Juan Antonio Rosado
Si el término “sexo” se refiere al género de un individuo y puede concentrarse —biológicamente— en la mera genitalidad y, por tanto, es común a los animales sexuados, el erotismo, en cambio, es un fenómeno cultural, totalmente humano, como lo es la gastronomía o cualquier otro arte (efímero o no). Ningún animal, salvo el humano, adereza la carne con condimentos ni crea recetas para cumplir con una necesidad biológica: alimentarse. Esto ocurre justo porque el fin no es sólo alimentarse, sino algo más.
La supuesta “danza” de ciertas aves u otras especies para atraer al otro sexo es producto del instinto. Llamarle “danza” es sobreinterpretación humana. Sólo el humano danza, y sólo él crea cultura (cultiva), término contrapuesto al de naturaleza. El erotismo no existe en el reino animal. ¿Por qué? Así como sucede con la gastronomía, sólo el humano usa la razón e imaginación para convertir la sexualidad animal en algo más que eso. La cultura aparece como un modo de trascender, porque tenemos conciencia de la muerte. Sólo nosotros convertimos el instinto alimenticio en un fenómeno que va más allá de la mera supervivencia: la gastronomía. Sólo nosotros convertimos el lenguaje en algo que va más allá de la comunicacíón (las ballenas y otras especies se comunican, pero el humano transforma el lenguaje en literatura, en arte). Sólo nosotros convertimos los movimientos físicos en danza, y sólo nosotros metamorfoseamos los sonidos naturales en música. Y así puede aludirse a cada fenómeno cultural o artístico. También la forma de morir es convertida —mediante la razón e imaginación— en tortura, que es contraria al erotismo, pero —al igual que éste— sólo existe en el ser humano: es cultural. Ningún animal tortura ni persigue a otro hasta los confines del planeta para matarlo. Interpretar lo que el gato hace con el ratón es, de nuevo, sobreinterpretación. El animal juega con su víctima en virtud de un instinto, de una señal genética ancestral que se ha repetido por milenios.
Lo que acontece con la gastronomía, literatura, pintura, danza o cualquier otro fenómeno artístico, sucede también con la sexualidad. Ésta se da en los animales y plantas. La sexología tiene mucho que ver con la biología y no es sino el estudio de la sexualidad. El sexólogo es un científico. Pero hay una diferencia radical entre sexualidad y erotismo. Este último es —así me gusta llamarle— sexualidad transfigurada. Sólo nosotros transformamos la sexualidad animal en algo que va más allá de la mera satisfacción de un instinto natural y de la mera reproducción. Al erotismo no le interesa la reproducción, sino las múltiples variantes del goce sexual. Por ello, Bataille afirma que el erotismo es en sí estéril, y en eso se vincula a la muerte. En suma, son distintos la sexualidad y el erotismo, aunque para este último sea imprescindible la primera. El erotismo es la transfiguración de la sexualidad animal en un fenómeno cultural en que intervienen la razón e imaginación. Los tratados de arte erótica de civilizaciones ancestrales confirman lo anterior. En ellos, se aconseja para hacer de la actividad sexual algo refinado que nos distinga de los animales e incluso llegan a aconsejar métodos para que la mujer no se embarace. Se describe diversas posiciones sexuales para otorgarle variedad a la actividad y hacer de ella un rito, una ceremonia, como podría ser la ceremonia del té para los japoneses o cualquier otra.

