¡La ley no se negocia!
Jorge Carrillo Olea
¿Será eso cierto? ¿El enojo social es medible? Para mí es evidente que sí, aunque también suele confundirse con la frustración, el desaliento, una insana intención de revancha y otros sentimientos negativos. La psicología define muy bien los sentimientos negativos y no los califica necesariamente como equivocados. Cuando éstos encuentran fuerzas motrices transformadoras, son al revés, escapes eficaces que de no liberarse acabarían por dañar al ser que los experimenta.
Más en términos grupales, si el gobierno, o mejor dicho la jerarquía en el poder, no sabe o no quiere abrir válvulas de escape —la primera de ellas la justicia—. ¿Hacia qué pueden conducirnos esos sentimientos? Pues a cualquier acto que entonces las jerarquías se encargarán de calificar de barbarie, de antisociales y naturalmente ilegales. Por encima de esta aparente contradicción, orden vs. desorden, hay que aceptar que históricamente todos los estallidos sociales han empezado así.
Las referencias a la sociedad enojada, tema de esta nota, es simplemente con la pasividad de las autoridades ante la violación más cruda al derecho de todos por grupúsculos increíblemente microminoritarios. Ni siquiera los revoltosos guerrerenses que son muchos llegan a tener peso comparativo, para no hablar de esos pumas enmascarados de la UNAM.
Unos, otros y los que vengan tuvieron espacio vital en dos ámbitos: 1. La desproporcionada atención y relevancia (horas largas de tv en vivo) dada por los medios, y 2. Una estructura de gobierno, presidente, gobernadores y rector inmunes, todavía inertes a todo acto de autoridad gracias a la vacuna Tlatelolco y en el caso de Enrique Peña Nieto más aún, por el reforzamiento de su vacuna por el proyecto del aeropuerto en Atenco.
No esperemos pues que se actúe con enérgica autoridad como no se ha hecho ya por largos tiempos, demoras temerosas que lo que han logrado es un agudo empeoramiento de las situaciones. Una terrible prueba de ello es la amnistía que a los sediciosos, terroristas, amotinados y demás de la CETEG de Guerrero les acaba de acordar Gobernación. ¡La ley no se negocia! Un día los acusan por gravísimos delitos contra la existencia de la nación, se negocia la ley infringida y los perdonan.
Todas esas estructuras de poder y de autoridad en desuso pueden seguir inertes ante los retos que nos estallan en la cara. Consecuentemente la sociedad puede y seguirá crecientemente enojada. No bastan en el caso de Peña los laureles justamente ganados con el Pacto y sus consecuencias. Al rector no le bastarán las decenas de doctorados Honoris Causa que su mesnada le ha conseguido, tampoco su inmaculada serenidad y eterna sonrisa. Pero unos enojados, otros impasibles, ¿quién pierde en el fondo? A esa pregunta deberían contestar públicamente, el tiempo se acaba.
No es cierto que vivamos la antesala de una conflagración nacional, ni los enmascarados ni los portadores de garrotes la significarían. El país, aun con lo que se vive, es enormemente mayúsculo en lo moral y material. La irritación deviene de observar cómo se toleran acciones en la UNAM y a delincuentes de Guerrero que, si se tomara en cuenta la indignación y angustia de grupos que representan a la gran mayoría nacional, se actuaría simple y llanamente. Reconocerían aquello que juraron cumplir y hacer cumplir… y ni cumplen con lo uno ni con lo otro.
Alguien, algunos o muchos, andan enojados. Son muchos los acosos a los que el pueblo está sometido para adicionalmente seguir viendo cómo una de las lacras mayores de nuestros tiempos —la impunidad— sigue siendo la reina en las conductas antisociales. ¡Ganó el diálogo en la UNAM! Festinan algunos. Sí, qué bueno que el diálogo prive, siempre y cuando no sea en agravio de los intereses de otros, no como derrota de la legalidad. Bonito papel ha hecho el rector. Tardío en expresarse, cuando lo hace lo hace de la manera más indefinida que le es posible.
Vive, pervive y sobrevive la impunidad. No sólo la cansina referencia Montiel, Moreira o Elba Esther. Esta última encarcelada no por delincuente sino por desbocada. No, la impunidad impera a ciencia y paciencia en todo el ámbito nacional. No es cosa de sólo prudencia, tolerancia o mesura de poderosos, vicios de jueces y ministerios públicos, no. Hacer imperar la ley es esencialmente un tema de una firme voluntad, pero… ¿y los cuates?
