Los refugiados guatemaltecos de 1982

Jorge Carrillo Olea

Para Laura Carrera,

comprometida antropóloga.

 

No basta hablar del genocidio ejecutado sobre varias etnias mayas en la selva que Guatemala comparte con México. Es importante destacar que en aquellos fatídicos decenios, desde 1954 en que la CIA organizó un golpe de Estado anticomunista, México siempre tuvo una actitud de cumplimiento ante el derecho de asilo.

Efraín Ríos Montt, en los escasos meses en que presidió Guatemala —marzo de 1982 a agosto de 1983—, realizó una verdadera carnicería. Por órdenes directas de él, según el juicio a que se le sometió, fueron muertas mil 800 personas, 29 mil fueron desplazadas de sus aldeas y 400 de éstas destruidas. Esto resultó de su Plan Victoria 82 Contrainsurgencia, diseñado por el coronel Héctor Gramajo Morales, quien fue muerto por un enjambre de abejas africanas.

Para principios de 1982, había 40 mil guatemaltecos asentados en territorio mexicano sobre la frontera común en el Río Lacantún, Chiapas, frente al Petén. Pertenecían a varias etnias. Eran víctimas de décadas de una inconcebible persecución genocida y, como toda población desplazada, estaba compuesta por hombres, mujeres, niños y ancianos. Sorprendentemente, el gobierno mexicano no tenía una conclusión correcta sobre el hecho. Gobernación era la más ausente en criterio; Relaciones Exteriores sostenía que eran refugiados políticos; Defensa Nacional aseguraba que eran guerrilleros comunistas.

La verdad es que eran seres humanos al borde de la muerte, vía asesinatos por losm kaibiles que cruzaban la frontera —está el caso de Chupadero, un campamento exterminado— o morían de desnutrición y enfermedades endémicas como diarreas, gripes o paludismo. Las responsabilidades ante la opinión pública nacional se estaban soslayando y ante la comunidad internacional se manipulaban con el argumento inaplicable de nuestra vieja y acreditada tradición a favor del refugio. Ese discurso ya no daba para más.

El IMSS —orientado por su director, Ricardo García Sáenz— realizó una encuesta con formas de salud que en el fondo nos permitió saber como país y como gobierno de qué se trataba, cuál era la dimensión humana del problema y cuáles los riesgos políticos de seguirla ignorando. ¿Cuáles riesgos? Los de un terrible desprestigio internacional por omisiones en compromisos formalmente suscritos; los de la reprobación nacional a un gobierno que empezaba —1983— y los de una confrontación con Guatemala, ya que eran cotidianas las violaciones territoriales para secuestrar o asesinar.

Todos los procesos de aceptación fueron arduos: hubo muy difíciles entrevistas con altos funcionarios guatemaltecos, incluido el presidente general Óscar Mejía Víctores,  graduado de la Escuela Superior de Guerra de México, que negaban toda veracidad sobre los hechos. En México surgieron rechazos a la anunciada asistencia con argumentos fundamentalistas como “por qué se auxilia primero a extranjeros que a tantos mexicanos necesitados”. Y lo más importante y difícil: convencer a los indígenas guatemaltecos de que por su bien tenían que ser separados de la frontera. Habría que transportarlos por cientos de kilómetros de selva entonces vírgenes.

¿A dónde moverlos? Fue la primera cuestión. Había que separarlos de la frontera, por razones de orden antropológico funcionalista se pensó en sitios que fueran remotos a la frontera, pero dentro del mundo maya. Así surgieron dos grandes campamentos, Los Lirios, en Quintana Roo, al norte de Chetumal, y en Edzná, al sureste de la ciudad de Campeche.

Con un esfuerzo presupuestal mexicano, con una discreta ayuda del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiado, pero sobre todo con la increíble laboriosidad, organización social y respeto a la ley de los refugiados, a meses del dificilísimo traslado por ríos, selvas e interminables brechas, empezaron a dar signos de independencia económica trabajando el campo, activando la economía doméstica, produciendo artesanías y, en Campeche, con fondos de la ONU, restaurando las bellas ruinas de Edzná.

Ésos son para México algunos de los ecos de aquella persecución que por décadas se dio en Guatemala sobre los nobilísimos indígenas hermanos de los mexicanos por pertenecer todos al mundo maya. Es la negra huella de Ríos Montt, el que se sitúa tan negativamente en nuestra historia. Ésta no debe calificar sino registrar a todo personaje o hecho significativo. Se hicieron varios esfuerzos porque este ejemplo mexicano se registrara apropiadamente en una memoria que nos honraría. Como tantas cosas en nuestro país, fue imposible una negativa sin explicación.

 

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