El presidente, en la orilla de su historia

Jorge Carrillo Olea

¡Todos somos corruptos o corruptores!

Anthony F. Vick.

Pues no, Mr. Vick, no todos somos corruptos ni tampoco corruptores. Amplísimos segmentos sociales aún viven en la moderación, creyendo en su trabajo, en la ejemplaridad recibida y en la de ellos emanada. La suya es una frase bien armada, contundente y cargada de energía pero no es verdadera. Aprovechando estados de ánimo sociales usted intenta justificar con ella la desesperación pero es una falacia.

Y sin intentar una disección del término, diría que su expresión sin ser válida sí se acerca a un realismo auténtico: sí hay una gran corrupción y sí, hay una enorme impunidad y en el fondo eso se llama injusticia.

En lo oficial, cómo encubrir a Humberto Moreira, a Arturo Montiel, ambos protectores, promotores y hoy beneficiarios del presidente Enrique Peña Nieto. Cómo disfrazar sin una decisión superior a Genaro García Luna, Ulises Ruiz, a Mario Marín, a los ex de Jalisco, Chiapas, Aguascalientes y más. Cómo no identificar a las decenas de políticos orgánicos inexplicablemente multimillonarios. Cómo ignorar la profundísima inmoralidad y el tráfico de influencias del exresidente de la SCJN licenciado Genaro Góngora Pimentel. O la delictuosa salida de madre de la presidenta municipal de Monterrey.

Todos ellos son habitantes del Olimpo de la corrupción e impunidad, pero lo que más llaga al pueblo cada día son las autoridades de más bajo nivel: los ministerios públicos o los policías ministeriales que con un plumazo meten o no a la cárcel a un ciudadano, el inspector de comercios, el del consumo eléctrico o del agua domiciliarios, el temible patrullero, el que caprichosamente otorga o no permisos para abrir un negocio o construir algo y, en fin, toda la burocracia…, resulta ya insoportable.

Existe soterrada y poderosísima, igualmente tolerada por el gobierno, la corrupción privada. Pasa poco advertida para el hombre común, pasa enrollada en ropajes de servicio comunitario, de generadora de empleo, de productora de bienes y servicios indispensables. Se pintan como benefactores sociales pero habiendo muchos honrados entre ellos privan los sinvergüenzas, como los que sostienen que evadir impuestos es un derecho.

Lo que cuenta por separado es que los esfuerzos del gobierno federal, del señor Enrique Peña, simplemente no se ven. ¡Que no quiera salir con que ya entambó a la maestra! Eso fue un acto indispensable para su gubernatura por razones de que estorbaba a su ejercicio. No fue un acto de justicia.

Sus exegetas hablan de que se promovió una Comisión Anticorrupción que está detenida en el legislativo. Sí, puede ser cierto. Tan cierto como es que no la necesitaría si quisiera aplicar los recursos legales que están en sus manos para sancionar a corruptos y corruptores. También alegan sus exegetas —ahora sí— que hay que respetar la soberanía de los estados.

No quieren reconocer y hacerse cargo de todos aquellos delitos que fueron consumados contra el tesoro federal, contra las participaciones monetarias de ese origen, sobre las que el gobierno federal tiene absolutas facultades; y no, el gobierno de Enrique Peña no quiere actuar, eso ya no hay quien lo dude.

Mientras tanto, y que el presidente no se sorprenda mañana, que como resultante de tolerancia a la corrupción e impunidad y de sus ya agotados espectáculos cotidianos para explicar el huevo y quién lo puso, descubra todo lo que ha perdido en la estima popular.  Hay un abono eficaz para la descalificación.

Durante el interregno de Peña, hubo un coloquio en la sala del Colegio de  México llamada Víctor Urquidi en el pueblo de Tepoztlán. Eminentísimos intelectuales expresaron su parecer sobre lo que debería ser el inminente futuro. Una voz se levantó y, coincidiendo con las expectativas, señaló que todo eso, terriblemente deseable, sería imposible si no se privilegiaba en tiempo e intensidad un combate mortífero contra la corrupción y la impunidad. Pues parece que hoy es claro que ese condicionante, hasta donde hoy se ve, no se está dando.

No hay nada nuevo en estas dilatadas expresiones, sin embargo es indispensable reiterarlas como tratamiento preventivo del olvido y dar vía a la transmisión a la energía de la impotencia. Es como todas las reiteraciones, primero inquietantes y luego tienden a saturar la sensibilidad.

El presidente está en la orilla de su historia. ¿Querrá acabar con esa corrupción e impunidad que parece que hoy protege? Quizá realmente sea así, pero en los extremos en que está nuestra comunidad encolerizada los siguientes pasos serían peligrosos. Lo demás es el silencio, diría Hamlet.

hienca@prodigy.net.mx