar Cortés

Ha llegado el mes de mayo y, con él, se aproxima su día 15, Día del Maestro. El reconocimiento para los mentores de nuestro país no pude ni debe regatearse. ¿En qué circunstancias se efectuará esta celebración?; no es posible predecirlo a ciencia cierta a la distancia en que escribo este artículo.

Deseo, sí, que los conflictos que hoy se viven sean superados, virtud al sano entendimiento entre una parte beligerante, con aventurado grado de anarquista, y una autoridad educativa que no ha tenido el tino de operar una estrategia eficaz para hacer valer tanto su corta reforma como su rectoría en la materia.

Mientras, nos enteramos de los ataques vandálicos que, sobre todo, se han llevado a cabo por parte de profesores y sus grupos aliados en el estado de Guerrero, y sus ilícitos operativos en entidades federativas vecinas en contra de la reforma educativa que, a su decir, acabará con “la educación pública, científica, tecnológica, humanista, y gratuita”.

Tal razón central esgrimen en sus volantes, conscientes o inconscientes de que con sus desastrosos procedimientos lo que generan es, exactamente, la catástrofe de la educación que pregonan defender, asemejándose a quienes absurdamente se suicidan por temor a la muerte.

Es claro que si imperara en todo México la cultura de la legalidad, ni padeceríamos la fuerza antijurídica de un grupo de presión tan destructor ni, menos, sufriríamos a autoridades que no saben con eficacia rápida aplicar la coercitividad que nuestro derecho les otorga para sancionar a quienes delinquen.

Ningún gobierno debe, so pretexto del diálogo, de la tolerancia o del convenio, retrasar la aplicación de nuestro sistema jurídico ante actos tipificados como delitos.

Justicia retardada es justicia denegada. Todo cumplimiento irrestricto de la ley tiene sus términos en la propia norma.

Quienes de verdad luchan para que la educación sea una auténtico derecho social, garantido por nuestra Carta Magna tienen una cultura de respeto a la ley; o estando en contra de algún precepto jurídico, del nivel que sea esta norma, tienen cultura suficiente para modificar el derecho con la fuerza de la razón y no con la razón de la fuerza bruta.

Si miles de maestros se manifiestan con orden, coordinados, unidos, sin destrucciones y sin violencia, en contra de esa reforma educativa, ofreciendo sus razonamientos motivados y fundados, muchos mexicanos los acompañaríamos en su justa pretensión, ya que todos queremos una educación pública, científica, tecnológica, humanista y gratuita, pero sobre todo que sea una herramienta eficaz para terminar con la ignorancia y la pobreza.