Estrategia para el progreso económico y social

Gerardo Jiménez Sánchez

Parecería inocente pensar que una molécula en forma de cadena, integrada por millones de unidades en un orden preciso, sea capaz de impulsar la economía global y convertirse en pilar de la prosperidad en nuestros días. Esta molécula conocida como ADN está integrada por cuatro tipos de unidades que conocemos coloquialmente por sus iniciales: A, G, T y C. El ADN forma los genomas, es decir, el equivalente al “manual de instrucciones” de cada organismo. Todos tenemos una molécula de ADN en cada célula, sin embargo, el orden de las letras es específico para cada especie. Haciendo un paralelismo con un texto en el idioma español, el orden de las letras pueden dar lugar a obras tan diferentes como El Quijote o la Sección Amarilla. Así, cada genoma define si se trata del virus de la gripe, una salmonela, una vaca o un humano. Por otra parte, el hecho sin precedente de que la tecnología genómica haya abatido su costo un millón de veces en 10 años ha detonado la lectura masiva de los genomas, dando lugar a una cantidad abrumadora de información y conocimiento genómico.

Si bien el orden de la letras determina la especie a que da lugar ese genoma, entre los miembros de una especie hay pequeñas variaciones en la secuencia, cuya combinación nos otorga individualidad genética. Por ejemplo, los seres humanos compartimos el 99.9% de la secuencia, mientras que el 0.1% varía entre cada individuo. Este pequeño porcentaje, en interacción con el medio ambiente, determina las características de cada persona. Podría decirse que el 99.9% dicta que todos tengamos dos ojos, una nariz y una boca, aunque el 0.1% asegura que no haya dos caras iguales. Así también, las variaciones en la secuencia del ADN influyen en rasgos como el riesgo a padecer diabetes en el caso de los humanos, la cantidad de grasa en la carne de una vaca o la tolerancia de algunas plantas a agresiones del medio ambiente. Por ello, conocer los genomas y sus variaciones en especies de alto valor comercial se ha convertido en la materia prima de la innovación en ciencias de la vida. Quienes desarrollan productos y servicios a partir del conocimiento del genoma humano, del pollo, del camarón o del jitomate, entre otros, han comenzado a generar innovaciones que incluyen nuevas formas de prevenir enfermedades, estrategias para seleccionar animales con rasgos de alto valor comercial, nuevas generaciones de vacunas, plantas con mejor tolerancia a la reducción de agua disponible o exceso de sal en el medio ambiente (http://estepais.com/site/?p=34614).

La inversión en innovación en ciencia y tecnología cuando se hace a tiempo puede resultar muy redituable. Sin embargo, cuando se hace tardía o inconsistentemente es muy poco rentable. El primero es el caso del Proyecto del Genoma Humano, cuyo objetivo fue simplemente conocer el orden de los 3 mil 200 millones de letras que forman la secuencia del genoma humano. La inversión de 5 mil 600 millones de dólares hecha por el gobierno de Estados Unidos desde su planeación en 1985 ha resultado tener un retorno de la inversión de 141 dólares por cada dólar invertido (http://goo.gl/GlUZs).

La OCDE en su reporte Bioeconomía 2030 señala a la genómica como el gran motor de la economía en los próximos 20 años (http://goo.gl/4PvDN) y exhorta a establecer una agenda de políticas públicas que estimulen y orienten la innovación en ciencias de la vida como un nuevo y vigoroso motor de la economía global. Por su parte, el Instituto Global McKinsey en su reporte de mayo 2013, clasifica la genómica como una tecnología disruptiva que va a cambiar el mundo tanto o más que las computadoras, y le pronostica un impacto económico global de trillones de dólares anuales para 2025 (http://goo.gl/EubRb). México, si se lo propusiera, podría tener una importante participación en ese mercado.

Recientemente, el gobierno de México dio a conocer el Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018 (www.pns.mx). Llama positivamente la atención la relevancia que recibe el desarrollo científico, tecnológico y la innovación como estrategia para el progreso económico y social, así como la importancia central que se otorga a la promoción de estas áreas en la educación de calidad. El rumbo es claro, innovación local con visión global que permita a México integrarse a la sociedad del conocimiento. Si bien es importante tomar la decisión de innovar, su implementación efectiva requiere el definir, entre otras cosas, las áreas prioritarias, los requerimientos, las estrategias y los objetivos medibles que permitan evaluar los esfuerzos a lo largo del camino. Por ello, es indispensable contar con una estrategia nacional en bioeconomía, que en el marco del flamante Plan Nacional de Desarrollo logre integrar la innovación en las ciencias de la vida a una economía cada vez mas sustentable. Algunos países ya han hecho pública su estrategia en bioeconomía. Tal es el caso de Estados Unidos (http://goo.gl/FTd5Z), la Unión Europea (http://goo.gl/Wmcbg) y Sudáfrica por mencionar a algunos.

Las tendencias actuales indican que las áreas más impulsadas por la genómica son salud humana, agricultura, ganadería, pesca e industria. Todas ellas de la mayor relevancia para México. Afortunadamente nuestro país ha hecho una inversión significativa en la genómica humana, de plantas, animales y microorganismos a lo largo de las dos últimas décadas. Ahora falta elaborar la estrategia nacional en bioeconomía de México como lo han hecho otras potencias en el mundo. Sin duda, organizaciones gubernamentales y otras no gubernamentales, como Genómica y Bioeconomía (www.genomicaybioeconomía.org), podrán contribuir a la innovación en ciencias de la vida para lograr el México próspero al que aspiramos.

www.genomicaybioeconomia.org

 

El autor, profesor de genómica y bioeconomía de la Universidad de Harvard,

es presidente de Biotecnología-OCDE y presidente de Genómica y Bioeconomía A. C.