A tres años de su fallecimiento, sin duda alguna, es uno de los escritores más importantes del México contemporáneo. Su capacidad crítica, su estatura intelectual y su peculiaridad estilística, convirtió a Carlos Monsiváis en una de las voces más reconocibles del panorama cultural hispánico. De igual modo, su omnipresencia en múltiples foros (revistas, mesas redondas, programas de radio y televisión, periódicos, coloquios, museos, películas, antologías, prólogos, etc.) lo hizo una celebridad y uno de los personajes fundamentales de la ciudad de México.

Sus posiciones políticas y su perspectiva crítica lo llevaron, desde el inicio de su carrera periodística, a dar cuenta de todos aquellos fenómenos literarios, sociales y culturales que implicaban un desacato al autoritarismo, al orden establecido y al conservadurismo. De ahí su interés en el movimiento estudiantil de 1968, los ídolos populares (El Santo, Cantinflas), el movimiento feminista, las figuras contestatarias de izquierda y los personajes o acontecimientos que en algún sentido implicaban un avance de las ideas progresistas y un rechazo a toda posición conservadora. De ahí también la importancia que le dio a la promoción de los derechos de las minorías sociales, la educación pública y la lectura.

Si un elemento recorre toda la obra de Monsiváis es el humor ácido unido a la inteligencia crítica. Por ello, la ironía es una de las aristas fundamentales para entender sus textos. La ironía como crítica mordaz frente a la realidad intolerable, pero también como regocijo ante el agravio o daño recibidos. Esto es claramente visible en otro de los géneros a los que acudía con frecuencia Monsiváis: la sátira política.

Como gran parte de su obra se publicó en periódicos, es difícil tener precisión respecto al volumen de la misma. A pesar de tener múltiples libros publicados, la mayor parte de sus escritos no se editaron en libros y sólo pueden encontrarse en revistas, suplementos, semanarios y todo tipo de fuentes hemerográficas. Otra parte de su obra está dispersa en cientos de entrevistas que dio a diversos medios nacionales y extranjeros.

En cuestión laboral, fue secretario de redacción en las revistas Medio Siglo (de 1956 a 1958) y Estaciones (de 1957 a 1959) y director del suplemento “La cultura en México” de la revista Siempre! (entre 1972 y 1987). También fue director de la colección de discos Voz Viva de México, de la UNAM.

Entre sus innumerables libros destacan: Días de guardar (1971), Amor perdido (1977), Nuevo catecismo para indios remisos (1982), Escenas de pudor y liviandad (1988), Los rituales del caos (1995), Salvador Novo. Lo marginal en el centro (2000) y Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina (2000), entre otros. Entre los múltiples galardones que recibió se encuentran el Premio Nacional de Periodismo, el Premio Mazatlán, el Premio Xavier Villaurrutia, el Premio Lya Kostakowsky, el Premio Anagrama de Ensayo y el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo).

Finalmente, el 19 de junio de 2010, la Secretaría de Salud comunicó el deceso del cronista, a causa de una insuficiencia respiratoria. Su féretro estuvo expuesto en el Palacio de Bellas Artes de México, acompañado por colegas, amigos y el pueblo mexicano, que hasta hoy, lo siguen extrañando.