La intransigencia germana colapsó el “estado de bienestar”
Alonso Ruiz Belmont
Hace no mucho tiempo, la palabra Europa era sinónimo de estabilidad y progreso para el resto del mundo. Sin embargo, los efectos de la crisis financiera mundial iniciada hace cinco años, caracterizados por el sobreendeudamiento de las economías de Grecia, Portugal y España, marcaron el inicio del declive social y político para el proyecto europeísta. La rápida expansión de la recesión económica en toda la zona euro mostró las severas fallas estructurales en el modelo fiscal y la política bancaria de la Unión Europea (UE).
Ante la gravedad de la insolvencia en las economías más débiles y el ataque de los mercados financieros, Alemania, principal acreedor y centro del poder económico de la Unión, optó por imponer una agresiva política de austeridad. Francia, que junto a su vecino teutón había formado por años el núcleo político y financiero de la zona, quedó rápidamente marginada a un segundo plano ante la intransigencia de la canciller alemana Angela Merkel.
La receta que Merkel ha defendido a ultranza durante un lustro consiste en afirmar que la confianza de los agentes financieros, los ajustes fiscales y las reformas estructurales en toda la Unión Europea serían suficientes para salir de la recesión y abatir el incontenible desempleo.
Los resultados de la intransigencia germana están a la vista: los efectos de la recesión en el consumo interno, los recortes al gasto público y el desempleo masivo han destruido la demanda interna y la capacidad de crecimiento de casi todos socios de la Unión (con la excepción de Francia, Holanda y Alemania). La tasa de desempleo en la zona euro alcanza ya los 26.6 millones de personas. Al mismo tiempo, la evasión fiscal en la UE (estimada en un billón de euros anuales) le quita a Europa parte de los recursos necesarios para combatir la recesión.El colapso del estado de bienestar y la rápida expansión de la pobreza se han visto reflejados en el ascenso de coaliciones populistas antieuropeas (Italia) y de partidos de extrema derecha en Grecia, Francia, el Reino Unido e incluso Alemania.
Los gobiernos de Francia (François Hollande) e Italia (Enrico Letta) han comenzado a reprochar abiertamente el egoísmo y la intransigencia de Merkel exigiendo estímulos al crecimiento y a la creación de empleos. El eje franco-alemán, otrora motor del proyecto europeísta, se ha roto por el momento, las consecuencias son claramente imprevisibles y peligrosas. A principios de mayo, el vicepresidente de la Comisión Europea, Olli Rehn, amplió los plazos para el ajuste fiscal y llamó a priorizar el combate al desempleo frente al déficit. En todo caso, la baja de las tasas de interés por el Banco Central Europeo (BCE) no contempla facilidades suficientes para el crédito, elemento indispensable para estimular el crecimiento y crear más plazas de trabajo en la zona. Hace unos días, el ex vicecanciller alemán Joschka Fischer señaló la urgencia de impulsar la unión bancaria, fiscal y política de la UE, así como de lograr amplias cesiones de soberanía entre los miembros para absorber las deudas ya contraídas y mutualizar deudas futuras. Ello afectaría la esfera de poder de los socios más influyentes como Alemania o Francia pero, en opinión de Fischer, seria la única manera de salvar el proyecto europeísta, promoviendo una efectiva democratización de sus decisiones.
