Eduardo Hurtado

En pocos libros puede hallarse una voz tan dispuesta a develar sus intenciones y sus medios como en Derecho de amparo, de Mariana Salinas. Desde el texto inicial, “Poética”, la autora deja en claro su tentativa de restituir, con la materia insumisa del lenguaje, la trama compleja del instante. Tentativa que en su caso involucra el dominio de una pareja de virtudes cada vez más escasas: tenacidad y paciencia. Como emblema de esta búsqueda que reclama un recorrido de muchas leguas imaginarias y el concurso inexcusable de la memoria, la poeta ha tenido el acierto de elegir el colibrí, en cuya frágil figura se asocian dos cualidades que Italo Calvino postula como imprescindibles para encarar los desafíos de nuestro tiempo: levedad y rapidez.

La memoria es el hilo conductor y, al mismo tiempo, el asunto central de esta poesía. Lo que equivale a decir que en ella pulsa la búsqueda de “algo” perdido, algo que reclama con urgencia una re/visión, una nueva mirada. El apremio por explorar de nuevo lo vivido implica, en estas páginas, la voluntad de impedir que la vida transcurra como un mero emigrar hacia la muerte. Involucra, además, una crítica del hedonismo trivial de nuestras sociedades, en las que el ayer se reduce al día anterior. Desde la perspectiva de Mariana Salinas, la vida no es más que un ciego discurrir, un simulacro de eternidad, sin el concurso dinámico del recuerdo. Pero memorar, nos deja ver, no es en sí misma una acción sanadora. Ahí donde se da como un simple afán de reeditar el pasado, la memoria restaura la ley del tiempo lineal y anula su función originaria: adentrarse en la penumbra de la experiencia. Ese padecimiento espiritual que solemos diagnosticar como “deseo doloroso de volver al pasado”, supone una renuncia a la vocación de esclarecer y recrear que distingue a la memoria imaginante y activa.

Del pasado perturba su prestigio de estación provisional y efímera. ¿Cómo redimirlo de esta condición, en apariencia endógena? Verso a verso, Mariana Salinas rastrea una posibilidad. Y aunque rehúye cualquier respuesta categórica, en sus palabras asoma, como un destello insistente, la acción vivificante de la imagen, es decir, la poesía misma. Me refiero a la imagen entendida como expresión condensada del asombro. Las imágenes en este libro poseen un espesor singular, porque provienen de una conciencia entrenada en visibilizar esos momentos de ruptura con los automatismos cotidianos que solemos llamar instantes. La imagen, tiempo condensado, es en la poética de esta autora el medio que le permite, a través de la memoria, dar con aquello que huyó sin más y otorgarle un sentido:

Poética

Penélope

del instante

tejo enredaderas

de palabras

mientras aguardo

la densidad

del tiempo:

colibrí

de la imagen.

Los versos de Mariana son breves y ocurren con rapidez inusual, gracias a los continuos encabalgamientos que obligan al lector a deslizarse sin tardanza, aun con cierta turbación, entre una línea y la siguiente. Y sin embargo, ninguno de los poemas de este libro esquiva el silencio. Por el contrario, en él encuentran el contrapunto indispensable de hondura y claridad. Estamos ante una poeta consciente de que el exceso de palabras, característico de nuestra época, reclama una escritura capaz de contragolpear con dosis eficaces de silencio. Para enfrentar una cultura que hace de la palabrería una norma; que invierte cuotas formidables de tiempo y energía verbal en publicar lo privado; que exhibe como trascendente lo más anecdótico; que, como señala con puntería George Steiner, ha transformado el mundo en “una gruta eólica del chismorreo”; para oponerse a una cultura así, el poeta debe empeñarse en transmutar de forma radical el lenguaje de cada día (moneda de cambio de este ensordecedor mercadeo sonoro), pero asimismo en abrir la zona de silencio indispensable para hacer perceptible esa metamorfosis.

Sin un entorno de silencio, la verborrea reinante asfixiaría sin remedio el prodigio de la palabra recuperada por la acción de la poesía. De esto tiene conciencia la autora de estas páginas, sembradas de alusiones al riesgo de que el habla poética se extinga por falta de una verdadera intercesión entre el lenguaje y lo indecible. Porque es ahí donde ocurre el poema: en el territorio de lo que no sabe decirse pero es preciso formular. Y en ocasiones extremas, el silencio mismo es un recurso necesario. Más aún: puede esgrimirse como un arma. Callar de pronto, en los límites de lo indecible, puede activar las conjeturas más subversivas, y así poner en crisis las construcciones que nos oprimen. Al mismo tiempo, abrir franjas de silencio en el campo del poema (blanco, interlínea, pausa, sordina o mutis) es una forma de movilizar y poner en un primer plano nuestras realidades más contestatarias: la duda y la desconfianza.

Entre las Parábolas de Kafka sobresale una de raigambre homérica, que revela con nitidez las tensiones inherentes a la dualidad canto/silencio:

[…] Las Sirenas poseen un arma más terrible aún que su canto, y es su silencio. Es quizá concebible, aunque tal cosa no haya ocurrido, que alguien haya podido escapar a su canto, pero no desde luego a su silencio.

Como acunada en la mudez inquietante de un mar kafkiano, la poesía de Mariana Salinas traza territorios en los que “todo es marea/ sobreviviente al canto/ mudo” de las sirenas. Espejos de silencios, fragmentos de un canto que se revela contra la elocuencia y sienta su estatuto en la búsqueda de un lenguaje conciso y desnudo, el puñado de poemas que integran esta ópera prima están hechos de una materia verbal tan alejada del habla cotidiana como de todo aquello que es posible catalogar en el rubro “literatura”. Como en estos versos, consagrados a instalar el vacío indispensable para la aparición de la poesía:

Espuma

disuelve

sonidos

del universo-

Un canto

queda suspendido como espacio

de la voz.

Silencio mío: cubre la tierra-Nace un poema.

El laconismo, aquí, forma parte de una postura ética y, al mismo tiempo, de un compromiso ético. Postura y compromiso asumidos desde una radical voluntad de contención, casi extravagante en tiempos proclives a la vaguedad y la facundia. Sobra decir que la contención no implica una renuncia al deseo de abarcar o crear mundos verbales, que a mi entender anima el espíritu de todo poeta. Pero esos mundos, en la poesía contemporánea, no suelen ser unitarios. Por el contrario, tienden a mostrarse de manera fragmentaria. En el caso de este libro, como en el de muchos otros en los días que corren, el fragmentarismo llega de la mano de una visible pluralidad de seres dotados de voz propia. El yo único se desvanece. En su lugar se despliega una multiplicidad de sujetos y miradas. “Yo es otro”, escribe Rimbaud en mayo de 1871. Desde entonces, disuelto el yo individual tal y como el pensamiento filosófico lo había postulado durante siglos, los escritores de todos los géneros han hallado vías inéditas para incorporarse otros yoes, y así hacer hablar a todos los seres que carecen de palabra.

Con plena conciencia de este legado y del poder que le confiere, Mariana Salinas le da cabal cumplimiento al proyecto de congregar en unas cuantas páginas las voces más variadas y los más diversos puntos de vista. Así comparecen, dotados de un habla propia, la niñez de su yo actual; o esa sombra, encarnada en lo más íntimo, del prisionero al que la cárcel se le revela como una forma paradójica de existir a la intemperie, sin derecho de amparo. Aun las entidades más abstractas se expresan sin la mediación de un sujeto omnisciente: el deseo, “cruz de la memoria”; la nostalgia, fruto áspero de “las horas deshoradas” y de la imposibilidad de regresar; la poesía misma, “campo de notas relucientes”, patria que obliga a sus héroes a declinar otras lealtades, a ser todos y nadie; la poesía otra vez, que antecede a la razón, y luego la requiere, y casi siempre la posterga en nombre de la ensoñación y la extrañeza.

En este coro diverso, la voz cantante la lleva el mar. Y su rumor le confiere a estas páginas “una música de humanidad” (Wordsworth). Como si el agua y la sal y las resacas fueran el medio idóneo para el canto. Como si el lenguaje hallara en la liquidez un espejo de su propia consistencia. Como si sólo el mar fuera capaz de aspirar a una realidad poética integral.

Entra el mar

a sofocar

con su ola

mis arenas-arrastra

por profundos corredores marítimos

el alma-

y hundida

toda entera galopantes rayos de agua.

En la poesía de Mariana Salinas, tan fragmentaria y sincopada, la aparición intermitente
del mar, único ser total, representa el contrapunto necesario de unidad y fluidez. En las
imágenes marinas de este libro asoma el germen de una épica y una mitología practicables, aun para una conciencia desgarrada y escéptica como la suya. Y de cara al futuro, ellas representar la posibilidad de una escritura más dispuesta al delirio, menos atenta a las grandes preguntas teóricas de la poesía moderna y más abierta al simple disfrute del lenguaje.