Guillermo Samperio
Es precisamente en Rayuela donde Cortázar desarrolla al máximo su visión acerca de los cronopios, las famas y las esperanzas. Aún sin caracterizarlos como tales directamente, conforme nos adentramos en el mundo de la novela, de inmediato sucumbimos a la tentación de identificar a los personajes de acuerdo con esta singular taxonomía, la cual no está exenta de humor y de ironía. En efecto: en Cortázar el humor es manifestación de la inteligencia, pero también un arma para dinamitar la institucionalidad, incluido el lenguaje. Cortázar abominaba la solemnidad. Decía que era la peor herencia que nos habían dejado los españoles. Y tenía razón: nada más hay que ver a los niños cuando les dejan de tarea redactar una composición. En el patio de la escuela y en la calle, pueden ser unos burlones, irreverentes, cómicos de primera, pero al sentarse ante la página y tomar el lápiz, engolan la voz y les da por hacerse los muy serios. Por ello, en Rayuela Cortázar intentó luchar contra todas esas deformaciones, contra la rigidez, contra el autoritarismo, contra la inmovilidad a la que nos obligan los gobiernos, el sistema, la familia, la escuela, la sociedad, el lenguaje mismo cuando es secuestrado por los esbirros de la estupidez y la mentira. Así, para Cortázar el humor es una herramienta de subversión; desde el humor más tierno de sus famosas instrucciones para reaprender (más bien redescubrir) las cosas más elementales, como llorar o subir una escalera, hasta las aventuras casi surrealistas de sus personajes rayuelianos. En este sentido, Julio no deja de estar en deuda con otro excelente escritor, como lo fue Macedonio Fernández, pero también delata la influencia de los surrealistas, con su iconoclasta irreverencia, y hasta del gran Alfred Jarry, cuyo humor moderno, negro, bastante siniestro y absolutamente destructor, debió inspirarlo profundamente, lo que se manifiesta, por ejemplo, en el poco teatro que escribió, como en Nada a Pehuajó. Este afán dinamitero, definitivamente terrorista (actividad tan devaluada y perseguida en estos días) de Cortázar, tiene que ver con la visión literaria y del mundo que nos ofrece a través de los personajes de Rayuela, sobre todo en el Oliveira de los primeros capítulos, que no acepta nada sin replantear cada cosa y reconsiderar si debe aceptarla o no, en un perpetuo cuestionamiento de sí mismo, de su pasado y de su herencia cultural. Gracias a este enfoque decididamente crítico, en Rayuela Cortázar nos plantea un ajuste de cuentas radical con la realidad, una puesta en duda de todos los valores. Él mismo reconoció que ahí, freudianamente, estaba matando a su país, a sus compatriotas, a mis amigos, a todas sus herencias. Las mató con el simple hecho de cuestionarlas, como también cuestionaría la función del lector tradicional y para convertirlo en cómplice del autor, con lo que abriría el camino para lo que ahora muchos especialistas en lo que pomposamente denominan “nuevos medios” se llenan la boca al hablar de “la multimedia”. No obstante, casi todos ellos pasan por alto que Rayuela fue la primera novela “interactiva”, en el sentido que provoca, cuestiona, saca al lector de su marasmo, de la molicie del sillón donde se encuentra apoltronado y lo pone a trabajar, a mover el trasero y la mente, para crear y recrear los mundos de la realidad y la ficción. En este sentido, no es descabellado afirmar que Rayuela es, al mismo tiempo, una novela modernísima, que prefigura la propia muerte y resurrección del género, arrojándolo sin red de protección a la posmodernidad, que a estas alturas ya más bien parece desmothernidad, en el sentido de que ya todo se vale, que es lo mismo a decir que nada vale ya la pena. No obstante, a pesar de que el planteamiento radical de Rayuela es el de no dejar títere con cabeza, permanece una verdad eterna: la actitud última de la vanguardia (cuestionar al sistema, desnudarlo) que siempre permanecerá vigente, pues ése es (y no otro) el cometido que el escritor viene a cumplir en el mundo. Usando sus propias palabras: “Demoler es una forma de construir o, por lo menos, de construir el camino”. Julio comprendía que la realidad es compleja y múltiple, y que para destazarla era necesario utilizar herramientas diversas. Por ello, en ninguno de sus libros (y en Rayuela mucho menos) Cortázar es el mismo Cortázar. La riqueza de sus recursos narrativos, estilísticos, retóricos, estructurales, poéticos, nos hablan de una imaginación inacabable, pero también de un escritor sumamente dotado, dueño de su materia prima, que es el lenguaje, a la que al mismo tiempo que ama la violenta para arrancarle todas sus posibilidades.
