La destitución de Cordero tendrá consecuencias en próximas elecciones
Alfredo Ríos Camarena
En el proceso reformista en que está inserto el Estado nacional, empiezan a surgir las contradicciones internas de los partidos políticos que pueden acelerar o impedir el desarrollo de las propuestas inscritas en el llamado Pacto por México, en donde el gobierno de la república constituye el motor principal, pues desde su inicio el presidente Enrique Peña Nieto ha decidido ser el impulsor de los grandes cambios constitucionales y jurídicos que permitan a nuestro país alcanzar objetivos superiores.
El Pacto por México, integrado básicamente por la representación de los tres principales partidos, apunta hacia una forma de cogobierno que se fundamenta en el denominador común de una agenda nacional. Hasta ahora, las cosas han funcionado razonablemente bien; sin embargo, la crisis interna de los partidos políticos de la oposición puede dar al traste con los objetivos esperados.
El caso más reciente y comentado ampliamente ha sido la destitución del líder de la fracción senatorial del PAN que refleja, en primer término, la falta de democracia de un partido que pone en manos de su presidente la designación de los líderes de sus bancadas, lo que puede justificarse cuando el presidente de la república es de ese partido, como sucedió en el cambio de Santiago Creel por Gustavo Madero, bajo la presidencia de Felipe Calderón.
El caso que hoy se presenta es totalmente distinto, pues el PAN, de partido en el gobierno, pasó al tercer lugar en la elección presidencial, lo que ha provocado profundas fisuras en su interior. Por eso, cuando los legisladores no son considerados en el ejercicio de su función constitucional para elaborar las iniciativas de la agenda pactada, necesariamente surgen las fricciones, pues la soberanía del Congreso es la facultada para determinar la construcción del proceso legislativo en las comisiones y en el Pleno. Eso explica porqué el PAN y el PRD presentan una iniciativa de reforma política que no fue consensada previamente. El problema quizá no sea de carácter ideológico, sino que responde a las ambiciones del poder político; la destitución de Cordero va a tener consecuencias indudables en las próximas elecciones, que probablemente provoquen la derrota de muchos de sus candidatos a las presidencias municipales, diputaciones locales y, sobre todo, la joya de la corona que es el gobierno de Baja California Norte.
En el PRD las cosas tampoco se ven claras, en principio porque su fuerza básica en las elecciones responde al llamado de Andrés Manuel López Obrador que decidió renunciar al PRD y crear un nuevo partido, no sin antes dejar sembrados a importantes perredistas que en el fondo responden a él, lo que sin duda menguará la fuerza electoral perredista, amén de las muchísimas fricciones internas, como la que se da con el jefe de Gobierno Miguel Ángel Mancera y Marcelo Ebrard; todo esto en perjuicio de una posible unidad reformista.
La crisis de los partidos políticos alejados de sus militantes y de la ciudadanía está produciendo una gran confusión y desarticulando la posibilidad de un proyecto rector que marque una ruta clara hacia el futuro inmediato.
La partitocracia es la enfermedad pronosticada por Maurice Duverger y se está dando a plenitud entre nuestros institutos políticos, ya que los demás partidos se han convertido en patrimonialistas; es decir, propiedad de un solo hombre. El PT con Alberto Anaya; el Verde con la familia González; Nueva Alianza con los restos del elbismo; Movimiento Ciudadano con Dante Delgado; y el PRI bajo el mando absoluto del presidente.
Más allá de lo anecdótico, la realidad es que se requiere una profunda reforma en el diseño y desarrollo de los partidos políticos para que éstos no sigan siendo una cúpula de privilegiados que ordena y decide imponiendo una disciplina lamentablemente marcada por la sumisión.
Mientras tanto, el crecimiento económico, quizá por razones externas, se ha estancado gravemente; los precios de los productos básicos han aumentado sensiblemente, fomentando una mayor inflación, y la inseguridad sigue siendo la principal asignatura pendiente, pues aún no se ven soluciones que satisfagan la demanda popular.
No sabemos cuál será la respuesta de los senadores panistas agraviados, pero ya ha habido divisiones serias en ese partido, como la que propiciaron los llamados foristas en 1992, que se salieron del PAN conducidos por Pablo Emilio Madero, Bernardo Bátiz y Jesús González Schmal, entre muchos otros. Dividir el PAN no es buen síntoma para la democracia, pues complicará las decisiones internas del Congreso, particularmente las del Senado.
Todo esto sucede frente a acontecimientos inmediatos como son las elecciones de julio, la posibilidad de un periodo extraordinario de sesiones y la discusión de la reforma hacendaria, de la reforma política, y lo más importante y polémico, la reforma fiscal y la reforma energética, además las reformas constitucionales aprobadas requieren de leyes secundarias que aún no se han aprobado.
El panorama es crítico y no todo son reformas pendientes, sino el avance real de la economía interna, ya que la desigualdad y la miseria siguen siendo el tema principal que la sociedad aspira, en su conjunto, a resolver.
Fuera de México las cosas se ven bien en los medios de comunicación, pero en los pueblos, en los ejidos, en los barrios pobres, donde están las mayorías ciudadanas, existe confusión y desesperanza. Es urgente que las políticas públicas empiecen a sentirse en la vida de los mexicanos.
