Intentan desestabilizar el sistema político nacional

 René Avilés Fabila

 Resulta ya normal que comandos armados llamados autodefensas participen en hechos violentos que inalterablemente caen dentro de lo ilegal. Hace unos días, por ejemplo, estos grupos tomaron el centro municipal de Michoacán. Se llevaron prisioneros y finalmente ante el avance del Ejército Mexicano se replegaron. Estos asaltos son cada vez más frecuentes, ahora aparecen en sitios públicos con fusiles y pistolas en mano y gritando consignas que realmente no sabemos qué tratan de decir. En un principio muchos imaginaron que ciudadanos se armaban para protegerse del crimen organizado y defender sus comunidades de posibles narcos. Ahora los vemos actuar y son fuerzas que intentan desestabilizar el sistema político nacional. Lo grave es que no tienen consigo un proyecto alternativo, simplemente desean (según quienes están atrás) violentar la situación del país. Contribuir al desorden que el gobierno ha tolerado y que lo ponen en una situación conflictiva. Fuerzas armadas y organizadas casi militarmente toman pueblos y zonas agrícolas y, como si fuera poco, desfilan triunfales. En tanto, las autoridades locales y federales se limitan a intentar con timidez restablecer el orden.

Si tomamos en cuenta el descontento de maestros y estudiantes, no es posible minimizar la presencia de hombres armados. Si logran encontrar puntos de acuerdo, menudo problema van a tener las diferentes poblaciones donde estos grupos actúan y las fuerzas armadas tendrán que actuar con mayor severidad, lo que nos colocaría como un país a punto de un estallido social peligroso. Es decir, la seguridad nacional estaría en riesgo.

Las autodefensas armadas han quemado aserraderos y destruido propiedad privada sin hacer distingos políticos, sólo por el simple hecho de llevar a cabo provocaciones de las cuales les sea posible sacar provecho. Lo que ocurre con normalistas, estudiantes y maestros, viven en huelga, se limitan a hacer marchas, plantones y mítines, a secuestrar autobuses y a amedrentar poblaciones y a mantener amplias zonas en permanente temor. Cuando llegan elementos militares se retiran y atacan en otro lado. Eso suena a una suerte de extraña guerra de guerrillas que llevan a cabo aventureros sin ideologías, dueños de pretextos banales, que en el fondo desean pasar del foco guerrillero al ejército regular, algo que no consiguió el EZLN.

Los distintos niveles de autoridades y los partidos políticos fingen ver a esos grupos paramilitares sin concederles mayor importancia. Sólo los medios los ven y registran sus acciones. Cuando el gobierno se percate de que han crecido y están en su mejor momento para enfrentar al Ejército y a las diferentes policías, será tarde. No se podrá dirimir el asunto sin graves y costosos enfrentamientos. Pero la pregunta es: ¿quién les paga, quién los abastece de armas?

Es posible entender que el error de Felipe Calderón, entre sus múltiples desatinos, estuvo en publicitar en exceso su guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado, estuvo mal y sus resultados fueron desastrosos. Pero tampoco es solución permanecer inmóviles ante loas frecuentes, actos vandálicos de las llamadas autodefensas, organizaciones cuasi militares que aparecen en diversos puntos del territorio, quizá de acuerdo con un plan bien trazado y mejor ejecutado, lo que recuerda el célebre libro proguerrillero, La guerra de la pulga, de Robert Taber, donde los hombres armados pican aquí y allá sin que el cuerpo pueda rascarse con fuerza suficiente. En algún momento, ese organismo está irremediablemente perdido.

 

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