Entrevista a Alejandro Hernández/Autor de Amarás a Dios sobre todas las cosas
Eve Gil
“Decidí escribir esta novela después de cinco años de trabajar con el tema —explica Alejandro Hernández, autor de la espléndida novela Amarás a Dios sobre todas las cosas (Tusquets, México, 2013)—. Me di cuenta que el tema de la migración centroamericana en México se había abordado muy poco, casi nada en literatura, y me llevó algunos años concretarla. Todavía me tardé tras decidirme porque no sentía que hubiera caminado lo suficiente con los migrantes. Adquirí un cúmulo de experiencias y no empecé hasta convencerme de que podía escribirla en primera persona sin falsear la realidad”.
Alejandro Hernández nació en Saltillo, Coahuila, en 1958, razón por la cual creció habituado a escuchar historias sobre mexicanos soñando pasar del otro lado de la frontera, donde aguarda como un oasis el sueño americano.
Sobre ese tema, sin embargo, ha corrido mucha tinta y aunque, en efecto, los mexicanos que lo han intentado tienen anécdotas pavorosas, hasta cierto punto palidecen con la de los centroamericanos que tienen que pasar un infierno cruzando el obligado territorio mexicano.
Microcosmos
Así, entonces, Hernández obtuvo esta historia tras redactar el Primer Informe de la Comisión de los Derechos Humanos sobre secuestros de migrantes, experiencia que aquí se aborda como si hubiera sido vivida en carne propia.
“El mundo de la transmigración centroamericana, desde el sur hasta el norte del país, es un microcosmos donde está expresado lo peor y lo mejor de la condición humana —prosigue con absoluta seriedad el autor a quien esta investigación ha tocado en forma más que evidente—. Ahí se conocen todos los extremos: la maldad y la bondad, la generosidad y la mezquindad. Casi afirmaría que no existen los términos medios. Quienes migran están dispuestos a padecer un gran dolor y hay que poseer una gran esperanza para lanzarse a la aventura, pese a estar conscientes de lo que ello implica”.
Cuando le confieso al autor de Amarás a Dios sobre todas las cosas que el título me parece débil en comparación con el poderío de la narración, él lo defiende: “El título permite muchas interpretaciones respecto a lo que está sucediendo bajo esa especie de subsuelo nacional y lo mismo puede interpretarse como parte de esa esperanza que los empuja, o como un reclamo”.
Aunque pudiera decirse que se trata de una novela coral, predomina la voz de Walter Milla Funes, quien a su joven edad opta por intentarlo de nuevo luego de haberse quemado en el infierno.
“Platiqué —dice Alejandro Hernández— con cientos de migrantes, tanto mexicanos como centroamericanos. Acumulé muchas experiencias y llegó el momento en que necesité darle salida a todo esto. La novela me pareció el medio más indicado para sacarlas porque permite la empatía. El Informe podrá informar, y el análisis, analizar, pero no establece empatía entre el lector y los sujetos de estudio, que se presentan como una masa amorfa de cifras sin rostro ni historia”.
Agrega el periodista:
“Hay muy buenos libros sobre el tema de carácter periodístico o sociológico, pero lo importante es que el lector se identifique con los personajes; que asuma su causa y pase lo que tenga que pasar junto con ellos”.
La trama
“Walter es un migrante centroamericano medio —continúa el exdirector de la Escuela Periodismo Carlos Septién, donde sigue impartiendo clases —. No es un héroe ni un ser extraordinario, solamente un migrante que vive lo que siguen viviendo otros en busca de una vida mejor. Él lo intenta dos veces, pero conocí migrantes que lo habían intentado hasta doce veces. En el caso concreto de mi personaje, después de sufrir lo que sufre, él habría preferido quedarse en Honduras, pero hay situaciones que lo rebasan, de índole política que repercuten en su situación familiar, y él sigue sin expectativa de una vida mejor, así que decide intentarlo por segunda vez con un grupo distinto de personas. Esta es una experiencia recurrente de los migrantes tanto mexicanos como centroamericanos. Por muy mal que les vaya a la primera, lo más seguro es que lo vuelvan a intentar. Muy pocos lo logran a la primera”.
Lo que pudiera parecer una necedad, señala Hernández, no solo refleja una necesidad demasiado grande, implica, sobre todo, mucho amor.
“Una persona sola —dice— podría sobrevivir mal que bien en esa región, pero cuando se cuenta con una familia, tarde o temprano aparece la inquietud de darle una vida mejor. Es, por lo general, un sacrificio que se emprende por los demás”.
En medio de agentes migratorios, maras y coyotes que son como lobos babeantes, prestos a saltar sobre los más indefensos para arrancarles la carne a dentelladas, nunca faltan los ángeles que no solo se apiadan de los migrantes, sino además los protegen y hasta los acogen con verdadero afecto. Y el padre Alejandro Solalinde no es, como pudieran creer algunos, un caso aislado de bondad y valor a prueba de balas.
Relata Alejandro Hernández:
“Doña Olga hace un trabajo excepcional con su albergue en Tapachula, Chiapas —Jesús el Buen Pastor—, para migrantes que quedan mutilados y discapacitados en medio de su intento, e instaló en un ejido que logró abrir pidiendo donativos. De algún manera convertirla en personaje de la novela es un pequeño homenaje para ella, aunque no necesite homenajes… ¡ni los anda buscando! Ella ya está incluida en la historia porque ayuda —junto con su hija Arely, directora del albergue— a personas que padecen dramas verdaderamente extremos. El ambiente que se vive ahí es muy contrastante, como todo en el mundo de la migración. Se encuentra allí un dolor inimaginable, pero también la mayor esperanza, y la esperanza se la debemos a la generosidad de Olga —en la novela se mencionan también al Padre Pedro Pantoja responsable de la Posada Belén para Migrantes en Coahuila y a varios más que, dentro de sus posibilidades, prestan auxilio físico y moral a estas personas— aunque sea una tortilla con sal”.
La otra cara
Pero está el otro lado de la moneda, por desgracia, el que ha trascendido más a los medios internacionales.
“Inconscientemente —fianliza— hay una escala jerárquica en la que algunos suponen valer más o menos que otros, y permanentemente hay que cuidarse del abuso del de arriba mientras se descarga con el de abajo. A veces la maldad no tiene explicación, aunque a mí me parece estúpida. Ya lo tienes sometido, ya está vencido, ya le sacaste el dinero, y aun así hay golpes e insultos, como si la violencia no pudiera detenerse por resentimientos contenidos. Uno no puede entender por qué tanta saña. Y los testimonios de migrantes, tanto del sur como del norte, coinciden mucho en ese sentido”.
