Carlos Guevara Meza

El debate internacional sobre si intervenir en Siria, cuya guerra civil ya ha costado más de 70 mil muertos, continúa. De un lado, muchas voces se levantan invocando el “derecho de protección” que se incluyó en la legislación internacional a raíz de la guerra en la ex Yugoslavia. Del otro, otras tantas señalan que se trata de simple intervencionismo que, en nombre de una causa humanitaria, da entrada en un país debilitado por su conflicto interno a oscuros intereses económicos y políticos que benefician sólo a unos cuantos, entre los que no se cuenta a la población de la nación afectada.

En el caso de Siria la catástrofe humanitaria sin duda existe. El número de muertos en sólo dos años está por alcanzar la cifra a la que se llegó en Yugoslavia en diez años. Millones de desplazados. Y no hablemos del número de heridos y el sufrimiento de los civiles que se encuentran bajo fuego y privados de los servicios más básicos. Por si fuera poco, han comenzado a aumentar los alegatos, tanto de los rebeldes como de gobiernos extranjeros (Estados Unidos, Gran Bretaña, Israel) de que el régimen de El Assad ha estado utilizando armas químicas contra la población (informes aún no confirmados de los que la Unión Europea dice dudar, junto con el presidente Obama que marcó claramente esa acción como “la línea roja” que no debía traspasarse; pero sigue esperando a que haya una confirmación más contundente antes de proceder de alguna manera). Y la guerra, sin intervención de algún tipo, seguramente seguirá largo tiempo pues ninguno de los bandos parece lograr una superioridad incuestionable.

En una misma semana, el régimen sirio anunció importantes victorias sobre la oposición en la capital, Damasco, pero un coche bomba logró ser colocado justo en el centro de la llamada “plaza de la seguridad” (pues en esa zona fuertemente custodiada se encuentran los ministerios militares y policiales) y hacerlo estallar justo al paso del convoy del primer ministro, que aparentemente salió ileso. Los rebeldes sólo han logrado conquistar una ciudad importante, Raqqa, nada más; mientras que el régimen, a pesar de su aparente superioridad en armamento (tanques, aviones, artillería pesada), no logra retomar el control de ninguna.

Las potencias permanecen, sin embargo, estáticas. Parece claro que han utilizado mecanismos clandestinos para intervenir (armas de contrabando, pese a su propio embargo, entrenamiento militar, información de inteligencia), además del forcejeo diplomático por el que se mantienen mutuamente agarradas las manos. Pero no parece que sea sólo una discusión de principios éticos sobre la validez de una intervención, o una cuestión de la relación de poder entre las naciones más grandes (los norteamericanos, los británicos y los israelíes por un lado; los rusos, los chinos y los iraníes por el otro).

Probablemente tenga más que ver con la crisis económica en la que está sumido Occidente, cierto racismo implícito o explícito (todo mundo se preocupó por Yugoslavia porque los muertos eran europeos blancos, ¿a quién le interesan los musulmanes de Medio Oriente o los negros africanos?) y porque hasta el momento nadie ha puesto sobre la mesa un plan sensato de intervención. Con la oposición siria desunida y llena de grupos yihaidistas radicales —algunos con vínculos explícitos con Al Qaeda—, ¿cómo apoyar sin dejar el país en manos de fundamentalistas, o tener que ocuparlo durante largo tiempo?